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Jamás un futbolista será peor que Blatter y sus socios

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El tránsito sigue siendo una herida terminal, algunos barras consiguen saltar las fronteras con documentos truchos, las protestas sociales siguen haciendo ruido en distintos rincones de este país/continente y la comida en el IBC mejoró.

Pero, previsiblemente, desde que la Brazuca empezó a rodar, el Mundial dejó poco resquicio para otra cosa que sus propios vaivenes. Para colmo, el primer viernes de los tres últimos sin partidos, el affaire Suárez lo invadió todo. Se trata de uno de esos asuntos en los que todos los que opinamos tenemos algo de razón; jamás, el argumento contundente que liquide otras argumentaciones.

De pronto, la Copa del Mundo –y los diarios, las radios, la tele y las redes sociales– se convirtió en un cómic confuso en el que cientos de héroes y villanos invadieron el espacio con palabras más o menos sensatas. Casi todas con algún grado de valor y certeza.

Después de ver, escuchar y leer casi todo, he llegado a la conclusión de que sólo un organismo con varios personajes hediondos como la FIFA es capaz de reducir la contundencia de un episodio tan lamentable como el de un señor mordiendo a otro. Como el corrupto cuya causa atiende Oyarbide cree que tiene derecho a delinquir en tanto lo juzgue un semejante, los adoradores del uruguayo –entre los que, si hablamos de su juego, me incluyo– se indignan ante el sinsentido de que un puñado de señores que se roban todo lo que produce el fútbol expulsen del torneo máximo a un futbolista cuyos problemas de conducta son realmente de una dimensión cercana a la de su poder goleador. Ya nos pasó a los argentinos en 1994. ¿Con qué derecho los mismos señores que pidieron poco menos que por favor que Diego jugase en Estados Unidos después lo sacaron del torneo? Encima, lo echaron de la concentración, lo desterraron de una tierra en la que esos dirigentes jamás deberían haber sido aceptados. El fútbol se olvida del mundo del deporte: desde que Tommie Smith y John Carlos levantaron su puño con el guante negro en el podio de los 200 llanos de México 1968 que ni el COI ni la FIFA aceptan a los elocuentes que sacan los pies del plato. Y hablo de elocuentes porque las concentraciones de los seleccionados y las villas olímpicas suelen estar repletas de tramposos –varios de pantalones cortos; muchos de traje– que, al no haber quedado expuestos ante la opinión pública –léase: clientes de las marcas auspiciantes–, no son enviados al infierno de los desacreditados.

De tal modo, llevamos 45 años de hombres lapidados por el mismo espectáculo que vive de ellos. Desde Ben Johnson hasta una banda de pesistas turcos. El mundo del deporte no es justamente el reino de la justicia. Lo sabemos. Y deberíamos estar harto advertidos al respecto. Equivocarse en este sentido ya no es no leer los diarios. Es no haber vivido una vida de deportista. Entre tantas cosas dichas en estas horas, ¿cómo horrorizarme por lo de Suárez si, cada tanto, un deportista argentino comparte conmigo su dolor por sentir que los dirigentes usan sus becas como elemento de extorsión? ¿Cuánto puede dolerme un millonario que cuando se saca te muerde, si conozco ciclistas, remeros y atletas a los que amenazan con quitarles la luca y media que los argentinos les pagamos por mes?

Lo de Suárez instala un escenario confuso de opiniones. Ni me animo a ordenarlas ni quiero eliminarlas del todo de esta crónica. Entonces, empezamos con que a la FIFA le molestó la mano que hizo ante Ghana en Sudáfrica 2010 y que arruinó la celebración de un africano en semifinales y terminamos con el pase de facturas a los uruguayos por el intento de boicot de los clubes de ese país a las competencias sudamericanas que pagan menos de lo que deberían porque venden los derechos a socios amigos en vez de abrir el juego a empresas que ofrecen más. En el medio, un par de palabras. Aparecen la bandera de Malvinas ante Trinidad y Tobago, y la denuncia de corrupción para venderle a Qatar la sede de 2022. El uso discrecional de las cámaras como elemento de prueba y la doble moral. Diego Rodríguez agarrando los testículos de Barcos en una serie de Copa Libertadores y el muchacho Santa Cruz vejando a Riquelme. El bidón de Branco y la roja a Zidane que sólo vieron a través de la tele. Y la no sanción a Materazzi, el provocador impune. Jamás un futbolista será peor que Blatter y sus socios. Pero nadie se anima a darle la espalda al Mundial que Blatter y sus socios organizan. ¿Entonces? ¿De qué sirve tener la sensación de que, si Uruguay perdía, a Suárez no lo sancionaba nadie? O la de que si el árbitro veía el mordisco, a Luis tal vez lo hubieran suspendido por mucho menos que esta desmesura.
¡Cómo no va a doler que los ladrones de nuestra pasión condenen a un futbolista poco menos que al final de su carrera!

Después me pregunto si usted o yo dejaremos de consumir las marcas que rompen el contrato con Luis así como lo hicieron con Armstrong, Woods o Phelps sólo después de exprimirlos. Y en nombre de una moral que jamás ejercerían a la hora de usar mano de obra niña y esclava para abaratar costos.

Nadie sabe cuánto más perderá Suárez. Ni siquiera dónde y cuándo volverá a patear una pelota. Y parece desproporcionado. Pero nada de esto pone a Suárez a resguardo de su descontrol. De su propia torpeza.

Cuando estás tan bajo sospecha es infantil no darse cuenta. O, tal vez, tu proceso patológico sea más fuerte que tu instinto de supervivencia.
Son, justamente, los argumentos a su favor o los atenuantes para semejante condena los que exponen al crack uruguayo. Nadie en el mundo sabía mejor que él cuáles serían las consecuencias de volver a morder a un rival. Ahí, en el mordisco, nació esta columna. Todo lo demás ya lo sabíamos. Y no por eso dejamos de venir a Brasil y a gritar los goles de Messi.

*Desde Río de Janeiro.



Gonzalo Bonadeo