COLUMNISTAS

Jamas una sociedad cambio por el resultado de un mundial

PERFIL COMPLETO

El mundo de las letras debe estar lleno de gente capaz de expresar sentimientos sin caer en la autorreferencialidad. Supongo que lo mismo sucede con el mundo de la prensa escrita. Que es algo que no se aprende, que tiene que ver con la esencia, el talento y el buen gusto. Es una materia en la cual me confieso profundamente ignorante. Como si se tratase de física cuántica o trigonometría.

Este inolvidable Mundial a punto de terminar –argentinamente exitoso sea lo que fuere que sucediese en la final– fue un muestrario gratuito de lugares comunes y autorreferencialidades. No es fácil tener cosas más o menos razonables para decir y/o escribir durante cuarenta días. Y, por lo general, los medios locales, en tanto el seleccionado avance, lejos de dosificar aportes cuidando la calidad, te van pidiendo cada vez más. Porque el público quiere cada vez más. Y la mayoría soporta lo que sea con tal de que la musiquita de vuelta de corte diga algo como “copa del mundo evribadé”. Como los periodistas, vanidosos empedernidos, no somos capaces de avisarle al editor o al productor general que afloje un poco, que quizás no siempre valga la pena abrir la boca, florecen los excesos.

Un Mundial no consagra al relator que mejor entiende el juego sino al que más llora o grita giladas en portuñol. Un Mundial no quiere que expliques demasiado sesudamente cómo juega un equipo. Quiere que seas reduccionista: “Alemania juega como jugaba Brasil y Brasil juega como jugaba Alemania” o boludeces por el estilo. Un Mundial no sólo admite sino que exige que seas autorreferencial. Y aunque a nadie le importen tus emociones, no basta con que llores en la tribuna o delante del televisor. Tenés que contarle a tu público que lo hiciste. Confesale que tenés emociones como las suyas, aunque después sientas desprecio por una parte de la horda argenta que invadió Río de Janeiro. Al fin y al cabo, la credencial que nos da acceso al sector de prensa nos pone a resguardo de ese sacado indeseable.

Como en ningún otro acontecimiento, en un mundial de fútbol nadie quiere profundidades –mucho menos, críticas– mientras el seleccionado mantiene la ilusión de regalarnos la gloria. En la Argentina nadie festejaría un éxito en el litigio contra los fondos buitre o la condonación de la deuda externa, en tanto a nadie en su sano juicio se le ocurriría quedarse en casa si Mascherano y sus liderados derrotaran a los alemanes. Y estar en una final después de dos décadas habilita un fenómeno intermedio. En tanto una derrota prematura hubiese abierto el apetito popular por la crítica feroz y hasta la denuncia barata, jugar el encuentro decisivo apenas nos habilita a un análisis prudente, acorde con el reconocimiento que, de todos modos, merecerá el equipo de Sabella.

Mientras millones de argentinos sólo piensan en la final, en repetir las cábalas, en apurar el almuerzo para que el postre no se atore con los nervios de la entrada en calor de Romero, Andújar y Orion, unos pocos piensan en cómo sacarle provecho a la ocasión. Humor social, dicen los cerdos del oportunismo. Jamás una sociedad cambió por el resultado de un mundial, les contesto.

Los argentinos hablamos seguido de tener “un veranito”. Curiosamente, no se trata de esos veranitos en los que nos aprovechan en ojotas para empomarnos con indultos, impuestazos, corralitos o devaluaciones, sino de esas instancias en las que el pueblo afloja un poco las tensiones y se distrae. Son sólo momentos.

No se ilusionen aquellos que necesitan que la realidad desaparezca definitivamente. Es sólo un rato. Más temprano que tarde la borrachera mundialista se convertirá en una gelatina inasible que se diluirá para convertirse en clip. De inmediato, casi simultáneamente con el pitazo de Rizzoli, los argentinos seguiremos viviendo en nuestra Argentina. Entrañable, contradictoria, rica y devastada. Si ganamos, probablemente el feriado futbolero durará hasta el martes. Después, volverán la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal y el avaro a las divisas.

Estas últimas horas en Río han sido maravillosamente argentinas. Con una enorme mayoría de peregrinos de fe intacta a los que ni siquiera les importa estar en la cancha o en el Fan Fest. Estar en Río es ayudar a que el equipo salga campeón, parecieran querer decir. Y hay mucho hombre, mucha mujer y mucho pibe. Gente de todas las provincias que delira con la fiesta y se muestra prudente entendiendo que es una celebración para disfrutar más entre nosotros que para enrostrar a los devastados anfitriones. Es un alud emocionantemente celeste y blanco que celebra con el fútbol un país que deberíamos tener y aún no tenemos. ¿Cómo convertir en energía social tanta energía futbolera? ¿Cómo se hace para que gritemos juntos también por una clase política honrada, una educación floreciente, una ancianidad digna o una institucionalidad irreductible?

También hay un argentino al que esquivar. He visto a varios en las últimas horas en las que la sonoridad idílica de Barra da Tijuca se sacudió por la altisonancia de aquellos que parecen necesitar que todo lo que hablan se escuche en la comarca. He visto arrogantes que te miran mal y saludan con un eructo como advirtiéndote que no es barra brava pero podría probar serlo con vos.

He visto algún hombre de prensa que se para como anunciando que él no es Mascherano sólo porque no se dedicó al fútbol. He visto algún adinerado que garpó más de cien lucas por paquete para la final pero, como estamos en un Mundial, “hablamo así”, sin pronunciar las eses porque da más futbolero. Son los involuntarios embajadores de los que se quedaron en casa esperando adueñarse de la gloria.

Esa gloria que sólo será de los futbolistas y del cuerpo técnico. Ni de Grondona, ni de Bilardo. Ni de Cristina, ni de Mauricio.

Entre las miles de razones que encuentro para desear fervorosamente una victoria argentina, hay dos que me parecen decisivas.

Una, que podamos demostrar que vamos aprendiendo y que, como Alfonsín en el ’86, si les prestamos un balcón a los muchachos sea para uso exclusivo de los héroes de la pelota.

La otra, que aceptemos que el campeón no es, necesariamente, el mejor equipo de un torneo.

*Desde Río de Janeiro.



Gonzalo Bonadeo