COLUMNISTAS POLEMICA

Juana Azurduy vs. Colón

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Así está planteado el nuevo dilema histórico al que nos invita el Gobierno nacional. Un nuevo capricho de la Presidenta, a la que no le place ver la estatua de Colón desde su despacho. La disyuntiva ya había ocurrido entre Eva y Roca, y se sacó del billete de cien pesos al tucumano. Ahora es el turno de Juana Azurduy por Colón. No contenta con hacer pelear a los vivos, nos propone que se peleen los muertos.

El debate historiográfico al que nos somete la Señora tiene un sentido pedagógico: esconder y ocultar, enviando a las sombras o al recoveco de alguna plaza a figuras que por su trascendencia marcaron la historia argentina o iberoamericana y subir al podio a otras que simpatizan con su visión y si son mujeres mejor. Esta defensa de género nada tiene que ver con la realidad vivida por Eva y Juana.
Por supuesto que hay un sentido en ambas propuestas: se trata de que por medio del arte del birlibirloque, dos “genocidas”, según reza su línea historiográfica, desaparezcan de la memoria, el recuerdo y la historia.
Que un gobierno que se dice peronista haga desaparecer la figura de Roca, alentando el cambio de nombres de calles y plazas, derribando monumentos o desapareciéndolo de los billetes, es un disparate y un desconocimiento absoluto de su obra y significación. Constructor del Estado moderno, garante de la soberanía territorial sobre la Patagonia, Chaco y Formosa, responsable político de la alfabetización de millones de argentinos e inmigrantes y pacificador del “desierto”. Es una infamia y una mentira escandalosa que haya aniquilado a los pueblos originarios. Sólo actuó violentamente sobre aquellos que se negaron a bajar las armas frente a la ley y el Estado Argentino. Fueron los menos.

A su pedido se realizó el primer relevamiento de la situación de los trabajadores en todo el país y se elevó al Parlamento el Código de Trabajo.
Se sancionó la Ley del Servicio Militar obligatorio, se planteó la Reforma Educativa de Magnasco y la Doctrina Drago. Fue un gran presidente. Desplazarlo por Evita es algo que la mujer de Perón no se merece. Y naturalmente, Roca, tampoco.

Juana Azurduy fue una gran mujer. Patriota. Desinteresada. Batalló hasta el último aliento, dejando jirones de su vida en esa travesía libertaria. Es injusto utilizarla para esconder a un hombre extraordinario y a una época monumental.
Cristina debería leer el Diario de Colón y dejar Página/12. De hacerlo, descubriría el espíritu de un hombre renacentista en el pináculo de su obra. Todo lo relata con asombro y nobleza, maravillado por la naturaleza y sus hombres. Estos escritos abonaron la teoría que muchos años después profesaron los jesuitas y el mismo Rousseau: que el hombre en estado natural es bueno.

Es cierto que hubo conductas que lo sacaron de sus cabales. Al observar en los nativos heridas e inquirirles por la razón de ellas, asustados y atemorizados, pidieron su ayuda, pues padecían de forma constante el ataque de los caribes, indígenas caníbales que devoraban a sus pequeños en un festín diabólico y horroroso. ¿Se lo puede acusar de genocida?

La conquista de América es una obra gigantesca de la humanidad con muy mala prensa, especialmente en las usinas progresistas que han caído bajo el influjo leninista del imperialismo. El marxismo a secas fue más benevolente con la acción de los grandes imperios. En nuestro país fue Yrigoyen quien instituyó esta fecha como feriado nacional y Perón quien llevó más a fondo su defensa. Basta con leer su discurso del 12 de octubre de 1947 para descubrir cosas como éstas:
“Para nosotros la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Un estilo de vida. Va, entonces, el homenaje argentino a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo. Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental. Porque España aportó a Occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.
Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la historia. Su empresa tuvo el signo de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espada y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida la hermosa realidad del mandato póstumo de la Reina Isabel de atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios”.

Por eso suena extraño y antipático que una presidenta, que se dice peronista, asuma valores y principios extraños a la naturaleza cultural del justicialismo. Y más grave aun que institutos que se denominan revisionistas no salgan a defender lo que ha sido siempre tradición del revisionismo: el legado hispanista.

El imperio español se permitió discutir su acción y su conducta en la conquista. Revisó su obra. Y no impidió el debate. Un lote de intelectuales, todos sacerdotes, discutieron en la Universidad de Salamanca la legitimidad del poder español y la humanidad de los indios. Fray Bartolomé de las Casas o Francisco de Vitoria fueron los disparadores de las Leyes Nuevas de 1542, especie de Código de la dignidad humana y del trabajo.

Por eso no se entiende el empecinamiento ideológico de atacar a España y defender la virginidad y la inocencia de los pueblos americanos.
¿Habrá leído, Cristina, a Bernal Díaz del Castillo y su descripción del imperio azteca? No, y como no aparece en Tiempo Argentino, lo desconoce.
Aunque también está vacía de Perón, que en el discurso citado, decía:
“Los españoles traían para ellos (los indígenas) la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la Tierra. Venían para que estos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio, sino ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano”.

Colón debe permanecer donde está. Primero, porque no se puede pasar por encima de la decisión de la Legislatura de la Ciudad, a quien no se ha consultado, y segundo, porque desde ese lugar vela por la pureza de los valores eternos de la cultura iberoamericana: el mestizaje y el sincretismo religioso. Es tanta la cobardía cultural de este gobierno que intentará birlarnos el monumento amparándose en las tinieblas de la noche.

*Escritor. Codirector de la revista Consensos.



Claudio Chaves