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Julian Jaynes

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Tener fiebre durante meses es bastante parecido a volverse loco, al menos en la sensación de que el mundo no entiende ni acompaña un proceso que sólo uno sufre y conoce. Me decían que me iba a curar, pero no estaba sucediendo. En Madrid, un año antes de cruzarme por primera vez con Richard Dadd, dormía dos o tres horas y pasaba el resto de la noche en una semi-vigilia con pesadillas. Durante la mañana fingía cierta normalidad y después, en los pocos momentos de soledad sin fiebre (o con menos fiebre), no le encontraba ningún sentido a las cosas. Pensar era imposible, así que leía, pero todo me resultaba artificial y ajeno, parecía aplicable sólo al mundo que yo habitaba antes, cuando estaba sano.

Una tarde, en una librería de psicología cerca de Alonso Martínez, vi un libro gordo, viejo y negro, con un dibujito de dioses griegos y un título tan largo que ocupaba la tapa entera: El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral. Empezaba así:

“¡Oh! Qué mundo de visiones ocultas y silencios tangibles, el país insustancial de la mente. El teatro secreto de un monólogo sin habla, la mansión invisible de todos los humores, lucubraciones y misterios, una comarca entera en la que cada uno de nosotros reina en reclusión y soledad. Esta conciencia, que soy yo, que es todo y a la vez no es nada. ¿Qué es? ¿Y de dónde viene? ¿Y por qué?.”

En cuanto leí “¿por qué?” decidí comprarlo. Este tipo, Julian Jaynes, parecía más loco que yo, y eso me tranquilizaba. Lo compré para usarlo, como había usado antes las confusiones y los errores de la ciencia, porque es lindo y es útil darles nueva vida en la ficción, como adoptar un perrito abandonado. Lo compré sin sospechar ni por un segundo que dijera algo que fuera cierto. Lo fui leyendo de a poco, subrayando y agarrándome la cabeza, por Dios, mirá lo que dice. Cuando lo terminé, pensé: “no está tan mal”. Después me empecé a preguntar por qué la extraordinaria hipótesis de Jaynes no aparecía en la bibliografía contemporánea, ni siquiera para ser refutada. Tardé en encontrar referencias; Daniel Dennett lo cita bastante y Oliver Sacks lo menciona en un libro que salió hace poco. Lo más sorprendente es que no lo refutan.

Explicar a Jaynes acá va a ser difícil, pero tenemos una ventaja: quedamos pocos. Los de la Subsecretaría de Subrayar Notas que Se Oponen Al Gobierno hace rato que no entienden esta columna y suponen, con razón, que su influencia es nula. Somos los que se quedan al segundo set en la madrugada, cuando los boludos que vinieron a escuchar los hits y a pedir Escalera al cielo ya duermen. Nuestras certezas se acabaron en la necesidad urgente de juicio político que no va a suceder, y en la confirmación de que Argentina es inviable por al menos veinte años. Esta semana los diarios tardaron cuatro días en sugerir que tal vez pasaba algo en Venezuela. Para ofrecernos información confiable ya sabemos que no sirven; tal vez les podemos encontrar otra función. Probemos a Jaynes.

En la tapa del libro hay dioses griegos porque Jaynes dice que la conciencia –el self– es un fenómeno reciente. Que hasta hace poco, entre dos y tres mil años, nuestros antepasados hablaban con los dioses. Sin sugerir que los dioses, por supuesto, hayan existido nunca, Jaynes sostiene que nuestra conciencia –nuestra manera de pensar y de interactuar con el mundo– estaba dividida en dos: una parte ejecutiva percibida como “dios” y una parte “humana” que le obedecía. Jaynes imagina y desarrolla exhaustivamente un mundo primitivo en el cual nadie tenía la capacidad de percibir sus pensamientos como propios, un mundo en el cual “a refugiarse, que viene la tormenta” no era experimentado como un razonamiento interno sino como una voz exterior y –a falta de otra explicación posible– divina. Ninguna de estas dos partes era consciente, en el sentido que le damos hoy al término. A esto llama Jaynes “mente bicameral”. La semana que viene intentaré explicar qué tiene que ver con nosotros.


*Escritor y cineasta.



Guillermo Raffo