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Kafka en Venezuela

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El mismo día que irrumpió la cruel noticia de la muerte de Génesis Carmona, la reina de belleza de tan sólo 21 años ultimada por activistas del régimen chavista, vi en el teatro María Guerrero de Madrid la obra Kafka enamorado y sentí que había un hilo secreto que iba del escritor checo a la muchacha venezolana. Franz Kafka y Felice Bauer, una mujer muy moderna para su época, directiva de una empresa con sede en Berlín, se conocieron en la casa de Max Brod, amigo común, y entablaron una profunda relación amorosa, a punto tal que Kafka pensó en mudarse a Berlín para casarse y vivir allí juntos, del mismo modo que proyectaron un viaje de placer a Palestina. Pero Kafka sentía que una vida matrimonial, burguesa, con hijos y obligaciones, lo castraría para la actividad literaria, para la tarea que él consideraba el territorio donde bucear las claves no sólo de su existencia sino de cierta dinámica social que estallaba por entonces en Europa. Se sentía hondamente compelido a producir una obra que “abriera heridas en nuestra conciencia” y, para cumplir esa exigencia interior, terminó sacrificando su amor por Felice. Al renunciar a la mujer amada, Kafka se inmola para dar un testimonio que sin duda constituye hoy un monumento: el inicio de la modernidad literaria. Pero esa inmolación es extremadamente triste.

Génesis Carmona también estaba preparando un viaje: la ilusionaba irse a vivir a los Estados Unidos y apartarse de la violencia irracional de Venezuela. Pero, según les había comentado a los padres, quiso ir por última vez a protestar a la calle, a dar cuenta del vandalismo practicado desde el Estado, y en esa peripecia estaba cuando la anonadó la muerte. Así como Kafka podría haber vivido una vida privada feliz al lado de la mujer amada, Génesis podría haber emigrado y haber sido feliz con su gran belleza en un país normal, pero hay seres humanos que en cierto momento tienen una extraña pulsión hacia la heroicidad. Sueñan un sueño colectivo. La inmolación de esos seres excepcionales juega el papel de la fiebre en el cuerpo, entraña un síntoma, devela la enfermedad de toda una sociedad.

Y la enfermedad no es otra que el populismo, cuya fatal dinámica termina en violencia y destrucción. El populismo, por definición, regala bienes, reparte lo ajeno, razón por la cual su mayor o menor éxito depende del stock inicial de bienes a repartir. Si hay mucho –soja o petróleo–, funciona durante un tiempo prolongado; si hay poco, se desvanece rápidamente. Pero lo interesante es que nunca genera nuevos bienes, porque ahuyenta inversores, promueve la división social, aumenta la vagancia y auspicia la ilegalidad, de modo tal que en el devenir posterior nunca los bienes crecerán. Al contrario, irán disminuyendo dada su incontenible tendencia a despilfarrar y su inconsistencia interna. Claro que los beneficiarios de esas dádivas serán no sólo potenciales votantes sino además defensores enfurecidos del régimen. ¿Dónde podrían encontrar un mejor sitio? ¿Dónde serían mejor tratados? Desde luego que no sólo no les importa, en su infinito egoísmo miope, que toda una sociedad se venga abajo sino que, cuando empiezan a surgir los síntomas de resquebrajamiento y debacle, buscan chivos expiatorios, culpables colosales: los supermercados, la aristocracia, los poderes concentrados, la prensa o los Estados Unidos, cuando la frustración y la caída no son más que los resultados previsibles de toda política de dispendio y persecución al capital. De modo tal que, llegados a este punto, los populismos no tienen más remedio que buscar culpables, anatematizarlos y lanzar sus esbirros a la represión. Primero, el error; y luego, para tapar el error, la represión. Y son estos héroes simbólicos y agonales, paradigmáticos, que renuncian a su vida con tal de servir a la posteridad, los que pagan el precio de mostrar el salvajismo: Génesis no vivirá para llevar adelante una existencia cómoda y feliz, pero vivirá en el corazón de todos los hombres que quieren sociedades libres. Y sobre todo sociedades libres de curanderos de la política.

*Autor de El amor sigue sin nosotros.



Marcelo Gioffre