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Kirchnerismo en clave gramsciana

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Antonio Gramsci forjó una notable labor intelectual durante sus tormentosos 46 años de vida. Encarcelado por el régimen fascista en 1926, sufrió durante su cautiverio múltiples trastornos de salud: mal de Pott, tuberculosis, arteriosclerosis y abscesos. Estos males, sin embargo, no le impidieron alcanzar un agudo nivel de reflexión sobre los temas de su tiempo.
Entre 1929 y 1935, el fundador del Partido Comunista Italiano condensó una treintena de apartados políticos, titulados Cuadernos desde la cárcel. Los escritos, rescatados de las inspecciones policiales musolinianas, fueron publicados en varios tomos y en su idioma original en 1975. En esos textos, el pensador marxista desarrolló conceptos que, aún hoy, configuran variables de análisis y encuadre de los procesos sociopolíticos.
En este marco, ante enfoques que vinculan al kirchnerismo con el ideario gramsciano, se impone la reflexión. Entonces cobra sentido la noción de “hegemonía”. Gramsci plantea el término en sentido positivo. La palabra remite a la dirección política, moral y cultural que un determinado grupo –en el caso italiano, el proletariado– debe imprimirle a la sociedad a fin de garantizar la concreción fáctica del proyecto que encarna. En este punto, el oficialismo distorsiona el vocablo. Si bien marcó la línea directriz del Estado e influyó decididamente en la cultura política de la última década, el gobierno nacional razona la hegemonía desde el populismo, hermanando ésta con el pensamiento único. Así, desde la pretendida conducción moral del conjunto, se anula toda disidencia. A la vez, la variable sureña del PJ carece de un marco clasista de identificación; sus seguidores forman una casta de diversas extracciones sociales.
Otra idea clave es la de “intelectuales orgánicos”: agentes culturales surgidos del interior de un determinado núcleo social que, desde la conciencia de clase, interpretan las demandas e intereses del sector al que pertenecen. Valiéndose de un sólido dispositivo ideológico, los eruditos contribuyen con sus críticas a corregir o profundizar la línea  política del proyecto que integran. Aquí, la realidad kirchnersita hace agua. Frente a un liderazgo presidencial que se piensa a sí mismo como fuente primera de lucidez analítica, los miembros de Carta Abierta, algunos de ellos de inocultable valía, no han podido incidir con su cosmovisión política en la matriz constitutiva del oficialismo. La imposibilidad de penetración, no obstante, lejos de desencantar a los pensadores, prohijó una intelectualidad servicial, de justificación permanente, cuyo apunte más recordado fue la acusación “destituyente”.
Esta visión trastoca otro aporte gramsciano: la idea de “batalla cultural”. En la tesis primaria, el concepto sintetiza la disputa política frente al poder establecido para modificar los valores y ejes sociales de referencia, aceptados por la mayoría. Ajeno a tal objetivo, entonces, el proyecto nacido en mayo de 2003 no transformó los parámetros morales y éticos de la Argentina. Por ello, al igual que en la década del 90, individualismo, consumismo, frivolidad y pobreza estructural son elementos presentes. Mientras tanto, el Gobierno escenifica disputas discursivas y dialécticas con actores a los que considera enemigos de los intereses nacionales.
Antonio Gramsci murió en Roma el 27 de abril de 1937, tras sufrir los rigores del encierro fascista. A cuarenta años de la edición de su obra, es necesario volver a las fuentes para eludir el maniqueísmo intelectual. Siguiendo los pasos de Juan Carlos Portantiero en Los usos de Gramsci, políticos, académicos y periodistas deben dar un correcto sentido al pensamiento de una de las mentes más brillantes del siglo XX. Renunciar a ello implica no hacer justicia con la Historia.

*Politólogo.



Damian Toschi