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Kirchnerismo y bonapartismo

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Marx caracterizó como “bonapartismo” a la eficaz runfla que, liderada por Luis Napoleón, ocupó el poder en Francia entre 1851 y 1870. En las líneas iniciales de El 18 Brumario nos recuerda la conocida cita de Hegel, según la cual la historia “… es como si ocurriera dos veces. Pero omitió añadir: primero como tragedia y después como farsa…”.

El gran aporte del kirchnerismo a la ciencia política moderna consistió en brindar un reciente ejemplo de que ello es así: el camporismo de hoy es la versión farsesca del camporismo de los 70.

El “camporismo” original fue un conglomerado que comprendía a la Juventud Peronista – Regionales (o “la Tendencia”), al entorno del presidente Cámpora, y a un conjunto de organizaciones barriales, como el Movimiento Villero Peronista, sindicales, como la Juventud Trabajadora Peronista, sectores del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, la Juventud Universitaria Peronista, la Unión de Estudiantes Secundarios, el Partido Auténtico, y muchas otras organizaciones que, en líneas generales, respondían a la conducción de la Organización Político Militar (OPM) Montoneros.

La lucha armada en pos de aquellas políticas y el Terrorismo de Estado, constituyó una tragedia en nuestra historia, mientras que hoy la versión del camporismo conducida por Máximo, Larroque y  Ottavis, es la versión farsesca y crematística del aquel fenómeno original.

En el bonapartismo Marx señala “…Un poder ejecutivo que saca… respetabilidad del desprecio que causa…” y en el cual hay “… pasiones sin verdad y verdades sin pasión; héroes sin proezas, historia sin acontecimientos; un proceso cuya fuerza motora parece ser el calendario, cansador por su eterna repetición de tensiones y relajamientos…”.

Y es maltratador: “… Nunca se sacó de sus puestos a lacayos con menos consideración que Bonaparte a sus ministros…”. A aquel poder ejecutivo le resulta esencial el contar “… con un ejército de funcionarios… bajo su-bordinación incondicional a una masa de intereses y existencias…” a la vez que “… quería que las masas picasen el anzuelo con la obtención de dinero regalado y prestado. Regalar y recibir prestado: a eso se limita la ciencia financiera del lumpen proletariado, tanto el distinguido como el vulgar… Ningún aspirante al poder ha especulado tanto con la simplicidad de las masas…”.

El lumpen proletariado, base social del bonapartismo, se compone de “intelectuales… aventureros…, vagabundos, licenciados en tropelías…, timadores, saltimbanquis… dueños de burdeles, escritorzuelos…” y “… todo se institucionaliza como soborno… quitándole todo el velo de santidad a la maquinaria del Estado, profanándola, convirtiéndola en algo grotesco y repulsivo…”.

Parecería que Marx preanunció al conglomerado “K” integrado por  Gerardo Martínez y Caló, los “militantes” en cargos del Estado, Milani, Sabbatella, algunos intelectuales de Carta Abierta, Berni, “los pibes –rentados– para la liberación”, Gils Carbó, Gonella, Esteche, los Schoklender, los “aportantes y recaudadores” como Antonini Wilson, Fariña, De Vido, Felisa Miceli, Lázaro Báez, Ulloa, Jaime, Ferreira y Aníbal “Morsa” Fernández; los Brancatelli, “La Mancha de Rolando”, Diana Conti, Boudou, Parrilli, etc., etc., cabiendo sumarles los que convivieron con ellos sin animarse a un gesto o una palabra que los diferenciase, por no correr el riesgo de perder una canonjía.

Perón, con su aguda socarronería, calificó a la década del 30 como “la hora de los logreros” y al período iniciado en 1955 como “la hora de los enanos”; por la similitud señalada entre el bonapartismo y el “camporismo”, ambos segundas versiones de un caso histórico original, creo que la “década K” se ha ganado el derecho de ser reconocida en nuestra historia como “la hora de los farsantes”.

 

 *Profesor de Filosofía del Derecho.



Julio Raffo