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Kurdistán: justicia y necesidad

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Cuando el diplomático británico James Sykes y su colega francés, François Georges-Picot negociaban en secreto el destino de los territorios árabes y armenios del Imperio Otomano entre noviembre de 1915 y marzo de 1916 para firmar un acuerdo en mayo del mismo año, no consideraron a los kurdos. Sólo el Tratado de Sèvres, del 10 de agosto de 1920, auspiciado por el presidente estadounidense Woodrow Wilson, estableció las fronteras territoriales de un Kurdistán independiente. Pero la rebelión de Mustafa Kemal contra el Tratado impidió su cumplimiento; sobre los territorios históricamente armenios ya vaciados de sus habitantes por el genocidio y sobre aquellos cuyos dueños, los kurdos, se vieron sus sueños de una patria libre frustrarse, el llamado “Padre de los Turcos” aspirará a construir un estado-nación moderno y una sociedad homogeneizada por el sermón “orgulloso de ser turco”.

Se prohibió el uso del kurdo, y los kurdos fueron oficialmente reconocidos como “turcos de montaña”. Las sucesivas rebeliones de 1925,1930-1937 y las de los 90’s, fueron duramente reprimidas.  

La suerte de los kurdos en los demás países donde habitaban, Irak, Siria e Irán, no ha sido mejor. El nacionalismo árabe y el régimen del sha se encargaron de negarles su derecho de identidad.

Pero la peor suerte les tocó a los cinco millones de kurdos de Irak. Los kurdos de Irak enfrentaron una violenta represión de parte del régimen de Saddam Husein; la campaña militar de Al Anfal en 1988 que lanzó Bagdad alcanzó las dimensiones de un verdadero genocidio con la destrucción de cuatro mil aldeas y la muerte de cien mil inocentes.

El episodio más escalofriante de esta campaña fue el bombardeo con armas químicas de la ciudad de Halabja que causó la muerte de cerca de cinco mil civiles. La Resolución 688 del Consejo de Seguridad de 1991 que impuso una zona de no-vuelo el norte de Irak para proteger a los kurdos fue un punto de inflexión.

En la próxima década, los kurdos establecieron las bases de un estado independiente. La ocupación estadounidense de Irak en 2003 no reconoció la racionalidad de una inevitable reconsideración de las fronteras del país; con su retórica vacía de una supuesta democratización, los neoconservadores de Georges W. Bush exacerbaron el sectarismo y lo manipularon; Obama retiró las tropas en 2011, pero la sectarización de la política ya había tornado inevitable la fragmentación territorial que, de hecho, aconteció en la peor forma con la declaración del Estado Islámico.

En estas circunstancias, un Kurdistán independiente se ha tornado en una necesidad estratégica y humanitaria; es casi la única garantía para la contención militar de la expansión del llamado Califato, y el único refugio para quienes huyen la barbarie genocida.

Pero el reconocimiento de un Kurdistán independiente también haría justicia a otro “pueblo trágico” del siglo XX que tiene todo el derecho de exigir su lugar en este mundo, en sus tierras ancestrales.

*Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés.



Khatchik Derghougassian