COLUMNISTAS

Kutin

Poca distancia entre Putin y Cristina. Desalojados fugazmente del centro de la escena los más horribles de entre sus filas, el oficialismo pone en acto una de sus principales delikatessen. Suave, delicado, sonriente, se ha quitado de su rostro las pinturas de guerra. Ella habló serenamente y hasta con dulzura, mostrándose junto a niños y madres, caritativa, maternal, protectora, alejada de la furia y del estrépito. Es un zafarrancho, claro está. En esta materia, quienes gobiernan han sobresalido en el arte de fingir, llevado a la condición de obra maestra de la escaramuza. ¿Cómo no iba a acercarse a las víctimas de la tragedia de Rosario? Pero si ahora trata de estar cerca de los que sufren, ¿por qué no estuvo en Plaza Once aquel día trágico de febrero? Esencia destilada y pura de la Argentina ficcional, nunca nada es como aparece, y lo que acontece en profundidad nunca se muestra.
Las elecciones de hoy obligaron a quienes gobiernan a aplicar un maquillaje intenso. Martín Insaurralde fue un rostro volátil y casi irreconocible; ha sido la Presidenta quien “se puso la campaña al hombro”, curioso modismo argentino para decir que ella fue estrella única y excluyente del tsunami publicitario con el que el oficialismo tapizó el mundo internet, en alcance y dimensiones colosales. Usa ella en sus mensajes por televisión y radio una voz medio quebrada y pretendidamente íntima. Cree que ese tono comunica siempre confianza, calidez y cercanía.
Afuera, en la intemperie, ruge sin embargo la impiedad, aunque a 124 meses largos de iniciada la peripecia kirchnerista, el grupo gobernante exhibe fuerte atornillamiento al poder. Las sombras del ocaso son visibles e indudables, pero la capacidad manipulatoria oficial, en un contexto de relativa impavidez colectiva, no debe subestimarse. Lo puesto sobre la mesa es rotundo y decisivo: se trata de equilibrar el desequilibrio, rescatar al Congreso de su bochornosa autoexclusión. Joya del ingenio dialéctico, en el país aparentemente funcionan los poderes de la Constitución, que, sin embargo, han sido abducidos desde el interior de la propia máquina gobernante. Con esa disfunción política, se convirtió en un Congreso impotente por su propia voluntad. También había “congresos” en la Unión Soviética.
Situaciones similares han sucedido con otros espacios formales e informales de la Argentina en los que la deserción o la renuncia han sido los mecanismos usados por quienes aceptaron ser esterilizados por el Gobierno. Popes empresarios y estelascarlottos varias han sido responsables de callarse, aceptar o compartir los designios de una época que será recordada con más tristeza que entusiasmo.

En el lento pero inexorable esmerilamiento de la mentada década maravillosa, la Argentina que vota deberá diferenciar inevitablemente espejismos de evidencias, nubes de humo de efectividades, simulacros de realidades fehacientes. Hoy se vota para saber a quiénes votaremos en octubre. Hoy también se alistan quienes deberán asumir en diciembre. No es un torneo de vanidades individuales. Lo único trascendente dentro de once semanas es que este país deberá decidir hasta dónde quiere seguir así y cuánto en verdad quiere modificar de lo que viene experimentando. Pero mientras la sociedad cavila y se hamaca entre dudas y complacencias civiles, el núcleo duro del poder real de la Argentina no descansa.
Hay mucho en el kirchnerismo que remeda o evoca la deriva de la Rusia post soviética hasta el ascenso del nuevo zar, Vladimir Putin. Putin tiene admiradores y seguidores en la Argentina kirchnerista. Fue un meticuloso agente de los servicios soviéticos de inteligencia hasta el derrumbe del poder bolchevique. Ingresó a la KGB en 1975 y fue capacitado como agente durante un año en la escuela de Okhta, Leningrado (hoy San Petersburgo).
Ya graduado, hizo contrainteligencia hasta ser designado en el Primer Directorio de la KGB como controlador de extranjeros en Leningrado. Desde 1985 hasta 1990 estuvo estacionado en Dresde, Alemania Oriental. Derrumbado el muro de Berlín, fue repatriado a la URSS y en junio de 1991 reclutado por la Universidad de Leningrado para “monitorear” las actividades estudiantiles. Ya con el grado de teniente coronel de los servicios, Putin colgó el uniforme en agosto de 1991 y se alejó de “los organismos”, como llamaba a la policía secreta soviética. Derrocado el “socialismo realmente existente”, escaló rápidamente posiciones en la nueva oligarquía y fue electo presidente de Rusia en mayo de 2000, tras una escalada que incluso lo llevó durante un año a los mismos “servicios”, ahora reformateados.
En la Argentina, la pasión oscura y profunda de quienes hoy gobiernan por las operaciones clandestinas echa raíces en los años 70, excrecencia de una era en la que “hacer inteligencia” era obsesión y praxis cotidiana de los insurgentes. Los que hoy gobiernan han importado esa manera de ver el mundo y por eso el “robo” a la casa de los Massa es un capítulo más de aquella inveterada manía por destruir desde la oscuridad, bloquear desde las sombras, envenenar con asesinatos de carácter y operaciones de patética mezquindad, que ya ni siquiera prenden en la piel de la sociedad. En una Argentina habituada a la ilegalidad, estos casos revelan las verdades esenciales. Gobernada a lo Putin, la Argentina padece la escasa inteligencia de “la inteligencia”.



Pepe Eliaschev