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La advertencia de Messi

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Es completamente arbitrario vincular el desquicio jurídico-institucional de la AFA con el anuncio del papa Francisco de suspender el Partido por la Paz para América que se iba a realizar en el Estadio Ciudad de La Plata. Sin embargo, cuesta no inventariar la mala noticia dentro del catálogo de desgracias de una entidad que, a un mes y medio del comienzo de una nueva temporada, pasó a ser muy poco más que un sello de goma: por cuestiones de un verticalismo feudal –casi dictatorial–, al menos hasta la muerte de Julio Grondona, ese sello de goma llevaba encima la firma de alguien.

En realidad, cuando Bergoglio menciona la palabra corrupción en el mensaje de suspensión definitiva del partido emblema de Scholas Occurrentes, obliga a que muchos miremos para todos lados para tratar de ver bien a quién se refiere. “Prefiero un picado en un potrero de barrio con una pelota común con alegría limpia, a un gran campeonato en un estadio famoso pero rociado de corrupción”, sentenció Francisco en una muy posible alusión al Fifagate, cuyas derivaciones no sólo no comienzan a detenerse, sino que parecen cola de lagartija: basta que le arranques una para que, en segundos, le crezca otra.

Lejos de correr el riesgo torpe de polemizar alrededor de un veredicto papal –menos aún, de uno argentino–, me permito un par de reflexiones al respecto. Cuando se habla de un “estadio famoso pero rociado de corrupción”, es interesante dejar en claro si es una alusión general o abstracta o si se refiere a la sede platense: nadie utilizó políticamente tanto ese escenario como el, según algunos politólogos, favorito de Francisco para las últimas elecciones presidenciales argentinas. Considero que contarnos a los argentinos cuánto dinero se gastó de más en toda la movida del Unico es un asunto pendiente de la actual administración. Y podrían aparecer nombres que generen una mueca de desagrado por Santa Marta.

Por otro lado, una sutileza. El primer partido por la Paz se jugó en 2014. Participó la maravillosa Fundación PUPI, de Javier Zanetti, cantó Violetta, hizo tres goles Mauro Icardi y se jugó en el Estadio Olímpico de Roma. Ese estadio se inauguró en 1953, fue sede de los Juegos de 1960 pero, antes de eso, constituyó uno de los delirios de grandeza imperial del Duce: originalmente, en el mismo predio, se levantó el Stadio dei Cipressi. Terminó de construirse en 1937 en lo que entonces se llamaba Foro Mussolini. Es cierto que hace rato esa maravillosa ciudad del deporte descansa sobre el Foro Itálico y que en 1950 el Stadio comenzó su reformulación. Pero desde el detalle minucioso, de esos que rara vez escapan a la mirada sabia de Bergoglio, no constituiría justamente una contracara de la lógica turbia que se estaría insinuando respecto del escenario platense.

De todos modos, a nadie en la AFA se le ocurriría prestarle ni un segundo de atención al anuncio vaticano. Hay tanto que complica la vida más acá, que darle bola al más allá sólo sería una forma celestial de negación.

Esta noche, ni usted ni yo pensaremos un instante en Segura, en Moyano, en Servini de Cubría ni en el juez de Trabajo de Morón que quedó a cargo de un organismo más vacío que anárquico.

No pretendo que nada nos distraiga de la ilusión de ver a la Argentina jugar tal como lo hizo durante casi toda esta Copa América. Por eso me atrevo ahora a prologar todo este barullo con cuestiones nada vinculadas con el juego. No lo es Servini de Cubría pidiéndole a la AFA que no acepte la intervención de la FIFA: es un caso curioso ya que la lógica sería que la FIFA pidiera a la AFA que no aceptara la intervención de Servini de Cubría.

Tampoco lo es Lionel Messi avisando que, apenas terminada la competencia, explicará el porqué de su fastidio con los dirigentes argentinos.

Al fenómeno seguimos mirándolo como aquel pibe de pelo largo que rompió todo desde la adolescencia; más de uno minimiza hasta lo irrespetuoso su capacidad de hacerse cargo de asuntos importantes o comprometerse con la causa. Lionel acaba de cumplir 29 años, edad suficiente para que comprendamos que, tal vez, nos quede de su genio menos tiempo del que ya lo hemos disfrutado. A veces no queremos aceptar ese momento en el que los pibes se convierten en hombres. Quizá nos tome desprevenidos ver a Messi plantarse y contarnos todo eso que los cronistas insinúan que sucede y que sólo ellos, los futbolistas, soportan en carne propia. Y que es muchísimo más que un vuelo demorado o un plato de sopa que sale frío de la cocina del hotel contratado. Por cierto, nadie ignora que estos cracks suelen ser tratados a cuerpo de rey. Sobre todo si los comparamos con el resto del universo del deporte argentino. Pero para comprender esta lógica hay que subir a la balanza del haber que se trata, por lejos, del plantel de mayor cotización del torneo –seguramente, del planeta– y que, como tal, genera recursos millonarios que se escurren del control de la AFA a través del colador de la incapacidad y la corruptela.

En lo personal, creo que, si a partir de esta advertencia, descubriéramos que Messi decide hacer algo parecido a lo que Scola, Ginóbili y compañía hicieron con el básquet, le estaría dando al deporte argentino –y a sus colegas de diversas disciplinas– un espaldarazo gigante para torcer el rumbo de barcos timoneados más por gente nefasta que por dirigentes idóneos y honestos. Desde Messi hasta el más humilde de los atletas deben comprender que corregir la historia de federaciones lánguidas, quebradas o bajo control feudal depende de ellos: son los únicos cuyas historias ningún dirigente berreta se animaría a desmentir. Si Messi, con su prometida denuncia, dejase en evidencia algo del desquicio cuya vigencia ya superó las bodas de plata estaría regalándole a nuestro fútbol (a nuestro deporte) algo tanto o más importante que un título.

A propósito.

Que la Argentina derrote hoy a Chile a como dé lugar me interesa sólo para que se termine con la perorata vacía, aburrida y falaz de que este grupo de futbolistas no ganó nada con la celeste y blanca.

A propósito de sequías. ¿Cómo explicarles a Romero, Mercado, Biglia, Mascherano, Banega, Messi, Agüero, Di María y Lavezzi que las 16 medallas doradas que sumaron entre títulos mundiales juveniles y olímpicos deben ir a parar a la papelera de reciclaje de sus victorias?

De esta noche, lo que realmente me genera un cosquilleo distintivo es la posibilidad de volver a ver a este equipo superando a un rival. Que no es lo mismo que ganar un partido. Jugar bien y superar al adversario en un partido final es un diferencial para todo deportista. Se trata de saber superar el estrés del gran acontecimiento y expresarse en plenitud justamente ahí, en el escenario más trascendente de su carrera. Lo logró el Lanús de Jorge Almirón, que en ese momento en el que el corazón late más que lo debido y el cerebro bloquea todo aquello que los cracks saben hacer en estado basal, jugó y ganó con la autoridad de los grandes equipos, que no es lo mismo que hablar sólo de los grandes jugadores.

Definitivamente, no existe un sistema que funcione en plenitud si se lo coloca por encima de los jugadores: pónganle a un fórmula uno el motor de su cortadora de césped y me cuentan qué onda.

Del mismo modo, es difícil que exista armonía de conjunto si un par de esas piezas están fuera de sintonía. Y sabemos bien que no todos soportan la presión de la misma manera. Por eso es tan importante que Messi se dé el gran gusto de jugar con la Argentina ese partido decisivo que jugó infinidad de veces con Barcelona y en un par de ocasiones con esa celeste y blanca juvenil y olímpica que el pueblo futbolero mayormente desprecia.

Le creo cuando dice que daría sus balones de oro a cambio de un título mundial. Y sospecho que siente la necesidad del título de hoy mucho más que usted y que yo, que a lo sumo nos daremos el gusto de gastar a algún amigo chileno a través de Twitter.
Sin embargo, no necesito de un triunfo feo para que Messi ocupe ese lugar único en mi corazón de hincha. Ni me asusta el efecto de otra derrota que me impida celebrar lo que, en definitiva, no es mío.

Si así fuera, sería muy ingrato con Martino y sus muchachos, que me regalaron, ya, cinco partidos en los que valió la pena concentrar la atención en un solo tema durante un par de horas.

A esta altura de la vida, eso ya es demasiado decir.



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