COLUMNISTAS STALIN Y LEOPOLDO BRAVO (7-2-53)

La ambigüedad peronista

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Mañana gélida de Moscú. Por la Sadovaia se levantaban velos de nieve y los monstruosos camiones de la industrialización soviética dejaban una estela de niebla blanca. El Mercedes de la embajada argentina avanzaba con su banderita celeste y blanca, que temblaba aterida.

Leopoldo Bravo, embajador de Perón, iba hacia el Kremlin. El chofer, Anatoli, también aterido, pero de miedo. En Rusia, desde Iván el Terrible hasta después de Stalin, acercarse al Kremlin era ponerse a tiro de muerte. Llegaron a la torre de la Asunción y allí cambiaron de auto. Llevaron al embajador en uno que no estaba infisionado por la inmundicia y el peligro del mundo exterior. Stalin, el minotauro, estaba acompañado por el silencioso Vishinsky, su canciller.

En su informe, que yo leí quince años después en el archivo de nuestra embajada, en la Lunacharskovo, Bravo contó que Stalin escuchaba la monotonía del traductor dibujando lobitos con su lápiz Caran D’Ache. Lobos pequeños, parejos, que al cabo de una hora constituirían una manada temible en un bosquecillo de beriozkas y pinos.

Stalin no recibía embajadores. Hizo una excepción con el enviado de Perón. Después de unos minutos de mutuas amabilidades, Stalin levantó la cabeza y le preguntó a Bravo:

—Bueno, embajador, a ver, dígame qué es eso del peronismo...
(¿Qué era ese movimiento social que no transaba ideológicamente con los vencedores del 45? ¿Quién era ese Perón que enseñaba a no respetar ni el capitalismo mercantilista de Occidente ni el marxismo del bloque comisarial? ¿Quién era ese coronel que ayudaba a España y se negaba a retirar al embajador?)

Bravo, seguramente, sintió el peso de la terrible mirada de Stalin. ¿Cómo responderle? ¿Qué decir del peronismo?

Después de seis años de gobierno, Perón había sido reelegido meses atrás, en 1952, por aplastante mayoría. En julio había muerto Evita y se había producido uno de los velorios del siglo.

—¿Usted, embajador, es peronista?

Entonces Bravo expuso, con su propio caso, la ambigüedad del peronismo. Provenía de una familia del feudalismo provincial de San Juan, de los Cantoni. El partido de ellos era autonomista y más bien radical, pero eran peronistas...El peronismo es más social que capitalista... Bravo omitió decirle que los comunistas eran excluidos y encarcelados como Codovilla, agente del Comintern. Afirmó que el peronismo es novedoso para países imperializados por los poderes internacionales. Defiende la soberanía nacional basada en la independencia económica y en la gestión de empresas argentinas o del Estado argentino: petróleo, agricultura, carnes, puertos, transportes, ferrocarriles, minerales…

—No aceptamos ni el Fondo Monetario Internacional ni el Banco Mundial... –dijo Leopoldo Bravo.

El mariscal encendió, con apacible lentitud de verdugo fatigado, su pipa. Bravo se tranquilizó, la mirada de Stalin era parejamente oscura y brillante, sin huellas de esas estrías amarillentas que decían eran la señal cierta de su furia fatal. Para Stalin Bravo era un diplomático, un extranjero, un sudamericano de los confines de Occidente, en suma, un ser prehistórico, pre-comunista. Poco podía ofenderlo. Le preguntó:

—¡En qué idioma se habla en Argentina? ¿En español?
—Sí, en español… El presidente Perón cree que el capitalismo de Estados Unidos es torpe, mediocre y el peor enemigo de América Latina...
—Eso está bien, jarachó... –musitó Stalin–. ¿Y Eva Perón?

(¿Cómo explicarle a ese zar oriental la personalidad y la curiosa pasión de Evita? Eva subiendo a su Packard negro con sus impecables cromados, con su capelina de Reboux y los estampados volátiles de Dior o de Jacques Fath. El estrépito de sirenas y motocicletas como heraldos de la epifanía de un hada buena. Rumbo al suburbio de Villa Caraza o de Ezpeleta, con sus fajos de billetes de diez pesos y su legión de secretarias para tomar nota del dolor inmediato. Chapas para el techo, una cocina a gas, dentadura postiza, una muleta, un avioncito de latón pintado, una orden de internación, una beca para España, colchas, decenas de pelotas y camisetas, pavas de aluminio, calentadores para el mate, una colección del Espasa Calpe...) Dijo Bravo:

—Eva Perón murió en la pasión del poder. Sólo pensó en el dolor de muelas de algún chico. Para ella el poder era posibilidad de acción inmediata ante el dolor concreto o la injusticia social…

Stalin escuchaba y seguía dibujando lobitos. A veces alguno abría las fauces y mordía en el cogote a otro. En los ventanales se atorbellinaba la nieve. Epicentro de ese invierno que había derrotado a Napoleón y a Hitler. Y el embajador Bravo:

—El peronismo surgió en elecciones correctas, pero no cree en la democracia formal…Eva Perón murió con el dolor y el amor de todo el pueblo, era una santa…

Stalin aspiró una bocanada de su pipa.

(¿Cómo le podría decir Leopoldo Bravo al emperador romano de Oriente que los argentinos somos ambiguos, que estamos aplastados por el escepticismo de tantas esperanzadas y desilusionadas generaciones de inmigrantes? No porque sí les surgió el tango, que para nosotros las ideologías no son más que la claridad momentánea que cubre un nuevo error).

Argentina había establecido relaciones con los soviéticos, sin pedir permiso y saltando las sumisiones y miedos sudamericanos. Era un ejercicio de independencia “tercerista”.

Se firmó el primer gran acuerdo comercial de la URSS con Argentina, el primero de Iberoamérica y de muy larga duración.

Al estrecharle la mano a Bravo, Stalin dijo tal vez sin mucha ironía:
—Si lo he entendido bien, ustedes serían capitalistas, pero no tanto. Pero también socialistas aunque casi nada. Llegan al poder por elecciones, pero no creen en la democracia burguesa...
—Eso –dijo Bravo–. Eso mismo.

El traductor le regaló a Bravo la hojita garabateada por Stalin. No quedaba espacio para ningún otro lobo. (También consiguió de Vishinsky que acedieron a su pedido y dejasen salir de Rumania a su novia, con la que se casaría. Eso no figura, naturalmente, en el informe oficial de Bravo, ni el oficial soviético, redactado por el ministro de Asuntos Exteriores, Vishinsky).

*Escritor y diplomático. Fragmento de Sobrevivir Argentina (Planeta) de próxima aparición.



Abel Posse