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La angustia y lo angosto

Para reesperanzar a la mayoría Macri deberá construir una mística, un sueño de porvenir que genere confianza y de ella derive el consenso.

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Foto:Cedoc Perfil

Es evidente que la mayoría de los medios críticos al kirchnerismo no le hacen caso a Macri cuando pide que (también a él) lo critiquen. No es a Macri a quien se cuida, sino a la relación con una sociedad (y dentro de ella especialmente a la que es audiencia) que estando esperanzada no quiere escuchar malos pronósticos. El fin de semana pasado este espacio estuvo dedicado a la esperanza; esta vez será a su opuesto: la angustia.

El parecido entre “angustia” y “angosto” no es casual, comparten su origen también con la palabra “estrés”, todas derivadas de “estrecho”. De un ir por un desfiladero angosto, un paso estrecho, por el que tanto se puede llegar exitosamente al destino como desbarrancarse al abismo. Esa es la situación que atraviesa el gobierno de Macri, generando en la sociedad –a la vez de esperanza– angustia frente al eventual fracaso y sus consecuencias.

La sorprendente designación de dos jueces de la Corte Suprema sin pasar por el Senado potencia los temores sobre si Macri, con un equipo significativamente compuesto por personas que no hace mucho estaban fuera de la política, podrá administrar el Estado, que es algo más que la empresa más grande.

En diez años el PRO no pudo generar suficientes cuadros para administrar todo el Estado.

Suma también el sorpresivo desistimiento de Ernesto Sanz de ser ministro de Justicia la semana previa a la asunción. Sanz habría dado un paso al costado porque no quiso quedar atrapado como receptor de la presión de radicales reclamándole que cobre a Macri el apoyo electoral. La reaparición de Sanz para sustentar el nombramiento de los dos jueces en comisión y disciplinar a sus correligionarios permite sospechar que él mismo y Lorenzetti estuvieran más informados de las designaciones de Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz que el propio ministro de Justicia, Germán Garavano. El silencio de Carrió también es otro síntoma de cuánto más difícil es armar un gobierno que una alianza electoral. No es lo mismo apoyar desde afuera (por acción u omisión) que lidiar con el día a día.

Ayer en PERFIL un entusiasmado Paolo Rocca dijo que un gobierno de ingenieros “me parece un sueño”. Un eventual éxito de un gobierno de Macri integrado en mayor proporción por personas con saberes derivados de la acción podría ayudar a la sociedad a reconciliarse con ciertos valores clásicos sobre el conocimiento, que la frustración de la caída de la convertibilidad y las promesas incumplidas de los 90 habían degradado. Pero, al revés, el fracaso de un gobierno de ingenieros (como metáfora de profesionales) podría producir en la sociedad un definitivo rechazo de lo técnico condenando a otra generación al oscurantismo y, como Sísifo, a repetir el resentimiento de 2002.

Pero más que un gobierno de ingenieros o técnicos, el gobierno de Macri se definiría mejor como el de los no políticos o nuevos en la política. Y armar equipos totalmente nuevos (la antítesis del modelo de Massa, quien siendo muy joven se rodeaba de clásicos referentes en el manejo de lo público) no es fácil. La escasez se evidencia en detalles como la cantidad de matrimonios en que ambos son funcionarios del PRO, lo que sólo como ejemplo muestran tres casos de la provincia de Buenos Aires: la propia gobernadora María Eugenia Vidal con su marido intendente de Morón, Ramiro Tagliaferro; el vicepresidente de la Cámara de Diputados bonaerense, Manuel Mosca, cuya esposa es legisladora nacional del PRO, Gladys González; y el ministro de Gobierno bonaerense Federico Salvai, cuya esposa es ministra de Desarrollo Social de la Nación, Carolina Stanley.

Que Ernesto Sanz no haya sido el ministro de Justicia anunciaba el tironeo con el Congreso.

Es angosta la lista de cuadros del PRO para asumir todos los puestos de la Nación, la provincia de Buenos Aires y la Ciudad. Y probablemente Macri no haya querido sumar cuadros políticos del radicalismo y se haya autolimitado a la endogamia para alejarse del imaginario de fracaso de la Alianza. También es angosta la lista de colaboradores de confianza y amigos para cubrir tantos puestos: desde Gustavo Arribas, de Boca y los partidos de pádel, en la ex SIDE, hasta el abogado Fabián “Pepín” Rodríguez Simón, compañero del colegio Cardenal Newman, como mentor de la forma de designar a los dos nuevos jueces de la Corte Suprema.

La filosofía existencialista, desde Kierkegaard (El concepto de la angustia) hasta Sartre, y cercana a ella, Heidegger, consideraron la angustia como característica de lo humano, diferenciándola del miedo sobre algo concreto que sí sienten los animales. Sartre hablaba de la angustia ante el porvenir y por eso es la contracara de la esperanza, el otro estado de expectación. La existencia es un continuo tránsito entre esperanza y angustia, ambas como posibilidad de la posibilidad, sin jamás detenerse en alguna: los argentinos somos especialistas en la materia.

Macri goza del período de la esperanza, donde hasta puede nombrar dos jueces de la Corte por decreto y ser justificado o por lo menos disculpado. Cuando la indeterminación absoluta sobre el futuro que padecemos los humanos encamine el estado afectivo de la mayoría hacia la angustia, allí Macri tendrá que mostrar atributos mayores que la capacidad de gestión. Para reesperanzar a la mayoría deberá construir una mística, un sueño de porvenir que genere confianza y de ella derive el consenso. Más que ser el gestor de una gran empresa, tendrá que desarrollar las capacidades de un fundador de una gran empresa incorporando poesía a la ingeniería, que no tienen por qué ser excluyentes.



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