COLUMNISTAS ENCRUCIJADA

La Argentina, populista y cara en dólares

Medida por la cotización oficial, la Argentina carece de competitividad para atraer inversiones, lo cual explica la falta de creación de nuevos empleos.

PERFIL COMPLETO

Cuando una persona sana y sin trastornos psicológicos vinculados con la alimentación considera que está excedida de peso, es porque tiene que adelgazar.

Cuando en un país se empieza a discutir una eventual devaluación brusca del tipo de cambio, es porque tiene un problema vinculado con el precio actual de su moneda relativo a las monedas del resto del mundo.

Pongo énfasis en la palabra “relativo” porque, siguiendo con la analogía del exceso de peso, este caso, más que con el exceso de peso “absoluto”, es como el caso de los boxeadores que están excedidos o no de peso dependiendo de la “categoría” en que pelean.

En efecto, lo que importa en un país, más que el valor absoluto del tipo de cambio, es su valor relativo al resto de los países. Y esto es así porque el tipo de cambio, al final del día, intenta reflejar el “precio” del trabajo, y de los factores locales de un país, en una moneda comparable internacionalmente.

Los países con inseguridad jurídica, problemas de infraestructura, mercado de capitales reducido, poca escala, etc., etc., son países de baja productividad, de mayor ineficiencia y, por lo tanto, necesitan tener un tipo de cambio alto (dólar caro en castellano) para compensar, con ese artificio, las circunstancias antes mencionadas.

Por supuesto que esa necesidad termina castigando, fundamentalmente, el precio del trabajo y de los activos sujetos a jurisdicción local o “atados a la tierra”. Es por el ello que, medido en dólares, los precios del trabajo, de los bonos, de las empresas o de los inmuebles urbanos o rurales, habitualmente, son más bajos en la Argentina que en otros países con condiciones distintas.

Si se quiere tener un “dólar barato”, por lo tanto, y siempre en términos relativos, hay que tener otra seguridad jurídica, otras regulaciones, otro mercado de capitales, otra infraestructura, etc., etc.: otra productividad.

El actual populismo que nos gobierna, como pasó en versiones populistas anteriores, “heredó” un tipo de cambio recontra alto y, por lo tanto, un precio exageradamente bajo para los factores locales. En ese sentido, la Argentina de 2003-2006 era como un boxeador peso pesado al que se le permitía pelear en las categorías inferiores y, por lo tanto, ganaba todas las peleas.

Pero, en su necesidad por ganar elecciones y priorizar el corto plazo, el Gobierno fue deteriorando el valor del tipo de cambio real en forma acelerada (desde ese momento, el dólar se “abarató”, siempre en términos relativos, entre 35 y 40%); simultáneamente, se incrementó la inseguridad jurídica y se destruyó el mercado de capitales local con la inflación, con la falta de instrumentos indexados creíbles y con la eliminación del sistema jubilatorio de capitalización. Se deterioró la infraestructura, en particular en el sector energético y de transporte. Y todo ello fue condimentado con un gran “desorden” regulatorio, con arbitrariedades y discrecionalidades diarias y, ahora, con la reforma constitucional de facto.

Es cierto que, gracias a los mejores precios de los productos de exportación de la Argentina, y a las mayores cantidades producidas por el agro y la minería, el tipo de cambio “normal” de la Argentina debería ser más bajo que en otros momentos. Sin embargo, todos los elementos negativos más que compensan, desafortunadamente, las ventajas de los buenos precios de las commodities y de la liquidez global, con tasas internacionales en cero.

Por lo tanto, el valor del dólar oficial que podría “disimular” esta Argentina (aunque, en realidad, si el Gobierno logra pasar por la Justicia las últimas reformas, el valor es incalculable) es sustancialmente superior al actual.

Puesto de otro modo, dado el kirchnerismo, el costo laboral, los inmuebles, las empresas son “caras” medidas en dólares oficiales. Por eso no se genera más empleo privado, no hay inversión, salvo la subsidiada de alguna manera. Por eso, sin mercado libre, no se venden inmuebles. Por eso la economía, más allá de una mejor cosecha y algo más de Brasil, está estancada.

En síntesis, con este “entorno”, con esta productividad, la Argentina, medida en dólares oficiales, está cara. El Gobierno puede evitar una devaluación brusca en algún momento de los próximos dos años sólo si cambia de políticas y abarata, sin artificios, el costo argentino.



Enrique Szewach