COLUMNISTAS FOTOGRAFIAS

La Biblia y el calefón

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Parece que el señor Massa se sacó una foto con un político del partido radical y el asunto causó cierto revuelo periodístico. No me explico demasiado bien por qué.

Una vez me sacaron una foto con el señor Alfonsín, cuando ya no era presidente, y otra vez con el señor Mario Vargas Llosa. Las simpatías para con uno y otro eran bien desiguales, pero en ningún caso se me ocurrió negarles el saludo a ninguno de los dos ante los flashes. Hoy por hoy, parece que posar para una foto es una declaración de principios, y si uno se deja fotografiar con tal o cual persona eso implica un alianza más o menos indestructible (y sin embargo, la gente sigue casándose, sacándose fotos, divorciándose, quemando fotos o borrándolas de sus dispositivos de almacenamiento).

La foto no retiene más que un instante de presente, y aunque lo haga para siempre (ésa es una de sus cualidades más raras) lo que importa más de la fotografía es cómo se relaciona la luz que toca los cuerpos retratados con la pupila del que mira luego las fotos. Esa instancia táctil de la fotografía, tan sutil que a veces la olvidamos, es algo que los diseñadores de imagen no tienen en cuenta: piensan que hacer posar para la foto a tal con cual provoca saltos cualitativos en las simpatías de los que ven la foto (hacia arriba o hacia abajo, tanto da). Pero en verdad lo que sucede es muy diferente, porque lo que se ve, cuando dos personas que no comparten el mismo espacio se tocan, es un instante de peligro de unas fuerzas políticas que habitualmente no se tocan. El tacto entre esos cuerpos que vemos en la foto no significa ni acercamiento ni alianzas especiales sino
el derrumbe cualitativo de los espacios que antes los contenían.

Es como si después de un terremoto devastador un fotógrafo avispado tomara una instantánea de un encuentro fortuito: la Biblia y el calefón, que han quedado sin dueños y, también, sin destino cierto. Lo irremediable.



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