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La caída de un muro: el de Berlín

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Hay bellos sueños que devienen pesadillas cuando se hacen realidad. En el mundo privado, los emprendimientos personales, la vida en pareja, suelen ser de esos. Pero en esa esfera rara vez terminan en tragedia; a lo sumo en decepción y tristeza.

No es lo que ocurre en el mundo de la política; en los momentos de ruptura, de transformaciones históricas. Las guerras de independencia, las grandes revoluciones, todas, han estado jalonadas de carnicerías, represión, violaciones de lo que –apenas hace un par de siglos– consideramos derechos humanos y que, aún hoy, apenas respetamos. Las religiones monoteístas, ensueño grande si los hay, han tenido y tienen sus inquisidores, torturadores y carniceros.

Al capitalismo le llevó tres siglos plantearse la democracia. Y la gran Revolución Francesa tuvo su jacobinismo, su guillotina, su Danton y su Emperador. La estadounidense toleró la esclavitud durante casi cien años (para abolirla fue necesaria una guerra civil) y la segregación racial doscientos. Aún hoy existe Guantánamo.

Se podría continuar, en el espacio y en el tiempo. Pero el introito es necesario en la conmemoración de la caída del Muro de Berlín, símbolo de la pesadilla real en que acabó convertido el que fue acaso el más bello sueño, hasta hoy, de la humanidad: la igualdad socialista. En la experiencia soviética, la “dictadura del proletariado”, erróneamente imaginada por Marx como una especie de transición jacobina, se consolidó en una casta incompetente, corrupta y cruel; el “centralismo democrático” de Lenin, en una dictadura cada día más férrea, a medida que la experiencia de socialismo sin libertad se manifestaba fatal para el desarrollo económico.
Y sin embargo, del mismo modo que las revoluciones francesa y estadounidense pusieron las bases de la democracia moderna y el respeto a los derechos humanos, la experiencia de “socialismo real” hizo que todos los países que la emprendieron ya no sean lo que eran. “Han salido al menos del feudalismo cultural, viviendo su ingreso a la modernidad detrás de un modelo de ‘socialismo’ que acabó por fracasar” (http://www.perfil.com/columnistas/Cuba-capitalista-20140419-0004.html). Todos, Rusia, China, Vietnam, son hoy democracias de fachada o dictaduras capitalistas como hay tantas. Lo que dicho sea de paso, no genera las mismas escandalizadas críticas que cuando se declaraban socialistas. Business is business, of course.

El caso de Alemania, en particular el de Berlín, es un ejemplo acabado de esos vaivenes de la historia; del cinismo con que el “mundo libre” actuó ante el nazismo y la desmemoria con que se conmemora la caída del Muro. El denostado pacto
Hitler-Stalin acabó con las esperanzas occidentales de que la Alemania nazi invadiese la
URSS en primer lugar, acabando con ella o, al menos, debilitándose mutuamente. Al cabo, los veinte millones de muertos que aportó la URSS fueron determinantes en la derrota de Hitler. Y así fue que Berlín quedó partida en dos: mitad capitalista, mitad “socialista”; en la parte soviética de una Alemania partida en dos.

Entre 1961 y 1989, ese muro infame fue violado por cuarenta mil personas, de las cuales al menos 1.300 murieron. El resto es la historia sucesiva a la implosión soviética –el socialismo sin libertad resulta una contradicción en sí misma– y la expansión planetaria capitalista.

El Muro de Berlín ha caído hace un cuarto de siglo, pero aún quedan al menos 32 muros por derribar (http://es.wikipedia.org/wiki/Muro_de_seguridad), de los cuales los de Israel en Cisjordania, Estados Unidos en la frontera con México y España en Ceuta y Melilla son los más representativos del actual estado de cosas. En todos los casos se esgrimen razonables razones de realpolitik. Todos, desde el punto de vista de la civilización, resultan tan infames como el de Berlín.
Aún falta mucho para la igualdad en libertad.

*Periodista y escritor.



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