COLUMNISTAS ÉXITO Y FRACASO DEPORTIVO

La calesita

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Los campeonatos morales no se ven, se entienden a la distancia, retrospectivamente.Pero, ojo, no es una idea que viene sola: la idea de campeonato moral es complementaria a otra –que surge en todos y cada uno de los eventos deportivos masivos, en particular los mundiales de fútbol– que es la del campeonato deportivo como representación simbólica de las potencialidades de un país.

Aunque a primera vista uno podría pensarlas como irremediablemente antitéticas –ya que la primera se sostiene sobre la base del fracaso deportivo y la segunda sobre el triunfo–, un elemento las une: son acaso dos formas de la falsa épica, porque son figuras compensatorias. Paciencia: ya veremos de qué.

Ambas ideas se complementan porque están pensando en un concepto de base nacionalista que es siniestro y pregnante. Ese concepto se reconoce en la frase populista “se juega como se vive” y da cuenta del paralelo deporte (como hecho extraordinario) y vida cotidiana (como hecho ordinario). La compensación se explica con la teoría de la frazada corta: lo que no se gana por un lado se gana por el otro. Pero sigamos.

Si realmente nos tomásemos el tiempo de pensar en estas nociones veríamos que la contradicción flagrante pondría en crisis a una u a otra idea y sería virtualmente imposible tolerar a una sobre la otra. La contradicción las anularía, justamente porque la falsa épica no tolera las contradicciones (en efecto sucede porque la falsa épica no sabe lidiar con el fracaso, sino que lo soslaya mediante figuras compensatorias).

En definitiva el fracaso y el éxito deportivo, entonces, aparecen signados por una definición apriorística. Y es que, pase lo que pase, el evento deportivo será objeto de uso, porque fue concebido políticamente de ese modo antes de los hechos.

El éxito deportivo, entonces, se manifiesta como exaltación desmedida de las capacidades y habilidades físicas (por lo general capacidades signadas por el tufillo nazi de lo innato, no por la injerencia del trabajo, del esfuerzo) que contrapesan problemas de índole estructural de cada país –que presenta un equipo en la contienda–. A su vez, el triunfo moral como ánimo fundamentalmente compensatorio, en donde el peso deportivo es sustituido por el peso de las costumbres (y cuyos argumentos estriban en las cualidades inherentes de un pueblo, como si la mismísima abstracción “pueblo” tuviera una representación uniforme, estable, monocromática). El resultado y a la vez el motor de ambas es el resentimiento, que es el móvil por excelencia que se sostiene no por mérito y búsqueda constructiva sino por reivindicación personal frente a terceros. El resentimiento, entonces, es el móvil más fuerte de la falsa épica. El fracaso, por el contrario, el móvil más liberador y constructivo de la épica verdadera.

Quizás por eso, frente a la manipulación política de ambas categorías la alternativa resistente a la perversión no venga por aislarse de los eventos deportivos, negándolos como si no tuvieran real entidad. La subversión estaría en abrazarlos deportivamente, por el costado más complejo e interesante que ofrecen, que es el de las celebraciones comunitarias sin identidad, nombre ni país. Un encuentro comunitario debería servir para eso: no para vincular individuos bajo una masa amorfa sino para presentar la posibilidad de la suspensión de las identidades nacionales, tribales, endogámicas y la celebración individual y colectiva a la vez. El cosmopolitismo y el amor a la belleza deportiva son un antídoto posible contra el monstruo argentino (nacional y popular).

Pero nuevamente es lunes. La subversión ya no existe. Argentina es campeona moral otra vez. Y la calesita recomienza.

*Guionista, crítico, docente, realizador (www.conmigonobarone.wordpress.com).



Federico Karstulovich