COLUMNISTAS PERDON Y VERDAD

La confesión

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La última obra teatral de David Mamet –The Anarchist, muy superior al docudrama sobre Phil Spector que le estrenó hace poco HBO– duró apenas diecisiete funciones. La recepción de la crítica fue tan fría que, un día después del estreno en Broadway, el teatro canceló todas las fechas sin vender. Me puse a buscar críticas, a ver qué habían visto los demás ahí que justificara semejante rechazo. No habían visto nada y habían entendido menos. Algunos incluso se jactaron de no entenderla; la reseña del Huffington Post parece escrita por Jorge Jacobson. Mis amigos occamistas (de Occam) observarán que la obra es difícil y los críticos ineptos. Pero yo que, sin exagerar, sigo creyendo en el inconsciente, me acordé de la reacción similar provocada por el texto del ex montonero Héctor Leis acerca de la necesidad del perdón y el arrepentimiento.

El anarquista del título es una mujer, Cathy, vagamente inspirada en los militantes del Weather Underground, uno de los pocos grupúsculos de izquierda que mataron gente en EE.UU. Cathy está presa y Ann –Debra Winger, cómo la quiero– es un personaje con una profesión inventada, entre jueza y oficial de libertad condicional, que va a la cárcel con la misión de establecer si Cathy se arrepiente o no de lo que hizo hace treinta años. Mamet, cuya antipatía por la izquierda es pública, recurre a un procedimiento muy inteligente para mantener la tensión: le escribe a su ex guerrillera una conversión religiosa no muy distinta de la que fue sufriendo él mismo en las últimas décadas. La persona que peor le cae termina defendiendo así las cosas en las que él cree, y uno ya no sabe qué pensar. No es sorprendente que este mecanismo haya perturbado a un progresismo formado en la convicción de que toda verdad es relativa (es decir: no existe).

Si Eddie Murphy en 48 horas era la peor pesadilla de los rednecks en el bar –“un negro con chapa”–, Leis y Mamet son la peor pesadilla del progresismo: un criminal arrepentido de verdad, denunciando tácitamente a sus pares que no se arrepienten, y un dramaturgo que se resiste a la megalomanía de suponer que la realidad psicológica que usa como herramienta de trabajo debe anular una realidad física que estaba ahí antes de que él llegara. En ambos casos, el problema se expresa en términos políticos pero es filosófico: cómo determinar la existencia de la verdad usando únicamente la interacción humana, ambigua por definición. Mamet y Leis descreen de la evidencia –saben que puede ser leída de mil maneras distintas– y apuntan a la confesión, no se conforman con menos. Pensé que esto tenía que ver con que ambos son creyentes, pero tal vez no es sólo eso.

Esta semana, el diario Clarín publicó la narración escalofriante –ignorada por el resto del mundo, incluyendo todo el espectro político local– del contador jubilado y ex montonero Federico Ramón Ibáñez, acerca de cómo la organización en la que militaba asesinó a su propia esposa, no militante, por no haber estado a la altura de lo que se esperaba de ella. En palabras que remiten inevitablemente a Leis, Ibáñez pidió perdón por sus crímenes y lamentó “la mentira y la falta de compasión de las memorias hoy vigentes en Argentina que rechazan la confesión y el perdón, que ahora parecen malas palabras”.

Entramos en una campaña electoral que, como es costumbre, va a ser larga y dolorosa. Es imposible que el estado calamitoso de nuestra democracia se deba a la casualidad: alguien se equivocó. Alguien –más de una persona– cometió, en el mejor de los casos, una serie de errores fatales que les cagaron la vida por lo menos a dos generaciones de argentinos. Y sin embargo no hay ni uno solo pidiendo disculpas. Voy a votar al primero que confiese, que nos cuente qué hizo mal y que nos pida disculpas. Y si no confiesa ninguno, no voy a poder votar a ninguno. Porque el requisito esencial para representarme es que no me mientas. O, por lo menos, que no me dé cuenta si me mentís. Como estamos hoy, se les nota demasiado.

*Escritor y cineasta.



Guillermo Raffo