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La construcción de un personaje

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En mis ratos libres me entrego a una distracción que se convirtió en una adicción. Veo series. Buenas, regulares, malas. De hecho, así como durante un largo período de mi vida leer era sobre todo releer, ahora hasta estoy dispuesto a ver de nuevo alguna que otra. Me pasó con Breaking Bad, y en la revisión, liberado esta vez del peso de la intriga, el relato se me abrió al pequeño universo de la construcción de la identidad del protagonista, el químico brillante (pero fracasado) y presunto genio de la fabricación de droga sintética, metanfetamina, Walter White. Lo interesante, siempre, es lo que bajo lo aparente de la peripecia se esconde en el corazón de los hombres (y las mujeres), y lo interesante de esa serie no es tanto cómo se las arregla una especie de Mac Gyver de la divulgación científica para escapar de la persecución de la DEA y construir un imperio ilegal bajo el pretexto de asegurar el futuro de su familia, sino cómo se las arregla el guionista para inventar un personaje que elige ocultarse bajo el apodo Heisenberg, precisamente el apellido del físico que así bautizó a su principio de incertidumbre.
Si Wikipedia no me traiciona, el principio de incertidumbre o relación de indeterminación de Heisenberg establece la imposibilidad de que determinados pares de magnitudes físicas observables y complementarias sean conocidos con precisión arbitraria: cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su cantidad de movimientos lineales, su masa y su velocidad. Este principio, enunciado por Werner Heisenberg en 1925 y aplicado a nuestro físico narco, arma un personaje impredecible y fascinante: mediocre pero genial, se desplaza por la vida con la velocidad de una partícula subatómica, sin que nunca podamos saber qué clase de tipo es. Primero protege con amor de padre a su socio idiota y luego trata de asesinarlo, acumula dinero con avidez de rico McPato para salvar de la miseria a su familia, que termina odiándolo; miente y mata por necesidad de salvación mientras fabrica la droga que calcina las neuronas de buena parte de la población del sur de los Estados Unidos. Los ejemplos narrativos de quiebra moral se aceleran con el paso del tiempo. Obra y no se preocupa por las consecuencias de sus actos, sólo le importa ocultarse y acumular en su fuga hacia la nada.
En Madame Bovary, la protagonista tarda años en aceptar la imbecilidad de su marido y, recién a partir de entonces, se lanza a cornearlo en busca del equivalente vital de sus lecturas, también imbéciles y románticas. Walter White, en cambio, sólo necesita de una mala noticia para romper con toda su vida mediocre y lanzarse a la aventura (también rutinaria) de su laboratorio clandestino. El capitalismo acelera las conciencias, las vuelve inapresables, indeterminadas.