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La conversación inadecuada

El mayor descubrimiento fue Jack Smith: sus fotografías pintadas juegan con la puesta en escena de lo espectral.

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El otro día iba por la calle practicando mi nuevo pasatiempo, escribir micro-relatos. Había pensado uno que no me parecía mal (“El enano fascista ya mide dos metros veinte”) cuando, de repente, me topé con ese editor con el que ya me había cruzado hace un año, antes en la calle Bulnes y ahora en Scalabrini Ortiz. Siempre con sus remeras de rock raídas, su look de pendeviejo insoportable, sus pelos como si no se hubiera enterado de la existencia del peine, y sobre todo su tono soberbio y casi patético; hice todo lo que pude por cruzar rápido de vereda, pero ya era tarde. El ya me estaba hablando de sus éxitos, sus logros, sus grandes ideas y sus viajes por el mundo. Puse mis ojos en infinito, y lo dejé que monologara, actividad a la que se dedica con fruición.

De fondo le escuché decir que había vuelto de Frankfurt, donde vio una muestra que le había parecido muy interesante: I Am a Problem, curada por Ersan Mondtag, en unas de las salas periféricas del Museo de Arte Moderno, cerca de Willy Brandt Platz. Mondtag  lanza, como punto de partida, una historia real de María Callas: cuando la cantante tomó, ayudada por una copa de champagne, una tenia para adelgazar (acción que dio resultado: perdió 35 kilos). De allí se dispara la metáfora del cuerpo como un territorio en disputa, una zona de molestias, de defectos, de monstruosidades. Pero en su eclecticismo, la muestra siempre se mantiene sobria, nunca avanza con un discurso prefabricado de antemano, sino que el talento de la curaduría consiste en llevar a cabo una conversación dialéctica entre las obras y el tema general. Quizás hay un Warhol de más (y también un Bettina Rheims, que cada vez se vuelve más obvia) pero el resto de las obras parecen haber estado siempre ahí, a la espera de que el curador las ponga en relación. El mayor descubrimiento fue Jack Smith: muerto de sida en Nueva York en 1989, actor y director de cine de la época del underground, sus fotografías pintadas juegan con la puesta en escena de lo espectral, un teatro de personajes cadavéricos, a mitad de camino entre el barroco y el camp. Hay también en él un gusto por las falsas  extensiones del cuerpo (disfraces, máscaras, tatuajes) que lejanamente recuerda a las obras de Rebeca Horn.  Otro punto fuerte es la instalación de Martin Honert. Nacido en 1953 en Düsseldorf, trabaja sobre sus recuerdos de infancia con un realismo que se vuelve irónico: un niño sentado a la mesa, con mantel cuadrillé, aún vacía. Ese vacío se convierte en envolvente, va más allá de la mesa y el niño. Se podría decir que la mirada de Honert transforma una escena familiar y banal en un instante de inadecuación. Es que en verdad, I Am a Problem es un recorrido por la inadecuación como verdad soterrada, como utopía última al capitalismo que todo lo absorbe. Ser inadecuado no es divertido, es triste y doloroso. Si los mamelucos naranjas de los presos de las cárceles norteamericanas hoy se venden en los negocios modernos del Soho, ¿hay algo que no pueda convertirse en moneda de cambio? La inadecuación, la sensación de que “Yo soy el problema”,  augura el desgarramiento final de algo que no permite ser reapropiado. Una subjetividad fallida, un estado alterado.

Y después el editor se fue (lo vi doblar la esquina hablando solo, mientras prendía un Gitanes sans filtre) y yo volví a lo mío, es decir a nada.