COLUMNISTAS ¿DISCRIMINACION POSITIVA?

La desgracia de ser heterosexual

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Yo sé que no está bien, que está mal visto, que es políticamente incorrecto, hasta me siento a menudo angustiado y culpable, pero tengo la desgracia de ser heterosexual. Sí, irremediablemente heterosexual. Y no puedo cambiar. Confieso que además siquiera lo intenté. ¡Es que me gustan demasiado las mujeres! ¡Me encantan! En todo sentido. ¿Padeceré alguna degeneración constitucional o habré sido mal educado?

Yo sé que ser varón es algo reprobable; implica agresividad, violencia, grosería. Es no poder desprenderse de esa maldita mentalidad de cazador, tan peligrosa, provocada sin duda por la testosterona. ¿No debería acaso limitarse su producción en los niños desde pequeños? ¿No serían así más dulces y cariñosos, menos brutales?

Lo cierto es que el progresismo nos ha enseñado en los últimos años a ejercer una vigilante y severa mirada crítica sobre nuestra deplorable condición sexual (con perdón de la palabra; debería haber escrito “género”, pero me cuesta un poco entender su significado, creo que tiene que ver con la “autopercepción”, expresión que sin embargo tampoco encuentro libre de dificultades, quizá otro efecto nocivo de la testosterona, que nubla y entorpece mi pensamiento). Según todo parece indicarlo, los varones somos responsables de haber sometido a las mujeres durante milenios, de haber perseguido y privado de todo derecho a los homosexuales y, más recientemente, a los travestis, a los transexuales y a no sé cuántos “trans” más, pues las variantes se multiplican día a día. Debemos pagar por nuestros crímenes, ¿quién lo dudaría?

Así las cosas, a nadie debería extrañar al proyecto de ley que propone otorgar un subsidio de $ 8.000 mensuales a la pléyade de aquéllos (o aquéllas, vaya a saber) cuya “autopercepción” no comulga con el “envase” que la contiene. Total, como sabemos, a partir de Descartes la identidad de la persona radica exclusivamente en la mente. El cuerpo –la naturaleza- no existe o es una construcción puramente mental. Yo soy lo que pienso o “decido” que soy. Igualmente, todo lo demás. Las cosas son lo que pienso que son, mi representación. El idealismo absoluto se ha consumado. La tecnología, puesta al servicio de tal concepción, se encargará de llevarla hasta sus últimas consecuencias.

Ahora bien, ¿qué pasa mientras tanto con quienes –por ignorancia o atraso- persistimos en nuestra heterosexualidad tradcional, seamos varones o mujeres? ¿Tendremos que aportar todavía un monto superior de impuesto al trabajo para abonar el subsidio a los privilegiados “trans”? Es el famoso tópico de la llamada “discriminación positiva”. Pero, en realidad, esto sería lo de menos. Lo preocupante es el desprestigio creciente que implica ser varón o mujer, quiero decir, entiéndase bien, asumir una orientación sexual acorde a la disposición anatómica. Porque, en verdad, los afectados no somos sólo de los varones. Recuerdo que hace pocos años atrás, la revista Viva, con motivo del día de la madre, publicó en su portada la foto de la madre ejemplar del año. Se trataba, nada más y nada menos, que de Florencia de la V… Una madre con pene. Que yo sepa, ninguna feminista, cale acotarlo, se levantó indignada contra ello.

Pero la condición del varón sigue siendo más triste, más desgraciada. Sencillamente, gracias al progresismo, es hoy un sospechoso. Se desconfía de él. Se espera de él lo peor. Cualquier conato de reacción brusca, el mínimo gesto inamistoso u hostil, una respuesta extemporánea, lo convierte inmediatamente en malhechor. ¿Deberemos renunciar a la masculinidad para recuperar algún prestigio social?

Cuando se planteó el tema del hipócritamente llamado “matrimonio igualitario” –el matrimonio es desigualitario (dispar) por naturaleza, si es que existe la naturaleza-, un grupo de amigos y colaboradores inquirimos la opinión de nuestro querido Antonio Cafiero. Con una sonrisa pícara nos contestó: “siempre que no sea obligatorio…”.

*Filósofo.



Silvio Juan Maresca