COLUMNISTAS

La era del capital

Parece que el piloto alemán que decidió suicidarse encadenando a toda la tripulación a su destino sufría desprendimiento de retina e iba a perder el trabajo. Es increíble las cosas que la gente puede hacer frente al miedo a perder el trabajo. Sin dudas, uno de los grandes miedos –junto al temor a morir, algo que sólo el yo percibe claramente– es el miedo a quedar sin empleo. El empleo del tiempo, una película francesa, también hablaba de eso: un hombre quedaba desempleado pero no se animaba a decírselo a su familia, con la que tenía un pasar burgués, y se iba una determinada cantidad de horas diciendo que trabajaba en una dependencia de, creo, las Naciones Unidas. El tipo en realidad iba a ese edificio pero para merodearlo. Nada más. Cuando su familia estaba en camino de saber la verdad, el tipo, en vez de suicidarse como el piloto alemán, decide matarlos a todos, mujer, hijos pequeños, todo. Prefirió eso antes que decirles la verdad, que era un desempleado. El novelista francés Emmanuel Carrère escribió la historia de este hombre que aún hoy está en prisión por estos crímenes. El libro se llama El adversario. Es notable. El adversario de mi viejo, durante su juventud, fue la inestabilidad laboral. Trabajó en una fábrica de muebles, como boletero en un teatro de revistas, de mozo, vendiendo enciclopedias, de payaso. ¿Qué le gustaba hacer? Le gustaba actuar, hacer teatro independiente, pero rápidamente se dio cuenta de que no tenía talento para eso. En el mundo perfecto, antes de la caída la gente tiene talento para trabajar de lo que le gusta. Pero en el mundo real eso no sucede siempre y muchas personas trabajan de lo que no les gusta, durante muchas horas, para poder desarrollar lo que les gusta durante un breve lapso. Y muchas personas no saben qué les gusta, con lo cual todo es más complicado. Mi papá me contó que estaba trabajando en una obra de teatro en la calle Corrientes. La obra se llamaba Deliciosamente amoral y él hacía de un dentista. Cuando terminó la función, salió para escuchar qué decían los espectadores mientras se iban para sus casas o para apurar una cena post teatro. Una pareja decía: “El que era muy malo era el muchacho que hacía de dentista, ¿te diste cuenta?”. No sé lo que habrá sentido mi padre cuando escuchó eso, pero cuando me lo contó, muchos años después, lo hacía con humor y todos nos matábamos de risa en la mesa familiar rememorando esa anécdota. ¿Cuándo mi viejo decidió bajarle la persiana a su vocación? ¿Qué muebles se movieron en su interior junto con esa decisión? Después llegaron los hijos y tuvo que salir a trabajar de lo que pudiera. Tuvimos una infancia austera y feliz, lo cual no es un logro menor. Pero el motor que escuchábamos, el ruido de fondo que a veces traía también la felicidad, era el ruido repetido del trabajo de mi viejo. Mi mamá se quedaba en casa con tres hijos –no estaba influenciada por Simone de Beauvoir– y mi papá procuraba el dinero para la comida, la ropa y las necesidades básicas. ¿Cómo hizo en el medio de toda esa precariedad para conseguir que tuviéramos una infancia feliz? Es el día de hoy y me sigo maravillando por su maestría para que tuviéramos todo lo que necesitábamos o para que no ambicionáramos más de lo que pudiéramos necesitar. Y cuando me tocó ser padre a mí y pude ver el lado de atrás del escenario, lo costoso que era mantener un vínculo con tu mujer y tus hijos y seguir viviendo sin perder la cabeza, me di cuenta de la proeza suprema de mis padres y –mi mamá falleció joven– se lo dije a mi viejo mientras caminábamos por una vereda tapizada con hojas de otoño. Le dije: “Papá, ahora que soy padre sé que vos fuiste un maldito genio, entiendo todo lo que sacrificaste y quiero que sepas que te amo profundamente”. Mi papá me miró y me dijo, sin cargarle muchas tintas al asunto, simplemente, “gracias, no fue nada, casi no me di cuenta”. En un momento, las amistades del ambiente artístico que mi viejo forjó en su juventud le dieron un trabajo más estable del otro lado del escenario. Y le empezó a ir bien económicamente y a los 50 años se compró una casa donde hoy vive.

fcasas