COLUMNISTAS ECONOMISTA DE LA SEMANA

La falacia del ajuste infinito y el contagio de un ‘mal’ ejemplo griego

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Antes de la crisis económica mundial que estalló con Lehman Brothers (9/2008), los Estados de la Europa del Euro tenían, en el imaginario de los europeos, el mismo estatus que los de la Unión en los EE.UU. Así me lo explicaron en 2006 cuando llegué a España y planteé mis dudas frente a qué pasaba si, por temores de algún tipo, los inversores internacionales no ingresaban a una economía como España los fondos suficientes para financiar el desequilibrio externo (el mayor déficit de cuenta corriente del mundo, luego de EE.UU.) y esto disparaba una recesión. “España es como California. El déficit externo de España es irrelevante, es como fijarse en la cuenta corriente de California, hay que mirar la del agregado de la Zona Euro, que está en equilibrio”, argumentaban.
Con la crisis de los países de la periferia europea lanzada, esta ilusión se disipó y, a lo largo de estos años, otras verdades se mostrarían ilusorias. ¿Pero cómo fue que llegamos a las puertas de Grexit, que generaría un daño tan grave al proyecto europeo?

La receta europea. Europa, liderada por Alemania, empezó en 2009 a inyectar a las economías en crisis medicina en dosis escasas y de forma tardía, y les hizo ingerir mucho del contraindicado remedio de la austeridad y del supereuro que destruía la demanda y la capacidad de competitividad de sus economías. Mientras en EE.UU., la Fed les daba préstamo directo a empresas automotrices, el tímido BCE capitaneado por
Trichet apenas se animaba, como medida audaz, a brindarles “barra libre” a los bancos para que no quiebren en momentos en que los mercados interbancarios estaban cerrados. Escasa medicina también fue el relanzamiento, en el segundo semestre de 2011, del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera sin capacidad de fuego para intervenir frente a los problemas de deuda de la periferia. Y a fin de ese año, en medio de un fuerte proceso de salida de capitales, por temor a la crisis bancaria y la ruptura del euro, con las primas de riesgo de las deudas en máximos y un proceso recesivo lanzado a toda marcha, la esperada Cumbre de Jefes de Gobierno europeos acordó lo que pareció un chiste de mal gusto: una regla fiscal con multa para los incumplidores. Remedio contraindicado.
Así se incubó el fatídico verano europeo de 2012 en el que los mercados, con nuevos récords en las primas de riesgo, creyeron que algunos Estados iban a entrar en default y salir del euro. Creyeron esto no como un plan, sino como una simple consecuencia de no poder continuar como estaban. Entonces se empieza a hablar de Grexit y del rescate europeo a España por los problemas existentes: se anuncia la estatización de Bankia, cuarto banco del sistema, el riesgo país supera por primera vez los 500 bp, el IBEX baja a niveles post Lehman y la destrucción de empleo sin freno.
Y  esta creencia del mercado era producto, también, de la imposibilidad de los europeos de acordar y poner en marcha rápidamente una agenda de reformas que completaran la institucionalidad de la unión monetaria para dejar de tener la rareza de una moneda sin estado: (i) la emisión eurobonos, (ii) una unión fiscal con un presupuesto europeo potente, (iii) un BCE prestamista de última instancia del sistema financiero y del sector público, (iv) una unión bancaria con un sistema europeo de superintendencia y de recapitalización, y (v) algún mecanismo de reestructuración de deudas soberanas. Europa creyó que todo se resolvía con un buen ajuste fiscal y astringencia monetaria.
Fue el famoso “the ECB is ready to do whatever it takes to save the euro” de julio de 2012, que expresó Mario Draghi, anunciando la compra en los mercados secundarios de deuda soberana, lo que calmó los mercados y detuvo la caída al abismo. Por primera vez, con su nuevo presidente, el BCE empezaba a ponerse a la altura de las circunstancias que terminaría de mostrar con la puesta en marcha del QE de 2014.
Pero el bálsamo que significó la amenaza de intervención del BCE se vio interrumpido, momentáneamente, por la crisis bancaria de Chipre que, como parte del rescate europeo, desencadenó, en marzo de 2013, un corralito sobre los depósitos bancarios y una quita sobre los mayores a 100 mil euros. Al afectarse a la totalidad del sistema financiero y no sólo a algunos bancos insolventes, se destruyó otra ilusión: la de que los depósitos en euros en Europa son intocables.

La crisis griega. El primer paquete de rescate a Grecia fue en el año 2010, el segundo en 2011, el tercero en 2012, el cuarto en 2012 y así llegamos a la negociación del último fin de semana, con ayudas financieras diseñadas por la troika, a cambio de ajustes, que no fueron salvavidas, sino piedras que hundieron más a la economía helena.
Nadie puede decir que los griegos no aceptaron hacer el ajuste y asumir sacrificios, así como nadie puede afirmar que ese camino condujera al bienestar. El gasto público real se redujo a un tercio, el balance fiscal ajustado cíclicamente mejoró 20% (2009/14) y la cuenta corriente del balance de pagos mejoró 16% (2008/09) a costa de una caída del PIB real de 27% desde su máximo y el incremento de la tasa de desempleo al 28% (2013) (Martin Wolf, Financial Times,16/6/15).
Las autoridades europeas no quisieron asumir que, cuando se enfrentan situaciones de deudas soberanas insostenibles, porque la economía no crece y la carga de los intereses no es asimilable ni económica ni socialmente, se deben arremeter fuertes procesos de “reestructuración” de éstas (luego de escritas estas líneas el FMI sale a avalar esta necesidad).
Las intervenciones europeas en toda la periferia se redujeron, con un enfoque erróneo, a evitar el default de la deuda pública y la ruptura de la moneda común. Esta política olvidó en su diseño los objetivos genuinos de crecimiento, productividad, empleo y, por ende, bienestar. Por eso, el problema del desempleo empeoró, en especial en los jóvenes, con consecuencias nefastas para la cohesión social y la propia gobernabilidad. Los procesos de convergencia en Europa que se habían llevado adelante desde la instauración del euro se han revertido casi por completo. Se dibujó un Norte próspero y acreedor y un Sur empobrecido y deudor, rompiéndose la ilusión de la cohesión social europea, que era  uno de los pilares fundamentales del proceso de integración.
En materia social, el ajuste en Grecia deja un saldo catastrófico: el desempleo se ha triplicado en los últimos diezños, el 26% de los que buscan trabajo no lo encuentra, el 52% de los jóvenes está en paro, el 45% de los jubilados es pobre (cobra menos de 665 euros al mes) y el 40% de los niños vive por debajo del umbral de la pobreza.
Así llegamos al corralito sobre los depósitos, el casi seguro impago de la deuda con los organismos internacionales y el referéndum del domingo en el que resolverá si aceptan o no la propuesta de la troika.
Se argumenta que Alemania brega porque Europa no ceda a una quita de la deuda griega por el temor al contagio y el relajamiento de la disciplina del ajuste que emprendió el resto de los periféricos, que pediría igual tratamiento. Se podría perfectamente aducir que el caso griego es diferente porque en estos años los ajustes sólo empeoraron las cosas y Grecia entró en situación de insolvencia.
Por cierto, si Grecia termina en Grexit, puede convertirse en ilusorio el principio en que se asienta la unión monetaria, de que el euro es un camino de ida. Este escenario tendría fuerte impacto sobre la confianza en la moneda única y el proceso de integración. La reintroducción del dracma con quitas a todos los depósitos del sistema financiero constituiría para Europa un daño perdurable de grandes dimensiones.
 En este caso, el temor alemán debería reformularse: cómo evitará Europa el contagio, si Grecia con default y “dracmatización”, luego de una caída inicial, finalmente, empieza a crecer. Y a tasas elevadas. Porque no nos olvidemos de que las devaluaciones y reducciones de deuda generan efectos impensados sobre las economías.

*Economista. Ex director de Asuntos Económicos de la Secretaría General Iberoamericana (desde París).



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