COLUMNISTAS EL DEPORTE ARGENTINO NECESITA UN HORIZONTE, COMO TIENE EL RUGBY

La falta de debate

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En buena parte del mundo desarrollado, el deporte se discute. En buena parte de ese mismo mundo, el deporte tiene políticas. Una cosa viene de la mano de la otra. Y no sólo quien le dé la espalda al asunto se queda con los pies fuera del plato: tan instalado está el asunto del debate y los programas a largo plazo, que a la enorme mayoría de las personas involucradas no se les ocurriría negarse ni a la discusión ni a la lógica de que esas políticas se modifiquen tanto como su esencia sea inmune al borrón y cuenta nueva tan frecuente en casa.
Cuando se trata de construir un deporte mejor, pesan mucho más el debate, la reflexión y el intercambio de ideas que el libre albedrío.
En la Argentina, en nuestro fútbol, justificamos todo desde una presunta libertad de pensamiento que, luego, no soportamos en ningún otro ámbito. “Cada uno es libre de jugar como quiera”, suele ser el argumento instalado desde un torpe garantismo futbolero que, de tal modo, acepta que se trate a la pelota como una piñata de cumpleaños. Y que los tobillos de los adversarios valgan menos que el huesito de la buena suerte de los pollos.
En ningún lugar del mundo está instalada una doctrina que establezca cómo se debe jugar. Pero cuando se trata de debatir el futuro –o de proteger el negocio del cual viven jugadores, cuerpos técnicos y no pocos dirigentes y periodistas–, el libre albedrío influye tanto como la pierna derecha del Beto Alonso.
Los argentinos disfrutamos de la denominada Era Pekerman. Me refiero especialmente a la de los juveniles. Si bien a José no le fue mal con la mayor, soy de los que entienden que a los grandes maestros hay que pagarles para que lo sigan siendo de por vida: nada garantiza mejor el éxito de una sociedad que tener bien formados a los chicos. En las escuelas o en las canchas; es casi lo mismo. ¿Qué quedó de esos tiempos en los que se ganaban campeonatos mundiales, premios al juego limpio y los planteles Sub 20 nutrían al seleccionado de los grandes y generaban ganancias millonarias por las ventas a Europa? Sólo para empezar, no quedaron ni rastros de los docentes de la pelota que priorizaron formar jugadores y personas mucho antes que hacer un culto del ganar como sea. No sólo no hemos ganado títulos sino que terminamos conformándonos con no quedarnos fuera de los mundiales. Y de levantar copas y festejar títulos pasamos a criar un puñado de energúmenos adolescentes que pretenden ganar con insultos en redes sociales aquello que no supieron defender con la destreza que, evidentemente, no tienen.
En ningún lugar del mundo del deporte desarrollado –el fútbol argentino lo es en lo que a materia prima se refiere– se hubiera permitido semejante fenómeno. En todo caso, vistas las consecuencias, se hubiera enjuiciado duramente a los dirigentes responsables del desquicio.
No vayan a creer que la falta de debate se circunscribe al fútbol. Para nada. La mención al respecto tiene que ver con que se trata del deporte, por lejos, más popular en nuestro país, el que más se practica y el que, absurdamente, más dinero le cuesta al Estado.
Pero, así como dentro del fútbol las excepciones a la imprevisión y la falta de análisis del fenómeno global del juego que más nos gusta son las menos, también son los menos los demás deportes que se encuadran dentro de una lógica dinámica y con- temporánea.

La mayoría de las disciplinas sin más presupuesto que los aportes estatales –o del impuesto a la telefonía celular a través del Enard– se escudan en su lógica de pocos recursos para no moverse de esos sillones a los que están atornillados sus “Grondonas”.
Es tan cierto que reciben pocos y que sus disciplinas tienen poca difusión mediática como que sus principales responsables se apoyan en esas carencias para justificar no intentar nada. O hacer las cosas mal. Apenas un ejemplo recurrente. Hasta hace algunos años, los pocos torneos internacionales de atletismo que se realizaban en nuestro país se emitían por TyC Sports, la señal deportiva de cable de mayor audiencia anual del país. Por cuestiones de negocios privados de gente cercana al deporte, se decidió transmitir esos mismos torneos a través de DeporTV en tiempos en los que la señal bajo la órbita de Educ.ar recién comenzaba en un mercado en el que aún no se instaló debidamente.
Esos mismos torneos terminaron, a veces, sin siquiera salir por tele. En ese caso, a la escasa difusión que tiene un deporte tan importante como el atletismo, se le sumó la impericia dirigencial, que empeñó el poco aire del que disponía. Desde ya, nadie dio explicaciones a nadie que las
haya pedido.
Algo más sobre el atletismo. A través del Enard, a varios de nuestros mejores exponentes se les financian los planes de preparación y competencia en el exterior. Hace pocos días, Braian Toledo me explicó que, para los torneos dentro del país, los atletas deben pagarse todos los gastos, desde traslados hasta alojamiento. A nadie se le ocurrió pensar, por ejemplo, que hay atletas que podrían necesitar de esos torneos de cabotaje para conseguir la marca que los clasifique a Río.
Es inevitable que, durante estos tiempos en los que en on, en off, a través de los grandes medios o de las redes sociales, la información tarde o temprano aterriza en oídos inquietos, lleguen hasta ustedes referencias entre bizarras, incomprensibles y dramáticas sobre las cosas que les pasan y soportan nuestros deportes y nuestros deportistas. Al fin y al cabo, es sintomático que estemos celebrando que nos levantaron una sanción que ponía en riesgo la presencia argentina en los próximos Juegos Olímpicos y que los responsables, justamente, de ponerlo todo en riesgo sigan siendo personas de influencia en nuestro deporte.

Hay mucho más que eso. Desde tramas de extorsión a atletas paralímpicos hasta abusos de diversa índole a deportistas que prefieren el silencio antes que el dolor de quedarse fuera de un equipo nacional.
La idea de que, tarde o temprano, todo esto salga a la superficie en lugar de hacerlo ahora, que es como debería ser, apunta exclusivamente a resguardar la confianza y hasta la intimidad de los involucrados. Y darles la posibilidad a los responsables con buena voluntad que también tiene nuestro deporte de que hagan algo respecto de tantos asuntos graves pendientes sobre los que seguramente deben estar al tanto.
El escenario general de nuestro deporte amerita un debate profundo. Un debate general sobre el deporte y un debate específico disciplina por disciplina. La única forma de acompañar lo inasible de un resultado es, por lo menos, determinar hacia dónde queremos ir. Con todo lo
irritante que puede ser el ejemplo, el rugby estableció un horizonte. Y no se quedó con el objetivo de una competencia. No se trató sólo de conseguir un lugar en el Rugby Championship ni de lograr la franquicia que comenzaron a honrar Los Jaguares. Para que todo eso tuviese sentido, hacía falta acompañar la ambición con contenido. Hay lugares en los que la lógica argenta del “dame lo que te pido y después vemos” no tiene lugar. (¡Qué pedirle al deporte si ésa fue la lógica hasta de un candidato a presidente!).
No es casual que, en apenas un puñado de meses de distancia, veamos una misma idea de juego –dinámica, audaz, agresiva, vistosa– en Los Pumas de Daniel Hourcade, en Argentina XV –especie de equipo en desarrollo conducido por Pablo Bouza– y en Los Jaguares de Raúl Pérez, que acaban de debutar con un triunfo casi tan histórico como alguno de los tries que se anotaron anteayer.
Podrá gustar más o menos. Podrá rendir más o menos. Pero nadie podrá discutir que existe una idea. Y que la gente que la pergeña y ejecuta está convencida de que ésa es la idea que conviene. Y que para que esa idea valga la pena, el debate en la interna debería ser constante.
En el deporte, el estado de deliberación permanente es el antídoto fundamental para la decadencia.
La mejor muestra al respecto la tenemos en el fútbol doméstico. Que en el único momento en el que delibera es en el de la rosca de los cargos.
Y el reparto de la torta.



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