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La filosofía dibujada

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Argentina nos dio respiración y literatura, filosofía y canción, en un momento decisivo de nuestras vidas, cuando la ideología (cualquier ideología) parecía una lluvia infinita, un diluvio sobre nuestras mentes. En España, además, Argentina nos dio los libros que hacían Losada o Sudamericana, que llegaban a Canarias, de donde soy, como llegaron Falú o Los Chalchaleros. Un día llegó Rayuela, a Canarias, a España, a todas partes, y muchos decidimos sumergirnos en esa atmósfera como si viviéramos en un libro y no en un país o en una casa.

Cuando llegó Mafalda, que parecía un cómic, se revolucionaron las casas y los gustos; de pronto la literatura y la filosofía se juntaban de la mano de una línea infinita manejada con el arte de un mago (un mago conduciendo a una maga, por cierto), por Quino, que sólo mucho más tarde se llamó para nosotros Joaquín Lavado. Mafalda fue ya omnipresente en los pupitres y en las oficinas, en las casas y en las mentes; como pasaba con las películas de Humphrey Bogart, nosotros salíamos de aquellos cuadernos hablando como Mafalda, diciendo las ocurrencias de Mafalda; todos queríamos ser personajes de Mafalda. Y Mafalda era única, una manera de mirar, una manera de hablar, una manera de reírse de las barbas del mundo.

Ese encuentro con Mafalda fue decisivo para nuestras vidas; las niñas comenzaron a llamarse Mafalda, las cosas que decíamos en la universidad y en el trabajo tenían que ver con los diálogos de esa heroína del sentido común, y nuestra perplejidad adolescente o juvenil ya encontró materia verbal para expresarse. Mafalda dejó de ser el título de una ficción organizada por Quino a partir de su genio para dibujar y para escribir, y empezó a ser Mafalda, sin cursiva, una persona existente; situada al otro extremo del mundo cuando nació, hizo el viaje hacia todos nosotros con la velocidad del sonido y del dibujo; no había duda: Mafalda era un ser vivo que iba a complicarnos la vida pues nos exigía estar, a diario, en la conversación con los iguales y también con los mayores, a la altura de su genio.

Mafalda era un reto, como lo habían sido algunos personajes de Julio Cortázar o como lo serían las ocurrencias de Macedonio Fernández en charla con Jorge Luis Borges. Lo que hizo Quino con su personaje, que nunca cumplirá medio siglo pues sigue fresca como al principio, fue darle la corporeidad de las ideas universales para que viajara en el tiempo sin dañarse nunca con las adherencias de la edad. Como el Quijote, Mafalda nació para estar viva siempre tal como era, hablando y riendo y preguntando, como un personaje que nacía desde dentro de nuestras imaginaciones porque era el complemento necesario para que nosotros digiriéramos mejor nuestra propensión natural a  preguntar. Ella se hizo con el control de nuestras preguntas, las condujo, las hizo naturales y sobrenaturales a la vez, las hizo el arranque del motor de la filosofía. Y cuando ya nosotros, por decirlo así, nos hicimos veteranos y pensamos que Mafalda era una hermana menor a la que podíamos dejar en casa, resultó que seguimos viviendo con Mafalda y de Mafalda, que su lógica personal había pasado a ser nuestra lógica, y que esa manera de abordar la vida y el pensamiento sobre la vida se prolongaba en nuestros amigos más jóvenes, en nuestros hijos, y luego seguía viviendo, como un barco vivo, en los senderos en los que ya discurría la vida de nuestros nietos.

Un personaje universal en el tiempo, acaso el más universal de los personajes creados en la lengua española desde que Miguel de Cervantes dio a la luz su Quijote, que era Mafalda por otros medios. Mafalda era filosofía y humor, vida cotidiana y preguntas sobre la difícil divinidad. A nadie se le ocurre pensar ahora que durante años ya no fue dibujada ni escrita por Quino, que ya el gran artista argentino se dedicó a otras cosas, mientras Mafalda seguía discurriendo a su manera por los vericuetos de nuestras vidas, de las vidas de las más diversas generaciones. Hasta que hace unas semanas, en la Feria del Libro de Buenos Aires, el propio Joaquín Lavado recordó que hacía décadas que él no levantaba el brazo para dar nuevos episodios de esa familia compleja que hubo en torno al más famoso de sus dibujos. ¿Cómo es posible, por qué creemos que Mafalda no cesó nunca de salir, con las novedades de su lenguaje? Pues ése es el milagro que Quino creó a partir de su propia ocurrencia: que Mafalda viviera siempre, diciendo siempre, como el Quijote, la última palabra, a partir de preguntas que siempre parecían las primeras preguntas, y las más necesarias o perentorias.

Ahora es el genio de Quino el que ha sido premiado con el Príncipe de Asturias, que nació en 1981 para premiar el genio universal en sus distintas facetas. Como él ha dicho, otros se lo han merecido antes, pero lo ha tenido él, y ha sido con tanto mérito que no recuerdo premio alguno que haya sido recibido, en España y fuera de aquí, con tanto rumor de aprobación, con tanta alegría. Y no sólo porque Quino se mereciera el premio Príncipe de Asturias, sino porque el premio Príncipe de Asturias un día se tenía que honrar a sí mismo premiando a Quino. Los lectores de Quino, los hermanos, los hijos, los nietos de Mafalda somos deudores de la hermosa mano que dibujó a esa habitante genial de nuestro mundo.

*Periodista y escritor español.
Adjunto a la dirección del diario El País.

 

Pepe Eliaschev no escribe esta semana su columna por razones de salud. Regresará el próximo domingo.



Juan Cruz Ruiz