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La frustración

La confrontación literaria entre Arlt y Borges es un capítulo fundante, falso pero tentador, de nuestra existencia en el globo.

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La confrontación literaria entre Arlt y Borges es un capítulo fundante, falso pero tentador, de nuestra existencia en el globo. No sabremos nunca cuánto gravitaba en ellos el peso de sus opuestos supuestos. Quizás no gravitara nada en Borges y sí un montón en Arlt. Tendemos a creer en la versión según la cual Arlt padecía estar a las sombras de un sistema literario oligárquico y dominante, con aires de academicismo, y que de ello surgió su pluma filosa, resentida, frustrada.

Este es el año teatral para reinventar a Arlt y ojalá con ello se revean nuestras simplificaciones hereditarias. Diego Velázquez acaba de dar un enorme paso adelante en este sentido con Escritor fracasado, dirigida por Marilú Marini en el Cervantes. Lo que allí sucede, con la apariencia de una simpleza aplastante, es además ejemplar: del relato adaptado de Arlt surge un teatro de una vigencia abrumadora, una sonda en las carnes dolientes de un tabú: el fracaso. La desgracia que sigue al fracaso. El resentimiento que envenena los intentos de salir del fracaso. Bien lejos del rictus existencialista (algo siempre vetusto en el teatro) Marini y Velázquez optan por la experiencia realmente existencial: en toda la oscuridad de lo dicho hay luz esplendorosa, una suerte de salida del callejón arltiano. La celebración de la lucidez amplía las fronteras del tema.

Siempre he pensado que Borges escribía con sustantivos como si nadie los hubiera puesto allí y que en cambio Arlt remarcaba con adjetivos lo mismo que él quería decir sobre las cosas. Quizás lo sigo pensando. Pero la experiencia de ver a Arlt en el cuerpo de Velázquez nos enfrenta al resucitado como si fuera nuestro más vivo contemporáneo. Y no se trata sólo de las maravillas de la puesta (que incluyen una coplilla al estilo Alejandro Lerner de los más oscuros pensamientos de Erdosain) sino –sobre todo– del mérito más grande que se le puede exprimir al teatro: darles vida real, vida verdadera, a un puñado de ideas explosivas.