COLUMNISTAS ASUNTOS INTERNOS

La gente no sabe lo que dice

PERFIL COMPLETO

En mi calidad de antropólogo social, que es lo que en definitiva somos los periodistas culturales, voy a contar una historia que tiene como propósito que los medios gráficos y televisivos dejen de preguntarle cosas a la gente de la calle, porque sencillamente la gente suele hablar aunque no sepa.
Iba yo caminando por la avenida Pueyrredón en dirección a Corrientes, pensando en nada, como suelo hacer cuando la vida me sonríe, cosa que últimamente no ocurre muy a menudo. Eran las tres de la tarde, de modo que el torrente de transeúntes era denso y caótico, pero a pesar de mi afición a estar solo me sentía feliz y bien acompañado (nadie está mejor acompañado que aquel que anda solo y a quien todos ignoran). Había sol y hacía frío, de modo que andábamos más torpes que de costumbre, pero algo reconfortados porque poco a poco, con el caminar y el ajetreo callejero, nos íbamos desentumeciendo. En la esquina de Pueyrredón y Corrientes me quedé esperando que la luz verde me habilitara a cruzar, cosa que ocurrió un minuto después. Así que avancé, evitando chocar con la gente que venía en sentido contrario, con aspecto de ser mucho menos felices que yo, y cuando estaba a pocos metros de alcanzar la vereda opuesta, algo pasó. Lo primero que percibí fue el ruido, pero casi al mismo tiempo pude ver de dónde provenía: un gato, caído quién sabe de qué piso, pero sin duda de alguno muy alto del edificio de la esquina, acababa de estamparse contra el suelo. Estamparse es una palabra bastante exacta, porque de hecho quedó aplanado, su cuerpo se extendió hasta quedar de un grosor no mayor al de mi mano. Eso ocurría a apenas un par de metros de mí, así que mientras esquivaba al gato que acababa de caer del cielo pensaba en que hubiesen bastado un par de pasos más para que el gato cayera sobre mi cabeza, y en todas esas tonterías acerca de que los gatos son capaces de sobrevivir a cualquier caída, y ese mito improbable de las siete vidas. Aunque a lo mejor eso es cierto, y ese pobre gato, que había sobrevivido siete veces, no pudo superar el octavo accidente. Me separaban de la vereda opuesta apenas cinco metros, y ya se agolpaba allí gente que prefería esperar a que el semáforo volviera a ponerse en verde, porque conociendo sus capacidades sabían que no alcanzarían la vereda de enfrente antes de que los autos volvieran a avanzar.

Todos miraban al gato estampado en la calle. Al subir a la vereda y mirar hacia atrás vi que todo seguía igual. Pero en mi camino escuché que alguien preguntaba: “¿Qué le pasó a ese gato?”. Pensé en responderle alguna ironía, tipo “Está esperando que pase el 168”, aunque preferí no decir nada y seguí mi camino. Pero antes de alejarme de la escena pude escuchar que alguien respondía a su pregunta diciendo: “Un colectivo le pasó por encima”. También pensé en retroceder y preguntarle al que había dicho eso de dónde había sacado esa idea, pero preferí seguir sabiendo algo que antes no sabía: que la gente no sabe lo que dice.



Guillermo Piro