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La gran división

Foto:Cedoc

(Fontevecchia volverá con su habitual contratapa a su regreso de China)

Una indómita división separa a quienes ganan lo suficiente para no ser considerados pobres o indigentes y el resto. Es una línea móvil: cada punto de inflación saca a miles de un lado y los deposita en el otro; los que hasta ayer podían pagarse la canasta básica de alimentos ya no pueden hacerlo; los que hasta ayer tenían lo suficiente para cubrir la canasta familiar pasan a un nivel de mera supervivencia. El hecho de que la división sea móvil afecta más a los que están abajo: harapientos o hambrientos, cuyos ingresos ascienden o descienden penosamente según los avatares inflacionarios y los aumentos periódicos de las asignaciones sociales.

Con los años, este paisaje coaguló con la dureza de lo petrificado. Allí, hombres y mujeres se defienden para sobrevivir pero han perdido la esperanza de quienes están un poco más arriba. Resisten heroicamente porque sobrevivir les toma casi todo el tiempo: para ellos es más difícil llegar al hospital y la oficina pública; o viajar hasta un trabajo donde apenas ganan la “canasta”; o, al menos, llegar a una olla popular con sus hijos; o persuadirse todos los días de que esos chicos no deben faltar a la escuela. Hay relativo acuerdo en que, como dijo Hugo Moyano, “el que vivía en la villa sigue en la villa”. Tomo la palabra “villa” como significante que designa no sólo un tipo humillante de urbanización, sino también las peores condiciones de vida: el ápice de la inseguridad, la desocupación y el trabajo precario, la falta de servicios, la contaminación, la droga más destructiva, la violencia.

Todo esto no es nuevo. La “década ganada”, si fue ganada en alguna parte, no fue victoriosa allí. Pero no voy a referirme simplemente a responsabilidades políticas compartidas desde hace años, sino al paisaje después de una batalla que no ha terminado: un planeta gélido, en cuya seca superficie lunar viven millones. Es indispensable interrumpir la repetición de una cantinela cotidiana sobre la pobreza para ponerla en un lugar absolutamente político que llame a la intervención del Estado. En ninguna parte la iniciativa de los ricos ni la buena voluntad de los generosos repararon la indigencia. Nadie entrega lo suficiente sino por una coerción pública razonada y racional, ordenada técnicamente y poco corruptible.

Cuando se adjudican responsabilidades, se habla en tiempo pasado. Aparece Menem (a quien es sencillo señalar como el responsable ideal, el enemigo ideológico favorito), el desastre en que terminó el gobierno de la Alianza y la pendiente que comenzaron a trepar Duhalde y luego Kirchner. Pero los millones de pobres obligan a hablar en tiempo presente. En los últimos años, la tendencia a autocelebrarse en continuado hizo que la Presidenta los maquillara o fingiera que habían dejado de existir a pocos cientos de metros de la Casa de Gobierno. Todo este desastre social pasó a ser el coro de figurantes de la década ganada, sus hipotéticos beneficiarios.

Este triunfalismo carece de medida y pasa por alto lo que el mismo Gobierno sabe. Ocuparse del futuro, como dicen algunos políticos demasiado optimistas, implica que el futuro será un tiempo incondicionado. Tal milagro no existe. Hablar del futuro no quiere decir nada si no hablamos del presente, que es el fundamento desde donde partirá aquello que por convención llamamos futuro.

Millones viven en lo que Walter Benjamin denominó “estado de emergencia”. Para ellos el “estado de emergencia” no es la excepción sino la regla. La política debe hacer un acto de imaginación: imaginar la “villa miseria”, no sólo como fuente de conflictos. “Veinte desalojados cortan la autopista”, exclaman los medios que focalizan sobre los inconvenientes cotidianos de miles de usuarios y no de un puñado de miserables que tienen muy poco para perder. La desproporción en el perjuicio que molesta a unos no puede pesarse en la misma balanza que la desigualdad que muerde a los otros. Por supuesto, la sociedad no puede ordenarse si todos los días hay un piquete. Pero más grave es que la sociedad no se ordene en términos éticos cuando hay millones que no tienen ni casa ni trabajo ni nada que hacer con su tiempo, que transcurre en la desnudez de la pura necesidad (esos jóvenes “ni ni”: el tedio de la pura indigencia).

Esa es la gran división de la Argentina. La política se expresa verdaderamente no en las chicanas de kirchneristas y opositores sino con partidos y organizaciones que se hagan cargo de los abandonados y comprendan que no hay un futuro país unido bajo condiciones de exclusión. Las operaciones serán muy complejas, pero quien no quiera gobernar únicamente para los que se salvaron deberá cambiar la superficie lunar del territorio que habitan los que perdieron.

Un país injusto como el de hoy quizá sea perfectamente posible. Los hay así en América latina, y la Argentina hace rato dejó de ser una excepción. Se creyó durante demasiado tiempo que estaba blindada a los parecidos regionales. Hoy descendimos de esa ilusión. El tráfico de drogas y el blanqueo del dinero que produce comienzan en los kioscos de las villas y tienen allí sus primeras víctimas. La droga que consumen las capas medias y altas es parte de un mercado segmentado en el que la villa es el primer eslabón. La vida allí (a diferencia de lo que sucede más arriba) es precaria, un relámpago que destella y se apaga en cualquier momento.

Ese es el presente. Las huellas que dejará en el futuro esta condición verdaderamente mortal no desaparecerán de hoy para mañana. No hay borrón y cuenta nueva. No hay cuenta hacia adelante sin ajustar las cuentas hacia atrás. En primer lugar, porque hay culpas. En segundo lugar, porque hay vidas que hoy parecen condenadas a perderse. La gran división pasa entre los condenados y los salvados.


Beatriz Sarlo


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