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La gran Menem

Los movimientos del oficialismo en el acto encabezado por Máximo Kirchner son un calco de la jugada menemista de los años 90 para forzar una reforma constitucional. 

Lula ya juró
Lula ya juró Foto:Afp

¿Crisis terminal de creatividad? ¿Una mediocridad instalada que no podemos revertir? Son interrogantes relativamente razonables para pensar en profundidad las proyecciones de lo que sucedió este fin de semana en el acto público de La Cámpora. La aparición de Máximo Kirchner es un elemento positivo desde el punto de vista de que incorpora al juego mediático a un personaje que mientras permanecía en una suerte de clandestinidad patagónica, a salvo del debate y del cuestionamiento.

Pero cuando las cosas cambian es cuando uno se fija y se detiene en advertir las características de la erupción de Máximo Kirchner. En verdad, la crisis de creatividad y la mediocridad son tan grandes que acaban de poner en circulación exactamente el mismo dispositivo que sobre finales de su segundo mandato intentó promulgar el entonces presidente Carlos Menem.

La actual presidente, Cristina Fernández de Kirchner, fue convencional constituyente junto a su marido y es una de las responsables de la Constitución Nacional promulgada en 1994. Esa Constitución redujo el mandato presidencial de seis cuatro años, pero con la posibilidad de una sola reelección. Eso le permite gobernar durante ocho años, mientras que Carlos Menem, que llegó a la presidencia bajo la vigencia de la Constitución de 1853 - gobernó diez años y medio.

¿Cómo es posible que una convencional que estampó su firma y pronunció discursos precisamente en pro de la reforma de aquel texto constitucional y que sabe mejor que nadie que su mandato vence irreversiblemente el 10 de diciembre de 2015? Esto es en serio irreversible, para tomarme de la frase de La Cámpora. ¿Cómo es posible que la misma convencional constituyente que dijo convencida de que un presidente no debe prolongarse por más de ocho años en el poder, haya puesto en circulación este dispositivo, instrumentado en Máximo Kirchner, según el cual la oposición tendría miedo a competir contra ella, si ella no puede competir? ¿Estamos en presencia de una proscripción? En verdad esto señala la debilidad orgánica profunda y alarmante del oficialismo.

Aun cuando por lo menos son más de cinco los precandidatos presidenciales que pujan por el espacio oficial, desde la Casa Rosada, desde la residencia de Olivos o desde el búnker de El Calafate, nadie tiene confianza en ningún heredero. Efectivamente, el proyecto kirchnerista era un proyecto conyugal: implicaba la presencia del apellido. De otra manera no se entiende como los cuarenta mil participantes del acto de La Cámpora vitorearon a Máximo Kirchner, en el que ven méritos o virtudes que el resto de los mortales no terminamos de ver.

¿Tuvo alguna experiencia de gestión? ¿Escribió algo significativo? ¿Es responsable de alguna intervención real en la sociedad civil santacruceña que ameriten distinguirlo como un personaje que amerite expectativas? El único mérito de Máximo Kirchner es ser el hijo primogénito de sus padres, lo cual políticamente no tiene peso específico, ni mueve el amperímetro. Es la ratificación de una prosapia familiar que se encierra en sí misma como un círculo vicioso. El marido y la esposa; el hijo que habla del padre, y que parece situar todas las bendiciones del tiempo y de la Argentina actual en lo que hizo o dejó de hacer su padre. 

El Gobierno no exhibe fortaleza, sino debilidad. Sin duda que desde el punto de vista formal  las autoridades y en particular la señora de Kirchner saben perfectamente bien que insistir en una re reelección implicaría una reforma constitucional que con la derrota electoral del oficialismo el año pasado ya se ha demostrado literalmente inviable, imposible, inaceptable, inconcebible y en consecuencia no se va a dar.

Sin reforma constitucional, para la que no hay la mayoría que estipula la Constitución, en ninguna de ambas cámaras, no hay posibilidad de revertir o deshacer esa cláusula de 1994, una cláusula sabia que permitía continuidad; al estilo norteamericano. Los Estados Unidos también tienen mandatos presidenciales de cuatro años con opción a un segundo mandato. Pero cuando se retiran los presidentes –los casos más recientes son los de Bill Clinton y George W. Bush- quedan completamente alejados y distanciados de la actividad política. Sus partidos los consagran como figuras expectantes pero del pasado. Indudablemente que Clinton, como George W. Bush son personajes de peso específico so histórico para demócratas y republicanos. Pero no pueden regresar al poder. Las normas están para ser cumplidas.

En Argentina, la mediocridad y esa crisis de creatividad abismal que padecemos, nos lleva a esto que está sucediendo. Porque lo que los Kirchner están haciendo con la amenaza de que quien no quiere competir con Cristina está proscribiéndola, es exactamente un calco de lo que sucedió con Menem. Porque Menem estaba a cinco años de la reforma, que él había impulsado, para, entre otras cosas, obtener la reelección. El radicalismo, en la figura de Raúl Alfonsín, en condición minoritaria y ante el temor de que una reforma hecha solamente por el menemismo terminara por deshacer todo el edificio institucional argentino, aceptó un núcleo de coincidencias básicas admitiendo la reelección, pero reduciendo de seis a cuatro el mandato presidencial. Esa fue una medida sabia, porque permite continuidad sin perpetuación.

Los Kirchner están gobernando hace once años y medio, y ahora, ante la evidencia de que la prosapia familiar ya no tiene cómo seguir preservándose, aparece “la gran Menem”, que es lo que está sucediendo: la reiteración, punto por punto y letra por letra, de lo que hizo otra expresión del peronismo, el menemismo. Este domingo 13 de septiembre en el diario gubernamental Página /12, su columnista estrella, Horacio Verbitsky, sostiene que en 1991 gobernaba el neoliberalismo, y en 1975 no gobernaba el Partido Justicialista, sino a Triple A. Tengo malas noticias para el diario gubernamental: en 1975 gobernaba el peronismo, y en 1991 también gobernaba el peronismo. Hoy,  2014, también gobierna el peronismo: el peronismo kirchnerista. Acá reside la identidad profunda, el dato genético “irreversible” en serio: en los tres casos, la misma sed, la misma codicia de preservación del poder.

Cuando el hijo de Néstor y Cristina sale a decir que la oposición no quiere competir porque perdería, violenta gravemente la realidad, y aplica un criterio profunda y verdaderamente destituyente en la ya de por sí muy débil democracia argentina.

(*) Emitido en Radio Mitre, el lunes 15 de septiembre de 2014. 



Pepe Eliaschev