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La gran migración

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En los cines ya no queda sino olor a pochoclo rancio o, en el mejor de los casos, la pesadumbre del “cine independiente”. Todo lo demás está ya en la televisión (en sus antiguos o sus nuevos formatos). Jupiter Ascending (2015), la última película de la marca The Wachowskis, más allá de la belleza de su diseño (que quita el aliento), no tiene ningún atractivo e, incluso, nada dice: es un film autista. Muy diferente es la serie que The Wachowskis produjeron para Netflix, Sense8, un ambicioso relato en 12 episodios alrededor de ocho personajes cuyas conciencias interconectadas entre sí intervendrán en un raro y único momento de verdad: una garchestolenda en la cual cuatro hombres (dos de ellos presumiblemente heterosexuales y dos de ellos presumiblemente homosexuales) y una mujer trans se entregan al mejor coito (colectivo) de sus vidas.

Después de su último fracaso, After Earth (2013), M. Night Shyamalan vuelve ahora con una serie extraordinaria, de la cual dirigió el piloto y produjo la totalidad de su primera temporada (diez episodios) para la cadena Fox. Wayward Pines, basada en la trilogía novelística del mismo nombre firmada por Blake Crouch y desarrollada para televisión por Chad Hodge (ex alumno de Northwestern University), recupera algo del espíritu de ese hito de la televisión que fue El prisionero (1967), con algunos toques propios de Shyamalan y, cómo no, el manejo de la información que Lost impuso y que tanto extrañábamos. Si eso no bastara, Penny Dreadful ya volvió, por todo lo alto.



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