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La gran mudanza

Estoy buscando una buena empresa de mudanzas porque quiero irme de acá. No, no de mi casa, eso jamás; no, tampoco del barrio en el que vivo desde hace muchísimos años y al que vi crecer. Ni de Rosario, que es mi ciudad. No, no. De mundo, me quiero mudar de mundo. Me llevo, claro, a mi familia, mi casa y mi barrio y mi ciudad, pero me mudo a un mundo distinto. Uno en el que ni los presidentes ni sus funcionarios se hagan millonarios; al contrario, en el que trabajen y piensen y planifiquen y pongan en acto todo aquello que pueda hacer felices a los ciudadanos. En el que la palabra “coima” no exista y los gobernantes dejen su cargo pobres… y cuando corresponda, por aquello de que la alternancia en el poder es una de las bases de la democracia. En el que todos recuerden y sigan los pasos de don Arturo Illia. En el que no haya milicos oportunistas y los uniformados sirvan para desfilar en las fechas patrias, para izar las banderas en las plazas y para ayudar a las viejitas a cruzar la calle. En el que los automovilistas respeten las reglas de tránsito y frenen cuando la antedicha viejita, le corresponda o no, baje el cordón de la vereda para cruzar. En el que las maestras sepan redactar, dar ejemplo, enseñar, educar, ayudar a los que no tienen muchas luces o tienen muchos problemas, y pongan a cada alumno la clasificación que con justicia merecen. En el que no haya guerras y los gobernantes de cada país se reúnan alrededor de una mesa y tomen té mientras arreglan los problemas que aquejan al mundo. Que deben ser pocos, porque en ese mundo deseable las religiones son todas iguales y si los nombres de Dios son distintos, eso es un detalle a olvidar. En el que tampoco haya fábricas de armas. En el que nadie degüelle a un semejante y orgullosamente lo muestre por televisión. En el que el hierro se use para la reja del arado y no para las rejas de ventanas y puertas. En el que persigamos no la riqueza sino la paz. Eso. Me mudo y chau.

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