COLUMNISTAS PALABRAS Y COSAS

La grieta sigue abierta

PERFIL COMPLETO

El fanático carece de opinión propia, repite insistente y enfáticamente un dogma masivo, al punto de parecer poseído por las consignas que vocifera. No quedan en él atisbos de pensamiento crítico, no razona por sí mismo. Así lo definió en Psicoterapia y existencialismo Víktor Frankl (1905-1997), el gran psiquiatra y pensador humanista fundador de la logoterapia (psicoterapia basada en la búsqueda del sentido existencial). No lo hizo en vano. Frankl pasó cuatro años en diversos campos de concentración y perdió en esos centros de exterminio a toda su familia. Según Juan Corominas en su imprescindible Diccionario de la lengua castellana, la palabra fanático deviene del latín fanaticus, que describía a los guardianes de los templos de las diosas Belona, Cibeles y otras. Se trataba de individuos, dice en ese diccionario, “inspirados, exaltados, frenéticos” que “se entregaban a violentas manifestaciones religiosas”.

Las palabras no son inocuas ni neutras, el lenguaje carga historia y razones, por eso exige responsabilidad. Declararse fanático es exponer una actitud, una conducta, una disposición. No hay nada liviano en ello.  Así sea en la política, como en el deporte, el arte, la moda o incluso la gastronomía. Ni hablar de la religión, por supuesto. Y la cosa empeora cuando se suma la palabra “militancia”. También ésta proviene del latín, de militaris, o referente a ejércitos y soldados. Cuando los soldados eran numerosos se los llamaba milities (miles). Militante es, entonces, quien forma parte de una estructura jerárquica, rígida, en la cual las órdenes se cumplen y no se discuten. Es decir, en donde no hay espacio para la duda, la reflexión, el discernimiento, la evaluación, la argumentación. Cuando se milita no se piensa, se obedece. La duda es la jactancia de los intelectuales, dijo fanáticamente un militar de este país.

El punto en el que convergen el fanatismo y la militancia marca el lugar exacto en donde la realidad pierde su rica policromía, se niega la diversidad, lo distinto se torna peligroso o sospechoso. El otro debe usar el mismo uniforme y obedecer a las mismas consignas o se convierte en enemigo. Y al enemigo ni justicia, dijo otro militar de este país.
La historia argentina ha sido un terreno fértil para la siembra de fanatismos y militancias. Y la cosecha de esa siembra fue siempre trágica. Se lo suele justificar o se lo pretende embellecer llamándolo “pasión”, “orgullo”, “memoria”, “patria”, y hasta se procura disimularlo bajo eufemismos como “pueblo” o “derechos” (con lo cual a menudo se vacía de significado a este último vocablo). Sin embargo, la palabra que con más acierto define esa mezcla tóxica es intolerancia.

En la breve y cruenta historia nacional, fanatismos y militancias produjeron una suerte de falla geológica que periódicamente provocó sismos sociales de variada intensidad. En la última década (perdida en tantos aspectos) la falla se hizo grieta. Y aunque con apreciable voluntarismo haya quienes se apresuren a darla por cerrada gracias a un cambio de gobierno, la grieta está abierta. Quizás porque no se debe sólo a discordancias políticas o ideológicas, sino porque, en el fondo, es una grieta moral. Una profunda zanja que separa lo admisible de lo inadmisible, que pone de un lado a la justificación de cualquier medio en nombre de los fines y del otro a la convicción de que, como quería Albert Camus (ese gran hombre moral, autor de El extranjero, El mito de Sísifo, El hombre rebelde), son los medios los que deben honrar al fin. La grieta sigue abierta, la intolerancia flota en el ambiente (nunca se ha disipado en décadas) y, más allá de miradas partidarias, de colores, de banderas, de camisetas o de lo que fuera hay una decisión moral que cada quien debe tomar. Una decisión personal e intransferible, como es siempre la responsabilidad por los propios actos, palabras y conductas. La decisión de pensar por cuenta propia y actuar en consecuencia, esto es con pensamiento crítico, plástico, abierto, productor de argumentos y razones sostenidas en evidencias y no en creencias. O la decisión de despreciar esa maravillosa posibilidad y cobijarse en la oscura seguridad que brindan el fanatismo y la militancia, sean los que fueren.

*Escritor y periodista.



Sergio Sinay