COLUMNISTAS EL MISTERIO BELSUNCE

La hipótesis secreta

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El procurador ante la Suprema Corte reclamó una “revisión amplia” en la causa por la que permanece condenado a prisión perpetua el señor Carlos Carrascosa, esposo de la occisa María Marta García Belsunce. Pasaron once años sin confirmarse un verdadero asesino, ni el posible móvil, ni el arma aparentemente primitiva, usada para matar a María Marta. El misterio se perpetua con la omertá de varios miembros de la familia procesados por encubrimiento de la justicia penal exclusivizada en la concepción tradicional, binaria, de crimen y castigo. El sinuoso proceso que partió desde el prejuicio de crimen grupal, sin considerar la posibilidad que esa castigada familia pudiera preferir arriesgar un obstinado silencio y hasta castigo penal por algo muy lejano de la voluntad de encubrir al asesino o de entorpecer la acción de la Justicia. Una inasible razón superior escapa y seguirá escapando al estrecho esquema tribunalicio condenatorio. El marido de María Marta asumió en silencio sorprendente, pero no resignado, nada menos que una condena por asesinato. Los familiares involucrados enfrentan hasta ahora con unidad y determinación su castigo judicial por encubrimiento. En tantos años de investigación no se evidenció el interés criminoso que los pudiese haber unido. Las connivencias familiares delictivas suelen tener por objetivo el reparto de alguna fortuna u otra razón concreta y vil. No es el caso.

Supongamos que la familia se haya conjurado para defender a María Marta de algún motivo de íntimo deshonor, y del consiguiente descuartizamiento mediático que permite una audiovisualidad sensacionalista ya sin límites. Todos los seres humanos tenemos una zona secreta, generalmente vergonzosa, inconfesable. A veces se trata de alguna irregularidad sexual, un pecado de conducta, un desvío de dinero, alguna transgresión o un acto penas ridículo que para ciertos seres se torna insoportable en el caso de que se descubra, mientras que otros podrían asumirlo como ser algo banal y corriente. Roberto Arlt hablaba en Los Lanzallamas del “crimen que no se puede nombrar” y que casi todos llevamos en lo profundo. Algo recóndito, mínimo a veces, pero que expuesto a los invasivos reflectores de la impudicia mediática, locuaces puede agregarle a la víctima el calvario de una segunda muerte: la del desprestigio, la del manoseo de la intimidad. Un crimen puede confesarse, una íntima debilidad, que nos parece vergonzante, lleva a algunos al borde del suicidio. Tal vez los parientes acusados de la familia Belsunce sabían o pudieron creer que el asesino pudo estar vinculado a alguno de estos aspectos privadísimos de la víctima. Encontraron el cadáver con una herida en la cabeza. Una herida localizada, disimulable, causada por disparos, descargados en un único espacio del cráneo. En la sorpresa terrible, y la lógica perplejidad ante el cuerpo sin vida, probablemente se tentaron por la posibilidad de evitar el escándalo sobre María Marta y la familia que la Justicia no podría impedir. Se decidieron posiblemente por la coartada de inhumar lo antes posible el cadáver con la explicación de un accidente mortal, antes del inexorable malón mediático. Así gestionaron la inhumación o cremación rápida con una forzada certificación médica de un “golpe accidental contra la canilla de la bañera”. Salvarían, pensaron, el honor de María Marta, de sus padres y de una familia honorable y prestigiosa. Ese móvil los llevó en el momento de shock a improvisar un relato de muerte casual. No se sintieron culpables porque no lo eran, pero se dejaron tentar por lo que les pareció simple y posible.

Los pasos imaginables pudieron ser estos:
Encuentro del cadáver con “la herida” sangrante, no muy visible, cubierta por el cabello./ Imaginaron el accidente en la bañera resbaladiza./ Luego advirtieron las heridas de bala en un lugar del cráneo./Fueron decidiendo la conveniencia ya apuntada de evitar el escándalo e intentar la certificación médica de accidente y la rápida inhumación o cremación./Atolondradamente se repartieron las tareas, arriesgando contradicciones. Pero el intento valía la pena. (A doce años del hecho la criminalidad nos acostumbró a cotidianos asesinatos impunes, en aquel momento era diferente).

No encubrieron para cubrir a un asesino o para impedir la acción de la Justicia. La eludieron por el miedo al escándalo mediático que la Justicia parece seguir creyendo un residuo no deseado de sus acciones. Es la pajamulta mediática la que termina por imponer una contramemoria, una imagen falsa, “sucia”, o parcial de una persona excelente y amada. El complot de silencio de la unánime familia, tiene su fuerza moral en esta honesta pulsión para preservar algún íntimo secreto de su ser querido.
Algo de esto debe presentir el procurador ante la Corte Suprema para solicitar “ir a fondo”. Escándalo para abogados: cuando la justicia humana, moral, afecta el rigor coherente de los renglones de códigos. Cuando se prefiere porque es incapaz de evitar el irreparable delito mediático un delito irreparable, un mal casi irreparable que se agrega ¡al mal sufrido por la victima!
El caso Belsunce “no cierra”. Mientras tanto Carrascosa se deprime en silencio, agotando su valentía. El caso suyo, su insólita condena es probablemente el precio de un fascinante acto de amor y de honor. El tema sigue vivo para los Belsunce. La Justicia no sabe del asesino, ni del móvil. Carrascosa, sobreseído en juicio oral, fue condenado en casación. Ahora un procurador importante pide profunda revisión… La hipótesis sigue en pie. El caso Belsunce no entra en la estrechez jurídica de sobreseimiento-condena. Permanece el misterio de la realidad.

*Escritor y diplomático.



Abel Posse