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La ilusion de viajar a Italia es grande

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Desde el muelle de Sopot, de los de madera, el más largo de Europa, con casi cinco cuadras sobre el mar, el Grand Hotel es, de lejos, la referencia visual más nítida de toda la bahía de Gdansk.
La fachada y el estilo exterior dejan en claro su origen de casi un siglo atrás, cuando bajo el nombre de Kasino-Hotel fue uno de los generadores de ingresos más poderosos de la región. Su primera reconstrucción se hizo poco tiempo después del Tratado de Versalles, cuando Sopot pasó a formar parte de la ciudad de Gdansk, una de las primeras víctimas de la invasión alemana. También de la contraofensiva rusa. El 2 de septiembre de 1939, Gdansk pasó a ser más Danzig que nunca, sometida por las fuerzas nazis. Y en marzo de 1945, Sopot atestiguó atónita el incendio de buena parte de las construcciones cercanas al muelle, incluido un formidable complejo termal. Jamás un respiro. Que Gdansk haya sido siempre la hermana mayor de Sopot y que Gdynia sea la tercera pata de esta Trípoli (Trojmiasto para los del lugar) no era más que una curiosidad: esta zona del norte de Polonia jamás tuvo tiempo de reconstrucción durante aquellos años.
Difícil de entender por qué el Grand Hotel, ése en el que descansó anoche la ilusión argentina de avanzar a los cuartos de final de la Copa Davis, no fue víctima de tanta violencia extranjera. Seguramente tuvo mejor suerte con el fuego ajeno que el bellísimo, emblemático y descuidado Provincial marplatense con las torpezas intencionadas de las malas administraciones regionales. No es arbitraria la referencia. Hay un cierto aroma de semejanza entre ambas construcciones; el solo hecho de imaginarse en pleno verano durmiendo en una habitación con playa propia justifica la referencia. Y el enojo con la indecencias de quienes hicieron lo que hicieron con el nuestro.
Es probable que una buena explicación para comprender por qué hoy, aun con su estilo exterior anticuado y gracias a un retoque interior bien contemporáneo sigue siendo uno de los hoteles más distinguidos del país tenga que ver con los salones de visitantes ilustres. Las fotos de Fidel Castro y de Henry Kissinger, pasando por la de Charles de Gaulle pueden explicar que cierto eclecticismo haya resultado un enorme buzo antiflama. De todos modos, quizás el dato definitivo al respecto se halle en el secreto a voces de que fue el albergue favorito de Adolf Hitler las veces que se le ocurrió acercarse al extremo sur del mar Báltico. Así como jamás se les ocurrirá sumar la foto de semejante monstruo a la galería de notables –en otro momento discutiremos a qué tipo de notables se refieren respecto de quienes sí tienen su retrato allí–, a ninguno de los empleados se les ocurriría negar que Hitler anduvo por acá.
Amante como soy de los simbolismos y los arrebatos nostálgicos, no deja de darme una impresión importante pensar que quizás haya ocupado la misma habitación que me tocó en suerte.
Vivir en una ciudad y jugar la Copa Davis en la otra no es distinto a dormir en Retiro y competir en Palermo. Por cierto, es mucho menos traumático llegar desde el hotel a la Ergo Arena, un colosal estadio cubierto multiuso que le suma a su modernidad el detalle simpático de tener una cabecera con el nombre de Sopot y la otra con el de Gdansk: la frontera imaginaria entre ambos pueblos cruza por el medio del edificio; casi como la red de tenis misma.
Aquí, una Argentina reformulada respecto del muy buen 2015 copero que edificó, tuvo en su viernes ideal la performance necesaria para sentir que un nuevo paso a cuartos de final debería producirse de modo inevitable y más temprano que tarde.
Los polacos perdieron a su mejor jugador antes del sorteo. En realidad, Jerzy Janowicz, 25 años, más de dos metros de altura, finalista en el abierto de París y semifinalista en Wimbledon, pasó por Gdansk casi sin pasar por el hotel donde viven sus compañeros. Lejos de ser una luminaria de estos tiempos –está casi fuera de los cien mejores del mundo y apenas jugó un partido oficial desde noviembre último–, de todos modos era la real carta en la que los polacos aspiraban apoyarse para acompañar a un dobles formidable que, tal como se preveía, superó en tiempo y forma al argentino en el partido de ayer.
No sólo Janowicz no jugó sino que ni siquiera se entrenó el único rato que pasó por el estadio. Aseguran por acá que el capitán polaco, algo entonado ya avanzada la noche del viernes, juró a viva voz que Polonia jamás tendrá buenas noticias en la Davis hasta que el bueno de Jerzy no desaparezca de la escena. Lo hizo en inglés, como para que los argentinos ocasionales compañeros de mesa supieran a qué se refería. Francamente, nada que nos vaya asustar. Y que no hayamos vivido en carne propia.
Aquel viernes ideal debería tener un correlato lógico para que, hoy, las cosas fluyan. Es probable que Lukas Kubot juegue uno de los singles. Quizá  sea quien reemplace a Przysiezny en el primer turno ante Leo Mayer: de poco serviría guardarse a un jugador experimentado como aquél para un quinto punto que quizá ni se juegue. Sin embargo, ni Kubot es garantía ante el correntino, ni habría mucho entusiasmo por jugar dinero a mano del debutante Hurkacz ante el debutante Pella.
Los argentinos deberían jugar realmente mal para no lograr el punto que hace falta. De todos modos, siempre es mejor ser cuidadoso cuando se trata de una competencia embrujada como la Davis.
Ni la serie está liquidada ni hay que inventarse rivales más grandes de lo que son. Esa fue la consigna del viernes y esa debe ser la consigna para hoy.
Por lo pronto, si hoy ganase Mayer alcanzaría su undécima victoria consecutiva copera sumando singles y dobles, un récord en nuestra historia que compartiría con David Nalbandian –aún está lejos de los 13 singles ganados por Guillermo Vilas entre 1973 y 1978–. Y ese dato, más que un estímulo estadístico es el reflejo de que Leo siente al de la Davis como un ambiente amigable y cómodo. Con todos sus vaivenes y hasta con la enorme tensión que mostró al final del singles del viernes, cuando estalló en llanto después de ganar su partido, el correntino tiene un poder de fuego demasiado importante para cualquiera de los tres polacos que podrían ponerle hoy enfrente. Decididamente, si la cancha es muy rápida, eso también potencia a Mayer.
Llegado el caso de tener que romper el vidrio de emergencia, quedaría a mano Guido Pella. Aun con las previsibles dudas del cierre del segundo set y algún vaivén en el tercero, el bahiense dejó en claro la impecable elección que hizo Daniel Orsanic. El tenis de Guido, que brilló en Río de Janeiro, parece haberle dado una altura de vuelo crucero más alta que el 42º lugar en el ranking que ocupa por estos días.
Inteligente, sereno, versátil y en gran condición física, Pella atraviesa el mejor momento de su carrera. Eso trajo en el raquetero a Polonia. Y eso parece más que suficiente, sea Kubot o Hurkacz a quien le pongan enfrente. Mencioné a Kubot como posible rival de los dos argentinos. A los polacos les quedó, en el mejor de los casos, una manta corta.
Mención final para el dobles. La derrota fue clara y dolió. Especialmente a Renzo Olivo, quien habrá pasado una noche triste en medio de una semana feliz. El rosarino perdió dos veces el saque y evidentemente sintió alguna responsabilidad al respecto. Como Pella, él también atraviesa el mejor momento de su carrera. Y si bien le tocó debutar en dobles, lo suyo será seguramente el singles. Tal vez hoy mismo, si la serie se definiese temprano. Es razonable que se amargue. Pero tiene por delante muchas más buenas que malas. A su lado estuvo Charly Berlocq, cuya inactividad de varios meses no se notó. Jugó un buen partido y, en general, la culpa del resultado la tuvo la jerarquía de Matkowski, cuyas finales oficiales en dobles probablemente sumen las de todo el tenis argentino desde Vilas para acá. Una bestia cuyos más de cuatrocientos triunfos en dobles obliga a que se lo valore mucho más por su talento que por su vientre algo prominente.
Veremos. La ilusión de viajar a Italia en julio es grande. Para entonces, quizás hasta se pueda contar con Del Potro o Mónaco. O con estos mismos chicos potenciados. O con Delbonis. O Schwartzman.
Tiempo al tiempo.
Y hagamos fuerza para que no haya fantasmas rondando el estadio. Ni por mi habitación del Grand Hotel. No creo que sea casual que me esté costando tanto dormir desde que llegué a Sopot, hace tres mediodías.

* Desde Gdansk.



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