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La ilusión del centro

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A veces se dan raras circunstancias que nos hacen pensar que todavía el mundo puede tener un centro y que participamos, de diferente modo, de sus incandescencias. Este fin de semana el centro del mundo parecía Berlín. Yo había llegado a esa ciudad que amo y temo al mismo tiempo para una reunión en el Ibero Amerikanisches Institut de la cual dependían diez años de trabajo.
 
Al mismo tiempo que yo, Alan Pauls organizaba, con la complicidad de Silvia Fehrmann, una semana de cine argentino en la Haus der Kulturen der Welt. Mariano Llinás, Martín Rejtman y la enorme Albertina Carri formaban parte de la comitiva.

Desde otras latitudes llegaron Alejandro Ros y Maitena, quienes vinieron a participar de la edición 2015 de Folsom, el Festival Leather callejero que trastorna los sentidos y el sentido del decoro berlinés.

La semana de cine se abrió el miércoles pasado con Jauja, la última película de Lisandro Alonso, que no me resulta simpática pero que Alan Pauls pensaba que era tal vez demasiado radical para inaugurar un evento de este tipo. Antes, Silvia Fehrmann había hilvanado con exquisitez las palabras justas (del castellano y el alemán) que permitían hermanar dos ciudades, Berlín y Buenos Aires, y las culturas que esas metrópolis representan.

Después, la programación se sucedió a un ritmo de vértigo en la misma sala en la que yo alguna vez cubrí una Berlinale, lo que me trajo recuerdos de otros tiempos, cuando Berlín no estaba tan llena de argentinos. El viernes, después de la proyección de Los rubios, algunos de los que integrábamos esa Internacional Argentina sin proyecto político nos fuimos a comer algo y a comentar las novedades últimas sobre la situación de los refugiados sirios. Eramos, una vez más, como niños que jugábamos a reinventar la Argentina y trazábamos, sin comprenderlo bien, un diagrama que en algún sentido desmentía la ilusión de centro que nos había dominado y nos arrojaba a una excentricidad de-susada en Berlín: el barroco y su doble centro, su excentricidad, su descentramiento.

Albertina (cuyas extraordinarias instalaciones venía yo de ver en el Parque de la Memoria) era el centro solar de esa rara coincidencia de argentinos, la luz belicosa y, al mismo tiempo, suave que atravesaba los nubarrones berlineses. Rafael Spregelburd, quien no estaba en Berlín, fue el centro ausente. El mundo y la vida, nos dimos cuenta, seguían en otra parte.



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