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La Ilustración, con tres siglos de retardo

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Como es sabido, la Península Ibérica fue la única región de Europa occidental que escapó a los grandes movimientos de ideas, sentimientos e instituciones que forjaron la modernidad: el Renacimiento, la Reforma Religiosa, la Revolución Científica y la Ilustración.
En pleno siglo XVIII, España gastaba más en censurar los libros de los ilustrados que en poner al día los cerebros de los sacerdotes que aun predicaban contra las herejías de Copérnico, Galileo, Descartes, Harvey, Vesalius, Boyle y otros gigantes modernos.
La Editorial Laetoli está llenando un gran hueco en la historia del mundo hispano al publicar muchas obras de la Ilustración, en particular su franja radical, la encabezada por los redactores de la Enciclopedia, como Diderot, Holbach, Helvétius, La Mettrie, Meslier y otros autores de miles de textos prohibidos o aun incinerados por los custodios del antiguo régimen, que muy pronto sería víctima de la invención del doctor Guillotin.   
Ese potente movimiento de nuevas ideas, que ahora atraviesa los Pirineos con casi tres siglos de retardo, fue “el que más contribuyó a conformar los valores sociales y culturales básicos de la era post cristiana,” como escribe uno de los máximos expertos en ese movimiento (Jonathan Israel, A Revolution of the Mind). El mismo agrega que ese tipo de pensamiento “también se ha convertido en la principal esperanza e inspiración de numerosos humanistas, igualitarios y defensores de los derechos humanos asediados y hostigados” en una época en que resurgen el fanatismo, la opresión y el prejuicio.    
La franja radical de la Ilustración francesa tuvo unos pocos secuaces extranjeros, como los alemanes Lessing y Heine, el holandés Anarcharsis Cloots y el americano Tom Paine. Esos pensadores radicales fueron combatidos por los moderados como Voltaire, Rousseau, Montesquieu y Turgot, así como por los ilustrados escoceses (David Hume, David Smith, y Adam Ferguson) y alemanes (Kant y el rey de Prusia Federico el Grande), todos los cuales se opusieron a los ideales democráticos de los radicales franceses. En cambio, los ilustrados científicos, como Beccaria, Buffon,
Condorcet, D’Alembert, Lambert y Lavoisier, siguieron haciendo lo que mejor sabían hacer, pero dos de ellos fueron víctimas de fanáticos
que temían a la ciencia.
Durante ese período, todo el inmenso imperio español produjo mucho oro y mucha plata, pero solamente un gran sabio: el botánico José Celestino Mutis. Y las reformas de los modernizadores del reinado de Carlos III, como Floridablanca y Jovellanos, fueron tímidas en comparación con las grandes novedades pensadas y ejecutadas por los ilustrados del otro lado de los Pirineos.
Sin embargo, ninguno de esos grandes pensadores fue del todo consecuente. Por ejemplo, Holbach tuvo la ingenuidad de dedicar su Etocracia: el gobierno fundado en la moral, a su disoluto soberano. Rousseau propuso la tesis genial de que la desigualdad es la madre de todas las lacras sociales, al tiempo que sostuvo que el “sentimiento” supera a la razón, motivo por el cual su secuaz Robespierre mandó guillotinar a Cloots por criticar el intuicionismo de Rousseau.
 Tanto el deísta Voltaire como el ateo Kant, que tanto hicieron por desprestigiar al dogmatismo religioso y por prestigiar la nueva física de Newton (que ninguno de los dos entendía), escribieron contra la democracia. En cambio, Goethe rechazó la revolución newtoniana pero se entusiasmó con la francesa. Las revueltas estudiantiles de la década de 1960, de Berkeley a París, y de Buenos Aires a Montreal, repetirían semejantes disonancias entre la política y la cultura.
Otro caso paradójico es el de Marx, Engels y Lenin, quienes dijeron ser herederos de los ilustrados radicales, al mismo tiempo que desdeñaron la democracia “formal” (política) y enaltecieron al diminuto Ludwig Fuerbach mientras ignoraron al gigante Holbach. Marx, desde su pináculo eurocéntrico, juzgó al visionario Simón Bolívar como a un caudillo más. Y los fundadores de la Escuela de Frankfurt, Adorno y Horkheimer, así como su secuaz Habermas, atacaron a la Ilustración creyendo que estaban a su izquierda, cuando de hecho su guiso de Freud, Hegel y Marx era
un ejemplo más de oscurantismo posmoderno.
El caso de los socialistas utópicos es más interesante y por ello menos estudiado en serio. Es verdad que Engels les dedicó todo un libro que me parece superficial y plagado de errores. Por lo pronto, ignoró a Louis Blanc, el primer teórico del cooperativismo, y calificó a Henri de Saint-Simon de socialista, cuando de hecho fue el primer tecnócrata. En efecto, Saint-Simon no propuso socializar la producción, sino racionalizarla y, lejos de acercarse a los sindicatos obreros, cultivó la amistad de potentados como el empresario de Lesseps y el financista Pereyra. Engels llamó “utópico” a Robert Owen, pese a que el principal logro de éste fue organizar empresas cooperativas tanto en el Reino Unido como en los EE.UU. de América.
Para peor, Engels no advirtió que Charles Fourier fue más estatista que socialista ya que, lejos de favorecer la emancipación por la participación popular en la administración del bien común y la autogestión de las empresas, propuso que el Estado planease en detalle e impusiese el rol de cada cual en la sociedad. Engels elogió a este precursor del totalitarismo contemporáneo y se atrevió a profetizar que su nombre sería recordado a la par que el del insigne matemático Joseph Fourier sería olvidado, cuando de hecho ocurrió justo lo contrario.  
En ninguno de esos casos de duplicidad hubo hipocresía, pero en todos ellos faltó una cosmovisión amplia, coherente, cientificista y humanista, así como una investigación rigurosa de los problemas sociales. El caso de la novelista y pseudofilósofa pop Ayn Rand fue mucho peor: difundió versiones groseras del racionalismo, el materialismo y el realismo filosóficos, al tiempo que defendió el “egoísmo racional,” que se propone maximizar tus ganancias, aunque sea a costillas de nuestro bienestar y del bien común, cuyo custodio debiera ser el Estado.
Los ilustrados inspiraron a casi todos los movimientos políticos del siglo siguiente, en particular el laicismo, el liberalismo clásico de Mill, los socialismos (el democrático y el autoritario), los anarquismos (tanto el destructivo o individualista de Proudhon como el constructivo o socialista de Bakunin), el sufragismo, el pacifismo de Kant y el abolicionismo décadas antes que reapareciese en Inglaterra.
La Ilustración también inspiró nuevas formas de convivencia, como el cooperativismo (Louis Blanc), el feminismo (Mary Wollstonecraft) y la planificación familiar, así como reformas de la educación (María Montessori), la sanidad pública, el derecho penal (John Howard) y el tratamiento de los insanos (Philippe Pinel). Mientras el famoso utilitarista Jeremy Bentham diseñaba su Panóptico para mejor vigilar a los presos, John Howard, hoy casi olvidado, proponía la humanización del brutal régimen carcelario británico.  
A tres siglos del nacimiento de la llustración, seguimos gozando de sus logros excepcionales: laicismo, debate racional, investigación y humanitarismo. Pero también seguimos sufriendo versiones empeoradas de sus adversarios: violencia, fanatismo religioso, intolerancia política, resurgimiento de la tortura, oscurantismo y falsificación de la moneda cultural (ruido en lugar de música, tachismo en lugar de pintura, etc.). Parecería que todo gran movimiento progresivo es seguido por una reacción, la que a su vez puede provocar un renacimiento. Necesitamos urgentemente una nueva Ilustración. ¿Quiénes y cuándo nos atreveremos a construirla?

 *Filósofo.



Mario Bunge