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La infancia de las mujeres

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Detesto la infancia de las mujeres. Me refiero al relato de la infancia, a la literatura hecha por mujeres que tiene como tema la propia infancia. Cada vez que abro un libro y en la primera o segunda línea leo la palabra “mamá” o “papá”, lo cierro. Creo que lo que en realidad detesto es la recurrencia sin maquillaje a las experiencias personales, algo difícil de descubrir si no se conoce al autor de un libro. Pero la recurrencia a la propia infancia es infalible, en el sentido de que las autoras piensan que su infancia es única e irrepetible, y lo que encuentro es que todas son iguales. Aquellos recuerdos que estaría dispuesto a leer son aquellos terribles, que las autoras por lo general prefieren olvidar. Lo que me parece justo y hasta saludable. Un italiano llamado Paolo Rossi escribió un libro que lleva por título El pasado, la memoria, el olvido, donde aplazaba esa idea de que recordarlo todo es bueno, y le auguraba a su nieto, a quien dedicaba el libro, que fuera capaz “de recordar y olvidar en igual medida”. De modo que no pido que la escritora se flagele echando mano a lo que preferiría olvidar, sino que simplemente apele a la imaginación y no a los recuerdos.

John Irving les recomendaba a sus alumnos que a la hora de narrar algo recurrieran a los recuerdos pero los transformaran. Por ejemplo, si lo que debían narrar era un accidente aeronáutico, apelaran a los recuerdos de un accidente automovilístico que sí habían padecido, de modo que así estarían obligados a recrear los detalles, que de otro modo serían pasados por alto. Una vez cayó en mis manos Viaje negro, de Jayne Anne Phillips, editado por Enrique Pezzoni en Sudamericana en el ’82 y traducido por Arturo Casals. Se trata de una serie de relatos violentísimos, donde el tema es la vida en los suburbios negros de las grandes ciudades vista desde la óptica de una muchacha negra, violada por su padre a los 13 años, obligada a prostituirse, etc. Pero la imagen que me había hecho de la autora (el libro no tenía su foto) difería de la imagen real, porque la que narraba era otra. Jayne Anne Phillips sigue siendo bella ahora, pero en el ’82 se parecía a Brooke Shields. No era negra, no había sido violada a los 13 años, no se había prostituido. En fin, lo suyo era escribir. A lo sumo investigar, escuchar y tomar nota, pero después se sentaba a escribir y dejaba su propia infancia de pequeñoburguesa nacida en Virginia Occidental, cuyos padres la querían y cuando volvía de la escuela la recibían con una sonrisa y a la noche le leían un cuento para que se durmiera. Estupideces que se pueden salpimentar con complejos, pero que ni siquiera así pueden terminar siendo material de escritura.

Otra escritora así fue (digo fue, no es) Susanna Tamaro. Su primer libro, un libro de relatos titulado Para una voz sola –un libro protagonizado por niños víctimas de abuso que tanto fascinó a Federico Fellini– es escalofriante. Tamaro tampoco apeló a su infancia pequeñoburguesa triestina. Tamaro y Phillips dejan los recuerdos infantiles propios donde nadie los vea, y hacen eso porque son propios y porque no le interesan a nadie.



Guillermo Piro