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La isla que fascina

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Ahora que el Reino Unido decidió volver a ser una isla (situación que nunca dejó de ser del todo así: el Reino Unido no sólo jamás adhirió al euro y al acuerdo de Schengen, sino que sobre todo no convalidó el capítulo de derechos sociales de los trabajadores, que sí validó el resto de los países de la Unión Europea), ahora, entonces, es buen momento para releer Voltaire’s Coconut or Anglomania in Europe, traducido en Anagrama como Anglomanía. Una fascinación europea, de Ian Buruma, de quien, entusiasmado por la lectura de este libro, leí varios más, todos decepcionantes. En Anglomanía..., Buruma repasa la fascinación –para usar una de las palabritas que Anagrama le inventó al título– que ejerció Inglaterra sobre una larga lista de intelectuales, artistas y políticos de Europa continental. El suyo es un libro escrito tal vez de un modo excesivamente amable, ubicado en el límite superior del periodismo cultural, pero que, no obstante esas desdichas, contiene también más de un pasaje inteligente. Voltaire, Goethe, Theodor Herzl, e incluso el propio Marx han sido alcanzados por esa veneración por lo anglosajón, que entre nosotros se abatió no sólo sobre quienes no tienen marcas inglesas en su apellido (Borges, Ocampo) sino en especial en aquellos de evidente prosapia italiana (Pezzoni, Bianco, Chitarroni).
Buruma comienza con una hipótesis sociológica: “La anglofilia florece en las ciudades portuarias y en emporios comerciales como Hamburgo, Lisboa, Milán, y las ciudades de la costa holandesa. Cuando los comerciantes se vuelven snobs, se hacen anglófilos”. Luego avanza con párrafos que pueden leerse en la estela del clásico argumento que imagina una íntima relación entre liberalismo capitalista y meritocracia social (“los comerciantes no pueden permitirse ser reaccionarios. Su snobismo es un signo de movilidad social, de aires y gracias adquiridos, no derivados de una noble cuna ni de un privilegio”), para llegar, sí, a los capítulos dedicados a las diferentes figuras admirativas de la superioridad inglesa. De entre ellos, mi favorito es el consagrado al “Shakespeare de Goethe”, aunque no puedo dejar de mencionar una frase, perfecta y genial en su síntesis antifrancesa, atribuida a Voltaire en el apartado que le es dedicado: “Amo la libertad y odio la simetría”.
Según Buruma, durante el romanticismo alemán la “shakespearemanía” fue tal “que se había convertido en un dramaturgo alemán”: “Lo más notable del culto alemán a Shakespeare es que sus practicantes estaban convencidos de que el dramaturgo inglés no sólo realzaba las posibilidades creativas de la lengua alemana, sino que también le daba mayor autenticidad”. De tal situación, Buruma extrae una conclusión no menor: “(Eso se debía) quizás a que los británicos tenían un Estado cuando los alemanes solamente tenían una lengua”.
En otro pasaje, Buruma señala al pasar “aquel pub inglés de París en el que el dandy Des Esseintes, héroe de la novela de Huysmans titulada A rebours, concluye su proyecto de viajar a Inglaterra”. Es todo lo que dice sobre Huysmans y sobre su novela, verdadera obra maestra. Una pena. Como también es una pena que yo nunca haya encontrado un libro que tanto busqué, inspirado en el de Buruma: uno sobre la francofilia de artistas y escritores ingleses. Quizás no exista. Y si existe, avísenme.

dtabarovsky