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La izquierda uniformada

Venezuela, otros regímenes y los paralelismos con Argentina.

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Nicolás Maduro, sucesor de Chávez
Nicolás Maduro, sucesor de Chávez
Es una falacia de la que muchos no pueden todavía librarse, esta manía, esta tentación diabólica, de llamar “progresismo” a lo que no es más que una reiteración de arcaicos principios y viejísimas propuestas. Hablo, puntualmente, del regocijo que causa en sectores que se proclaman defensores de la transformación social y de la igualdad, la aparición de regímenes militares que en otras épocas hubiesen sido asociados, sin ningún tipo de dudas, con todo aquello que se combatía: lo retrógrado, lo despótico, lo vertical, lo antidemocrático.

Venezuela es gobernada por un régimen claramente cívico-militar, en donde lo “cívico” es cada vez menos importante y está más devaluado, mientras que el aspecto militar es cada vez más dominante. Es claramente un régimen surgido de elecciones, que si bien fueron cuestionadas, permitieron que hubiera opciones, pero que en la lenta progresión de los años, desde la instalación de Hugo Chávez y su deriva posterior, se fue convirtiendo en un aparato que no podría sobrevivir sin el apoyo orgánico, militante y contundente de las Fuerzas Armadas.

Es un régimen que ha rebautizado todo. El nombre del país fue rebautizado: República Bolivariana de Venezuela. El nombre de las Fuerzas Armadas fue también cambiado. Ahora es Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) de la República Bolivariana de Venezuela. Esas FF. AA. venezolanas han sido obligadas a alinearse en adhesión al concepto de “patria socialista”. El reciente desfile militar, del que me hice eco extensamente aquí, exhibió una potencia militar -al menos exterior- escalofriante, e hizo recordar los legendarios desfiles militares que durante décadas hemos visto en Moscú, en Pekín, en Pyongyang y en La Habana. Es curioso e incomprensible que sectores que históricamente se denominaron de izquierda y han verbalizado una y otra vez su compromiso con sociedades nuevas, liberadas del peso opresivo del autoritarismo castrense, hayan terminado enamorados de proyectos y emprendimientos políticos que, salvo un par de diferenciaciones cosméticas, nada tienen que envidiarle a los regímenes militares que antes se denostaba de los años Setenta.

Pero esto no es un fenómeno nuevo. Quizá sea novedoso para los más jóvenes o para quienes perezosamente no hurgan en la historia. Ya en los años Sesenta hubo una izquierda en América Latina que se enamoró de los militares. Luego, acá mismo, en la Argentina de 1973, la organización Montoneros puso en práctica -nomás comenzar el gobierno de Héctor Cámpora- un proyecto de reconstrucción nacional, el Operativo Dorrego, enganchado con el Ejército. La idea de los Montoneros era trabajar de común acuerdo con esos militares, que terminaron siendo luego sus verdugos. Pero antes de los Setenta, en los Sesenta, los experimentos de Perú  y Bolivia fueron, en ese sentido, muy elocuentes. Los regímenes militares de Juan Velasco Alvarado, primero, en Perú, y del general Juan José Torres en Bolivia, demostraron que, en determinadas circunstancias, las izquierdas -incluyendo las marxistas- perfectamente podían devorarse la píldora de la revolución por la vía militar.

En definitiva, esto revela que las izquierdas, al menos en América Latina, no habían elaborado un discurso ni habían formulado un debate profundo respecto de la metodología de construcción de poder. Siempre y cuando enarbolasen las banderas y los colores que ellos preferían, poco les importaba el común denominador democrático: elecciones y soberanía popular, pero con desaparición de los dogmas y los métodos verticalistas. Por eso admiran a la Venezuela de Hugo Chávez, que no dejó de ser nunca un régimen militar. De hecho, la presencia, junto a Nicolás Maduro, de Diosdado Cabello, demuestra que el peso específico militar en Venezuela es dominante. al igual que sucede en muchas dictaduras del Medio Oriente, África y países incluso más lejanos.

Es penoso, melancólico y a la vez muy elocuente -por no decir didáctico- que estas izquierdas que decían portar un mensaje vinculado con los centenarios postulados del socialismo internacional, por definición pacifista y enemigo de las guerras imperialistas, hayan terminado admirando los lanzamisiles, el ominoso desfile castrense con “paso de ganso”, la marcialidad castrense, el lenguaje intimidatorio, la retórica beligerante; todo lo que hace a la esencia de estos regímenes que, con la excusa de la transformación social, no hacen otra cosa que consolidar en la cúspide del poder estructuras verticales de mando absoluto exactamente iguales, aunque con diferente perfume, de lo que criticaban hace 30 o 40 años.

Por eso, más que nunca, ante la falacia y la estafa del seudo “progresismo” de estos regímenes a los que se sigue llamando “progresistas”, habría que recuperar y poner en valor la idea de la democracia a secas, basada en instituciones civiles, dentro de las cuales, claro, hay que incorporar a las Fuerzas Armadas, tal como la Argentina quiso hacerlo, allá por mediados de los años Ochenta. Pero las actuales autoridades tienen otra idea. La deriva por la que optó aquí el Gobierno, con César Milani al frente del Ejército, permite deducir que en el seno del oficialismo el modelo venezolano gusta y que hasta, incluso, Cristina Kirchner siente un poco de envidia por él. 

(*) Editorial de Pepe Eliaschev en Radio Mitre.



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