COLUMNISTAS VÍCTIMAS Y GENES

La langosta egoísta

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Me compré un libro que no se me ocurre para qué puede servir, pero es lindísimo, no lo pude evitar. Se llama Branding Terror y es un compendio, lujosamente encuadernado, de organizaciones terroristas en actividad. Hay reseñas breves que explican más o menos a qué se dedica cada una. Los logos aparecen desglosados en todas sus partes, cada elemento –la hoz, la paloma, la ametralladora– impreso también por separado, especificando los colores exactos de cada bandera en códigos RGB, CMYK y Pantone. A pesar de que no incluye ningún comentario editorial, o precisamente por eso, queda en evidencia que estos grupos de interés no son muy diferentes de otros millones de grupos –el club de filatelia, la fábrica de zapatillas, la Iglesia de los Ultimos Santos de Yacyretá– que no aparecen en el libro. La única diferencia relevante es que estos matan gente.

Existen militantes a favor y en contra de cualquier cosa: la circuncisión, el hockey, la quinoa. ¿Pero quién querría militar en contra de los genes? Un montón de gente. La izquierda marxista, que los imagina portadores de un determinismo incompatible con el histórico que les gusta a ellos. La izquierda posmoderna, porque el ADN no es una construcción cultural. La derecha religiosa, que entiende que la evolución entra en conflicto con sus creencias. Y la que directamente no entiende qué es la evolución, también, por razones obvias.

El caso de David Dobbs es distinto: no está en contra de los genes como unidad determinante del proceso de selección natural, sino a favor de que lo lea mucha gente, lo cual en su rubro es prácticamente imposible. Por eso no tuvo mejor idea que extrapolar, a partir de los cambios estructurales producto de la expresión genética que comenté la semana pasada, y usarlos para decretar “la muerte del gen egoísta”. Así, textual, en el título de su nota: la famosa metáfora de Richard Dawkins no sirve más, hay que pensar otras.

El razonamiento de Dobbs es comprensible: si lo que antes se llamaba “ADN basura” –ADN que no codifica para una proteína– resultó ser casi el 95% del total, tan basura no debe ser, algo hace. Y si, como parece, cuándo y cómo se expresan estos mismos genes resulta en células distintas y hasta en organismos radicalmente distintos, entonces los genes en sí mismos no son tan importantes, y lo que te enseñan en la facultad es mentira. Esta última conclusión, perfectamente lógica, es incorrecta.

Explicar por qué es incorrecta excede las posibilidades de esta columna, incluso en mi intención explícita de que no la lea nadie. Vía Google se llega fácil a las refutaciones que Steven Pinker y el mismo Dawkins, con su habitual falta de humor y modales, le tiraron por la cabeza a Dobbs, acertando en ambos casos. El biólogo Jerry Coyne se tomó el trabajo de cuestionar punto por punto no sólo la hipótesis de Dobbs sino sus intenciones posibles, de manera igualmente convincente. Se equivocó Dobbs. Quiso ganar lectores y quedó como un boludo. Es más agradable que sus enemigos, pero ellos tienen razón.

La verdadera víctima en todo esto es el episodio de las langostas; un ejemplo extraordinario y didáctico, que podría haber disparado todo tipo de consideraciones –eso intento hacer, lentamente– sobre la función de la expresión genética, en campos inexplorados, en vez de intentar reinventar la rueda de la evolución, que más o menos ya sabíamos cómo funciona. Me animo a asegurar que para la mayoría de nosotros, que no somos biólogos, la idea de que un porcentaje importante de nuestros genes puede generar–dependiendo de circunstancias externas– cambios relativamente rápidos a nivel celular, es novedosa. Dicho así suena a que ya lo sabíamos, pero no lo estábamos teniendo en cuenta.

Comparémoslo ahora con la idea de Julian Jaynes: “Hasta hace poco ni siquiera sabíamos que nuestros pensamientos eran nuestros”. ¿No suena menos disparatada que antes? Los mismos genes, la misma especie. Pero pasó algo, que no es solamente cultural.

*Escritor y cineasta.



Guillermo Raffo