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La lección griega

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Este verano griego protagonicé una anécdota que echa luz sobre muchas de las razones de la crisis y, aún más, sobre las condiciones necesarias para el desarrollo. Entré a una sastrería en la isla de Naxos que era atendida por un matrimonio y los hijos y pedí un pantalón. El hombre, que era extraordinariamente atento, me sugirió que comprara un talle más grande porque –según dijo– su clientela, año tras año, iba necesitando un medida más: aunque no lo expresó, estaba implícito que los burgueses engordan. Pagué en efectivo con euros –en Grecia casi todo se paga en efectivo para poder evadir impuestos– y dije, en tono a todas luces jocoso: “El año que viene yo le voy a pedir un talle más y usted me va a aceptar dracmas”. El contraste entre mi expectativa de que la broma causara cierta hilaridad y el silencio áspero que sobrevino fue notorio: se miraron con resignado horror hasta que la mujer dijo con rabia: “Tal vez estaríamos mejor”.
En Grecia se mantiene una arquitectura comercial muy familiar y primitiva. Al vecino y ni hablar al extranjero se lo ve como un peligroso rival. Los negocios tienden a mantenerse pequeños, familiares y a pasar de una generación a otra, antes que evolucionar hacia las corporaciones profesionalizadas de gran escala. A la vez esa organización mínima les permite tener una doble contabilidad: una para la familia y otra para mostrar al recaudador de impuestos. La evasión es bien vista porque el Estado es percibido también como un riesgoso extraño. Tanto en la organización familiar como en la evasión anida una nota distintiva: la desconfianza hacia el otro. Esta ausencia de un mercado capitalista interesante lleva a que el Estado, corrupto y fofo, se convierta en gran proveedor de trabajo. Después de los siete años de la dictadura de los coroneles, en 1974, la democracia griega evolucionó hacia una sofisticada forma de clientelismo manejada por los dos partidos dominantes: el ND (de centroderecha) y el Pasok (de centroizquierda). La expansión abusiva del sector público, al compás del nepotismo, fue espectacular. Sectores como la enseñanza y las finanzas fueron tomados como botín de guerra por los políticos griegos.
Las exigencias de austeridad del FMI y la UE serán inútiles mientras el clientelismo siga en manos de la política y la sociedad siga sumida en una sorda desconfianza tribal en lugar de ver al otro como una oportunidad de comerciar, asociarse y arriesgar. Basta ver cómo en países como Eslovaquia, que hasta hace 25 años tenían comunismo, han entendido la globalización: usó los préstamos para infraestructura y desarrollo y hoy, con la producción automotriz per cápita más grande del mundo, se parece a Alemania. Los fondos no son infinitos: si se usan para que haya fútbol gratis, para exhibir la birome de Néstor Kirchner en la sala de un museo, para que artistas fallidos hagan películas subsidiadas o para darle trabajo a la hija de Agustín Rossi, finalmente no se usan para las obras hídricas indispensables. Que Delfina tenga su puestito lo pagan los inundados.  
Pero a su vez la Unión Europea nos da una formidable lección. Frente al despilfarro y el mal uso de los fondos que le prestaron, que se escurrieron entre corrupción y nepotismo, podrían haber pensado que los griegos eran incorregibles y echarlos del mercado común. Confiaron nuevamente. El ser humano no tiene prototipos rígidos ni hay identidades nacionales fijas. Los individuos siempre pueden desmentir sus fracasos anteriores. Para la Argentina, que se balanceó también entre dictaduras militares catoliconas y un ominoso bipartidismo populista, que parece paritariamente hundida en una larga agonía clientelar, en valijas que van y vienen con dinero espurio, en un hojaldre de crímenes mafiosos, en la desconfianza mutua y en una democracia de bajísima calidad institucional, suena la hora de la gran torsión hacia el desarrollo.

*Escritor y periodista.



Marcelo Gioffre