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La ley de la calle

El año cierra con señales confusas. Las que emite y las que debe interpretar el Gobierno.

SE DISPARA  EL DOLOR Ministro  Dujovne
SE DISPARA EL DOLOR Ministro Dujovne Foto:DIBUJO: PABLO TEMES

El sociólogo alemán Niklas Luhmann, fallecido en 1998, fue una de las voces más destacadas de las ciencias sociales del siglo XX, y su análisis de la sociedad desde la teoría de los sistemas sigue siendo un lugar de referencia y de investigación. Uno de los aportes tempranos del autor resume dos características esenciales de las sociedades modernas: la complejidad y la contingencia.

País-trampa. Ambas peculiaridades: sobran en la Argentina, que se ha transformado en una sociedad de una complejidad tan grande que no pocos piensan que se ha transformado en un país-trampa donde la queja y la insatisfacción permanente de sus habitantes es síntoma de algo (o muchas cosas) que no funciona, pero que no hay forma de acordar cómo ponerlo en funcionamiento.

El dilema no es nuevo, ya en los 70 Juan Carlos Portantiero planteaba el problema de “empate hegemónico”, definido como la situación donde cada uno de los grupos políticos y económicos que tienen relevancia social no tienen fuerza suficiente para convocar a la sociedad con cierta cohesión para proyectar un modelo que pueda atravesar generaciones, pero sí tiene capacidad y poder para vetar o destruir los proyectos de los demás grupos. En términos económicos se puede pensar en los polos industria-agro y en los términos políticos, en los proyectos liberales-conservadores versus los modelos nacionales y populares (o populista, como lo llaman sus detractores). Empate hegemónico es un gran concepto que todos los argentinos lo sufren a diario, que también en estos días se llama “grieta”. Cabe recordar que la mayor capacidad de Mauricio Macri en la campaña electoral de 2015 fue convocar a la sociedad a superar ese inmovilismo.

Por su parte, la contingencia en nuestro país es sinónimo de imprevisibilidad. Casi una forma de vivir en medio de la incertidumbre, y en parte hija del empate hegemónico, aunque generalizable a cada aspecto de la vida cotidiana. Las estrategias de supervivencia actuales en todo miembro de la sociedad minan el lazo social llegando a ver al otro como enemigo. Gran parte de esta incertidumbre se debe a las variables económicas erráticas que dan cuenta de comportamientos que la teoría económica no logra explicar, ni los dogmas aplicados a rajatabla logran domesticar. Menem creyó en los 90 haber cortado de cuajo la imprevisibilidad de la fluctuación de la moneda a través de la imposición de la convertibilidad, introduciendo (como un hechicero) la creencia colectiva de que un dólar podía cotizar a un peso. Esa ilusión fue eficiente durante una década, mientras las consecuencias se podían observar a diario con el aumento exponencial de la deuda externa, el de-sempleo y la desarticulación del sistema productivo, al tiempo que la sociedad se hallaba anestesiada por la droga del dólar barato.  

Una meta: la credibilidad. Hoy también las metas de inflación que plantea el oficialismo tienen como objetivo reducir tanto la contingencia como la complejidad, dando un punto de referencia para que el resto de las variables fluctúen. Pero, cuando las metas no se cumplen, se genera una nueva frustración que mina el principal activo que tiene cualquier programa económico: la credibilidad. Por esto es difícil de evaluar la conferencia de prensa, del último jueves del año, de un cuarteto inesperado, compuesto por el jefe de Gabinete, Marcos Peña, con los ministros de Hacienda, Nicolás Dujovne, el de Finanzas, Luis Caputo, y el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger. Los cuatro se reunieron en conferencia de prensa para dar una extraña noticia: se extendía la meta de inflación para 2018 del 10% al 15%. Imposible deducir si fue una buena o una mala noticia. Recalibrar, senderos de convergencia y otros extraños eufemismos eran presentados para comentar la nueva meta. Parecía extraño (y dio lugar a muchos rumores) que el presidente del Banco Central compartiera una mesa pública con los “políticos”. La independencia del BCRA supone ante todo que no cede ante las demandas (¿insaciables?) de “la política”. Por otra parte, el día anterior se había aprobado la Ley de Presupuesto con la hipótesis de inflación anterior.

El objetivo del aumento de la inflación esperada sería que finalmente Sturzenegger baje la tasa de interés, y de ese modo los operadores desistan de comprar Lebacs. Sin embargo, la mesa del 28 de diciembre quedó forzada. No hubo una clara explicación sobre el motivo del cambio, si existió un error de cálculo, o alguna otra razón. Por el contrario, los argumentos indicaban que las cosas marchan sobre rieles, e incluso el presidente del BC mostró en un gráfico que comparado con 2016, daba cuenta de que la inflación núcleo (otro eufemismo) se había reducido. La explicación más específica dada para exponer la novedad fue que faltó información –a causa de la pesada herencia–.

En síntesis, fue un cambio que se puede evaluar como pequeño (difícilmente se iba a cumplir con la meta anterior) pero las ondas sísmicas generadas por la decisión, y sobre todo el contexto en que se tomó, se podrán observar en los tiempos venideros.
Fin de acto. Otra de las enseñanzas de Luhmann es que la estabilidad de los sistemas sociales depende de la capacidad de adaptación entre el interior y el exterior o el adentro y el afuera. En un movimiento continuo, la política y el sistema democrático tienen (o deberían tener) la capacidad de generar las condiciones de adaptación para absorber las demandas del afuera. Si esta capacidad se limita por decisiones erróneas, la ley del adentro, la norma y finalmente la organización general de la sociedad comienzan a ceder, y el palacio, el lugar central de generación de esta organización, termina perdiendo legitimidad. Triunfa otra ley, la de la calle.

Termina 2017. Un año fuertemente electoral, donde el sistema democrático encontró su raíz en el voto popular, pero también terminó el año con las imágenes de la fuerte represión del jueves 14 de diciembre, la batalla campal del lunes siguiente y el cacerolazo de la noche. Es claro, que el cambio en la ley previsional fue el origen de toda la batahola. La represión, lejos de facilitar la adaptación, va a profundizar la distancia. Puede ser verdad que las movilizaciones fueran opositoras al Gobierno, tanto como que los cacerolazos de la noche nuclearon a muchos votantes del macrismo. En cualquier caso, son señales del afuera que deben ser al menos escuchadas y entendidas.

*Sociólogo.
(@cfdeangelis)



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