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La luz estroboscópica

No creo que haya evolución en el arte.

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No creo que haya evolución en el arte. Hay otras cosas, como arritmia, intermitencia, olvido, tradición, redescubrimiento, falsificación, copia, maravilla, solemnidad, y mientras no podamos ponerle un nombre en firme a lo que hay, el asunto seguirá siendo sensato. Pero evolución no hay. No es mejor el barroco que el neoclásico, ni el posdrama es más fino que el drama. Algunas formas concebidas colectivamente son sólo más parecidas al paisaje, pero nada más. El arte no sigue el camino de la ciencia y precisamente por ello es otra cosa, esa otra cosa necesaria que crea la alteridad y con ella la idea. Por eso estimulan tanto los diálogos sobre la vanguardia, ese vaivén tan viejo como la forma, que pretende alterar lo que ya se ha aprehendido socialmente para demostrar su trampa colectiva.

La editorial Caja Negra ha sacado un libro extraordinario, Cuaderno de los sesenta, que reúne escritos de Jonas Mekas, el ¿periodista de arte? más involucrado con la cuestión de la vanguardia en esa Nueva York que quiso reunir en Fluxus, en Pop, en Underground, en New American Cinema, a John Cage, Yoko Ono, Warhol, Burroughs, Nitsch y otros.

Elijo al azar un diálogo ejemplar. Mekas, el lituano, el hombre de ninguna parte, razona junto a Steve Durkee, como en un cadáver exquisito, un poema completado a dos veces, sobre la naturaleza de un invento novedoso: la luz estroboscópica. “Hay mucha gente que se desmotiva por el uso de las luces estroboscópicas. Quizás de aquí a cincuenta años todo el mundo viva con ellas”. (Eso no pasó). “Es difícil poder predecir estas cosas. Pero esa sensación de muerte tiene mucho que ver, ese encenderse y apagarse. De hecho, casi todas las luces eléctricas se encienden y apagan sesenta veces por segundo, así funciona la alternancia cíclica. Pero la incandescencia se produce porque el filamento en la bombilla conserva la luz para que uno no sienta la dureza de ese encendido y apagado. Hay mucha gente que se molesta por la luz estroboscópica. Algunos creen incluso que hay algo maligno en ella. ¿Cómo puede ser maligna la luz?”. La mezcla de voces de Mekas y Durkee es mía. Y la molesta luz estroboscópica es en todo caso una explicitación real de algo que es más verdadero acerca de la luz y su naturaleza que lo que percibimos de ella. Su uso molesta a la percepción porque torna las cosas intermitentes, pero la ciencia ya ha demostrado que así es la realidad, incluso a nivel subatómico. “La luz estroboscópica nos corta, nos convierte en fotogramas a razón de ocho cuadros por segundo”. ¿No es nuestra percepción psíquica de nuestro paso por el mundo más similar a una película que a otra cosa?

Psicología, ficción, filosofía y –desde ya– política se nutren de las ideas que surgen de la tensión permanente por la producción de formas. Lo bueno, lo verdadero, lo útil –todas cosas ajenas al arte– no le son nada ajenos al resto de la vida.