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La maestra quiere cumbias

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Natalia Oreiro
Natalia Oreiro Foto:Cedoc
Si bien Gilda, no me arrepiento de este amor no es una gran película, Miriam Bianchi tampoco fue una gran cantante, lo que habla de la coherencia del proyecto. Gilda era afinada, tenía una voz pequeña, una presencia escénica discreta y su éxito obedeció menos a extraordinarios méritos artísticos que a su paradójica imagen, a esa condición de outsider en el mundo de la música tropical. Gilda era la maestra jardinera que cantaba cumbias y su figura –amistosa y algo distante– generaba afecto y respeto.

Todo es menor en la historia que se cuenta en Gilda: una carrera muy corta con final trágico, una vida privada cuyos dolores se inscriben en ese gran núcleo argumental de la clase media formado por la familia y el divorcio, un retrato lavado del mundo de la música con alguna referencia a las mafias y ninguna a las drogas. Es una película esmerada, sin asperezas, sin riesgos y sin brillo como la música de Gilda, pero aceptada unánimemente por una crítica que acostumbra a ser indulgente con el cine local y, que en este caso, tiene dos alicientes para el elogio: se trata de un género hollywoodense ausente en el cine argentino de estos años y de un acercamiento respetuoso y prudente a las oscuridades suburbanas desde las rutinas de la dramaturgia nacional.

Esa modestia sin estridencias sirve como soporte del verdadero corazón de la película, que es la suplantación de la cantante por la actriz Natalia Oreiro, quien no sólo hace de Gilda, sino que canta las canciones que se escuchan en la banda de sonido. Este es un dilema crucial de los biopics de cantantes: si se utiliza la música original o si los actores la rehacen. En Ray, el protagonista Jamie Fox quería cantar los temas de Ray Charles, pero el director Taylor Hackford se opuso. Aquí, en cambio, Lorena Muñoz aceptó que Oreiro no hiciera playbacks sino que cantara y actuara como si Gilda hubiera renacido. No es nada malo ni es la primera vez que ocurre: Hugo del Carril hizo del payador Bettinotti, Enrico Caruso, Al Jolson, Billie Holiday, Elvis Presley, Loretta Lynn, Janis Joplin, Tina Turner o Frankie Valli no cantaron en sus biografías cinematográficas. Tengo la impresión, incluso, de que Oreiro baila mejor en el escenario que Gilda, aunque tal vez desafine alguna vez y no llegue a ese núcleo opaco y menos plano que creo detectar en el fondo de los temas de Miriam Bianchi.

Pero esto es sólo una especulación. Hasta que no se filme la biografía de Walter Benjamin, el filósofo no se expedirá sobre este punto particular, es decir, si un cantante tiene un aura que hace su voz irreemplazable por el actor que lo interpreta. Por ahora, el cine resulta particularmente apto para convalidar las falsificaciones. En ocasión del estreno de Walk the Line, sobre la vida de Johnny Cash, el crítico Rogert Ebert escribió que había cerrado los ojos hasta convencerse de que quien cantaba no era Joaquin Phoenix sino el propio Cash. El nieto de Hank Williams, en cambio, se quejó de que el actor Tom Hiddleston no podía cantar como su abuelo en I Saw the Light. Pero en el caso de Gilda, la falta de atención a la sustancia musical hace que no importe demasiado. En el fondo, Gilda, no me arrepiento de este amor, cuyo centro es la evocación de un nombre y un momento, bien podría ser una película muda.