COLUMNISTAS LEUCO Y EL ATENTADO EN PRIMERA PERSONA

“La más nefasta impunidad del Estado”

Con conmovedoras palabras, que se reproducen aquí en su totalidad, el columnista de PERFIL fue orador en el acto por la AMIA. Duras críticas hacia el canciller Timerman.

PERFIL COMPLETO

Hace exactamente diez años, con estas mismas lágrimas, en este mismo lugar, con esta misma impunidad y a esta misma hora, yo decía esto:
“Hoy es el aniversario de la noche más terrible y asesina que todavía oscurece nuestra mirada y nuestro futuro democrático. La noche sigue porque la investigación no tiene luz y porque los muertos no tienen paz. La noche sigue porque los muertos no tienen justicia y sus familiares siguen esperando y luchando.

Eso lo dicen las banderas negras del luto que flamean con su reclamo bíblico de juicio y castigo a los que levantaron las banderas negras del odio. Eso lo dicen quienes son capaces de salir de los números fríos y de los conceptos para meterse de lleno en las historias de vida y de muerte de la AMIA.

Hay dos historias que resumen muchas y que hoy quiero compartir con ustedes.
Una es la de Seby, como le gustaba que le dijeran a Sebastián. Tenía 5 años. Quería ser presidente para pagarle mucha plata a los jubilados. Así le dijo un día a su maestra. Era supercharlatán, pero le daba vergüenza ser abanderado.
Una vez, en el almacén, se le acercó una amiga a Rosa, su madre, y en broma comenzó a llamarlo: “Che, pibe”. Y nada. La mujer insistía y, como si nada, seguía mudo. Al tercer che, pibe, Seby reaccionó y le dijo: “Yo me llamo Sebastián. ¿Por qué me decís che, pibe? ¿Te gustaría que yo te diga che, vieja?”.

Sebastián era maravilloso como todos los chicos de cinco años. Adoraba las Tortugas ninja y andar en bici. Pero a quien más quería además de sus padres era a Lara y Pamela. Lara era su hermana, una bebita hermosa de diez meses. Pamela era la reina de la casa y también la perrita.
Un día, Sebastián preguntó:
—¿Mamá, dónde está el abuelo Julio?
— En el cielo.
—¡Ah!, igual que el abuelito José... ¿Y cuándo se van las personas al cielo?
—Y... Cuando la gente es grande, se va haciendo viejita y después el alma se sale del cuerpo y se va al cielo. Pero para irte al cielo tenés que ser muy bueno.
—Mamá, ¿vos nunca te vas a ir al cielo, no?
—No sé, Seby, cuando sea muy viejita, pero falta mucho para eso.
—¡Ah!, entonces en ese momento yo voy a estar al lado tuyo, te voy a agarrar el alma y no la voy a dejar subir al cielo y te la voy a volver a poner en el cuerpo. Así te quedás conmigo.

El lunes 18 de julio de 1994, a las 9.53 de la mañana, Sebastián caminaba por Pasteur al 600 de la mano de su madre. Iban al Hospital de Clínicas. Rosa se salvó de milagro y Sebastián murió entre los escombros. A fin de año, cuando los compañeritos de Sebastián terminaron el jardín y pasaron al preescolar, hicieron una fiesta para recibir los diplomas. También hubo un diploma para Sebastián. Al final, los chicos soltaron un globo al aire con el nombre de Sebastián, para que se fuera al cielo, con su abuelito Julio y su abuelito José.

La otra historia es la de Faivl, aunque todos le decían Pablo porque era más fácil. Tenía setenta y tres años y estaba desocupado. Faivl o Pablo había nacido en un pequeño pueblito de Polonia. Llegó a la Argentina como tantos otros a los ocho años. Hizo la primaria. Conoció gallegos, tanos, turcos, otros rusos y se hizo ciudadano argentino como tantos otros gauchos judíos.

Incorporó el mate al leikaj de miel, disfrutó tanto de los asados como de los varenikes, se leyó sus buenos libros y se dedicó a relacionarse con la gente polemizando sobre cuanta cosa existiera.
Era porfiado Faivl. Le gustaba entreverarse en las discusiones como en una lucha de ingenio. Faivl o Pablo le decía siempre a su sobrino: “Venite a tomar unos mates y vamos a pelear un poquito”.
Fue sastre como su padre y llegó a tener un taller de confecciones. Vivió tres años en Dimona en Israel y dos en Ramat Aviv. En la Guerra de los Seis Días, se ofreció como voluntario, pero no lo aceptaron. No tenía preparación militar, nunca había disparado un solo tiro. Después se volvió a la Argentina y fue empleado por mucho tiempo. Y por su edad fue descartado del trabajo como muchos argentinos. Se convirtió en un ejemplo vivo, explosivo y dramático de los tiempos que corren: era mitad jubilado y mitad desocupado.

El 18 de julio de 1994, a las 9.53, estaba en la bolsa de trabajo de la AMIA esperando su turno, esperando encontrar un empleo, y encontró
la muerte.

Unos días después, un amigo no judío de Faivl-Pablo fue a la AMIA para que le dieran una constancia de que ese nombre –Faivl– realmente existía. Quería bautizar así a su hijo recién nacido y en el Registro Civil se negaban.

Era un homenaje a ese argentino-polaco simpático y peleador. Era un homenaje a tantas charlas entre mate y leikaj de miel.

Sebastián se llamaba Sebastián Barreiro y fue el más chico de los 85 muertos. Faivl-Pablo se llamaba Faivl Dyjament y fue el más grande de los 85 muertos. La muerte no los discriminó, la bomba tampoco.

Un chico y un viejo, unidos por la muerte. Un no judío y un judío, unidos por la muerte. Uno caminaba por la vereda y el otro estaba en el corazón del edificio.

Sebastián y Faivl son dos argentinos que nos explotaron en la cara y que nos clavaron en la memoria esquirlas que todavía duran. Para recordar el dolor que no cesa. Sebastián y Faivl son las dos puntas de la vida y se encontraron en la muerte. Son mucho más que dos velas encendidas por la memoria. Son dos vidas inmoladas. Son dos almas en pena por la impunidad.

La muerte no los discriminó. Ojalá la vida tampoco los discrimine”.
Esto fue lo que dije hace exactamente diez años en este mismo lugar, con esta misma impunidad y con estas mismas lágrimas.
Hoy, a veinte años, quiero agregar solamente un par de reflexiones.

La impunidad no es producto de una tormenta o un fenómeno natural. Es la construcción más nefasta que hizo el Estado argentino en todos los pilares. En la Justicia, en el parlamento y entre ocho presidentes que pasaron y pasaron. El atentado terrorista más grave de la historia argentina y el crimen antisemita más grave ocurrido desde la Segunda Guerra Mundial nos hizo un agujero negro en el alma que hoy es imposible de llenar. Es como si 85 hermanos siguieran muriendo todos los días porque sus tumbas siguen abiertas porque no pueden descansar en paz.

Hoy, la bronca se multiplica por ese pacto nefasto, tenebroso e incomprensible que el canciller Héctor Timerman firmó con Irán. Porque es el mismo canciller que se sienta en primera fila y aplaude lo mismo que aplaude Luis D’Elía, vocero iraní, fanático antisemita y violento promotor del fusilamiento de disidentes.

Irán es un país que se enorgullece del uso bélico de la energía nuclear y que quiere borrar al estado de Israel de la faz de la tierra porque niega la existencia del holocausto, la Shoa, la degradación más grande que tuvo la humanidad que fue el nazismo y el genocidio de 6 millones de personas en los campos de concentración y las cámaras de gas.

Héctor Timerman quedará grabado en la historia como el responsable de haber sido el ejecutor, el autor material de este crimen de lesa impunidad. De esta “alta traición al pueblo hebreo y al pueblo argentino”, según las palabras de su ex amiga y ex jefa política, Elisa Carrió. Un canciller no judío no se hubiera atrevido a tanto.

Para que llorar no se vuelva una costumbre. Para que las velas alumbren la oscuridad del crimen de lesa humanidad, de los países que fomentan el terrorismo, de la conexión local, del encubrimiento de Estado. Para que nunca más.
Para que sólo pidamos la muerte de la muerte para toda la vida. Hasta que cierren las heridas que todavía están abiertas. Hasta que se cierren las tumbas. Hasta que se abra la verdad



Alfredo Leuco