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La mentira no paga

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Quien miente desde una posición de poder ejerce una forma sutil y soterrada de violencia. Violenta la verdad, violenta la dignidad de sus oyentes, violenta la confianza. Y cuando la semilla de la violencia cae en tierra fértil (como la credulidad, la obsecuencia, la conveniencia, el oportunismo, la necedad, el fanatismo, la ignorancia, la pereza mental, el simple desconocimiento o también la buena fe del oyente) germina en frutos tóxicos y peligrosos. Así ocurre con el poder de padres sobre hijos, de jefes sobre subordinados, de fuertes sobre débiles, de expertos sobre inexpertos, de gobernantes sobre gobernados. 
La mentira tuerce, oculta, deforma, deshonra. Es un modo de maltrato. Instala como norma el vale todo, anuncia que no hay más reglas de juego, que se puede apelar a lo que fuere. Y habilita así a la violencia. Tanto la violencia del que pretende seguir imponiendo la mentira a cualquier precio, como la del que se indigna al descubrirla, y al descubrirse estafado, traicionado. Si esto es así en relaciones íntimas y privadas y en ámbitos reducidos, adquiere dimensiones dramáticas y revela una peligrosa irresponsabilidad cuando se miente desde el gobierno.
    ¿Para qué mentir? El psiquiatra vienés Alfred Adler (1870-1937), que ahondó en el estudio de los efectos traumáticos del complejo de inferioridad, sostenía: “Una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa”. Hay algo en la verdad que el mentiroso no puede confrontar, algo que lo desnuda, que lo deja en evidencia, que lo amenaza. Algo que no soporta y ante lo cual carece de argumentos frente a su interlocutor. Por eso a menudo cuando alguien o algo lo ponen en evidencia, refuerza la mentira, reacciona con insultos, desenvaina la guarangada y la amenaza.
En lo que va del año se produjeron más de treinta cadenas nacionales, casi todas ellas arbitrarias y emitidas contra las prescripciones del artículo 75 de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, según el cual “el Poder Ejecutivo nacional o los poderes ejecutivos provinciales podrán, en situaciones graves, excepcionales o de trascendencia institucional, disponer la integración de la cadena de radiodifusión nacional o provincial, según el caso, que será obligatoria para todos los licenciatarios”. 
Tanto en esas cadenas, como en espasmódicas cataratas de tuits (siempre de penosa sintaxis), la falsedad apareció una y otra vez bajo distintas formas. Como estadísticas, como anuncios no cumplidos, como difamación de personas que no podían defenderse, como dislates pseudocientíficos o pseudotecnológicos, como reescritura caprichosa de la historia, como arbitrarios argumentos detectivescos, como sal sobre las heridas de enfermos, de pobres, de personas que perdieron a seres queridos en tragedias promovidas por la ineficacia, la desidia y la corrupción.
La historia reciente de la humanidad (y la más lejana también) es pródiga en ejemplos de las consecuencias virulentas, dolorosas y también sangrientas de la mentira y de la manipulación de la verdad. No se puede ni se debe jugar irresponsablemente con ella. La mentira no es gratuita ni para quien la emite ni para quien la recibe. Pero los costos no son los mismos. En el primer caso, aunque tarden, esos costos son justos y caben. En el segundo son injustos. Quien miente y miente, con la seguridad de que algo quedará, bien podría recordar aquella suerte de poema de Gandhi: “Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras./ Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos./ Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos./ Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu carácter./ Y tu carácter será tu destino”.
Y más aún debería cuidarlas cuando en el aire se respira el espeso tufo del fraude y de la violencia.

*Periodista y escritor.



Sergio Sinay