COLUMNISTAS PAIS PUJANTE

La meritocracia

Por Guido Leonardo Croxatto

Un gobierno basado en el mérito. Eso es lo que nos merecemos los argentinos. Una dirigencia formada y preparada, a la altura de los desafíos que hoy se presentan. Si queremos una nación que vuelva a formar parte del concierto de países más desarrollados del mundo, debemos tener una dirigencia que se muestre a la altura de esa ambición. Hoy no la tenemos.

Existe una sola forma de conseguir una dirigencia formada: a través de un debate público transparente, donde las carencias pero también los talentos se hagan más visibles a la ciudadanía. El debate no debe ceder su lugar al marketing político. El marketing debe ceder su lugar al debate.

La vocación de servicio es la regla política primordial. Donde esa vocación cede su lugar a la ambición de poder, pasamos de la democracia republicana al personalismo y la demagogia. La ambición de poder es incompatible con la vocación de servicio. Donde crece una, decrece la otra. La clase política debe ser ejemplo de los valores que pretende para el pueblo que se gobierna: el mérito es el primero de esos valores. Donde la política se disocia del mérito, la democracia ve peligrar su principal herramienta: el debate, porque sus actores –los políticos– no son idóneos para la insigne tarea que el país les encomienda. Un país sin dirigentes capaces es un país sin proyecto de largo plazo. Un país sin horizonte.

La Argentina fue un país pujante cuando la excelencia académica y científica, es decir, el mérito de sus mejores hombres, iba de la mano de la vocación de servicio en el plano político. La Argentina fue un país próspero cuando los académicos (intelectuales) no pensaban su actividad como una actividad teórica sino fundamentalmente práctica y orientada al bien común del país, lo que impactaba a su vez en su honestidad, en la transparencia de sus actos. Platón no yerra cuando asocia el mal a la ignorancia. También lo hace Rousseau: el mal es siempre un actuar equívoco –privado– que no es pensado en términos cívicos. Dicho de otro modo, el que actúa mal (el corrupto) no se piensa como lo que es cuando actúa de esa manera: un ciudadano de la misma sociedad a la que le roba y a la que perjudica con su accionar. Perjudicando a la sociedad, se perjudica a sí mismo. El mal es una forma de la ignorancia.

Los otros políticos –como Sarmiento, Alberdi, Moreno, entre tantos otros que luego serían parte del modernismo, que eligieron morir pobres porque su pobreza material era parte de su acto de entrega al país– tuvieron siempre como regla primordial el mérito de su pensamiento como base del mérito de su acción. Donde la acción no está respaldada por el pensamiento preclaro, dispuesto a un debate real (como aquéllos entre Sarmiento y Alberdi), surge la demagogia. Donde la política carece de talento, el Estado se desdibuja. Cae preso de grupos, no de talentos. Los grupos miran su interés propio, no el bien común, que los trasciende. El sectarismo político es una forma de corrupción. El sectarismo es hijo de la ausencia de debates en la sociedad y en la política. Donde hay sectarismo, el mérito no encuentra lugar: no puede crecer, no tiene margen. Se crece por vínculos, contactos, no por talento o por formación, sino por amiguismo: se perjudica el Estado. El mérito hace de la política un campo mucho más transparente y seguro. Mucho menos improvisado. El mérito no se improvisa. No se simula. Se tiene o no se tiene. Un gobierno basado en el mérito supone un país donde la educación es –vuelve a ser– una prioridad. Todos los países que progresan apuestan a la educación como piedra angular de su desarrollo y de su política. La corrupción no se erradica con leyes, por fuertes que sean, o con juicios. La corrupción se erradica con una sociedad más educada. Más conciente.

Para erradicar la corrupción, para acabar con el sectarismo y el corto plazo (todos fenómenos vinculados), hay un solo camino: la educación pública. Sólo después de una política educativa de largo plazo y de calidad vendrá una política mejor. Políticos más preparados y justos. Una sociedad más formada. Una sociedad donde los políticos no se peleen por aparecer en el programa de Tinelli. En materia de educación, pues, tenemos un enorme paso que dar.

*UBA, Conicet. Becario de la OEA. Profesor visitante de la Freie Universität, Berlín.



Redacción de Perfil.com