COLUMNISTAS CONVICCIONES

La mesa de la cocina

No me despierta ninguna simpatía la Señora Muerte. No me gustan su cara ni sus modales ni su manera de vestir ni su indiscreción. No me gusta su falta de consideración, aunque reconozco que hay veces en las que actúa maravillosamente en ese sentido. Pero sigue sin gustarme. Piense, querida señora, en esas mujeres que se ven obligadas a aceptarla y que la reciben en medio del dolor, la angustia, la desesperación, y usted sabe que no basta con nuestra compasión. Piense en lo primero, en la angustia y en la espera. Que deben ser amargas porque llegan con la convicción de que lo que tendría que haber en esos instantes no es precisamente ni la angustia ni la desesperación, sino la entera, luminosa felicidad. Y no. La Señora Muerte está a la puerta y ellas saben que tienen que dejarla pasar y que el centro del mundo, ese vientre en el que se reflejan el destino final y también el amor y la dicha, las va a recibir como la liberación que están buscando. Pero no todo será tan fácil como enunciar una decisión que se toma entre la espada y la pared, entre las lancetas no desinfectadas y las sábanas arrugadas y sucias de tanto uso. Ay, querida señora, el mundo está y estará en contra de esas mujeres y curiosamente usando las mismas razones, los mismos pretextos que las que están al borde de la muerte usan para dar el paso que quieren y no quieren dar: es decir, la huida. Huir, irse lejos, no estar, desaparecer de la vista de esos ojos acusadores, secos de lágrimas, duros y sin párpados que se cierran al dulce calor de la noche. Y si hasta ahora no hemos retrocedido nosotras, usted y yo, siga pensando e imagínese lo que ellas dicen, lo que les dicen a quienes deberían comprenderlas o al menos, y sin comprenderlas, apartarse y dejarlas solas, que eso es parte de la tarea de la Señora Muerte.

Imagínese el viaje hasta ese lugar sin nombre que les llegó vaya usted a saber de qué boca, qué intención, compasión o disgusto. Trate de ver la puerta, una puerta sin nada de especial, la puerta del vestíbulo del infierno, y usted sabe que sigo sin exagerar un tranco de pollo en esto de las imaginaciones. Lo malo de esa puerta es que se abre, apenas, y alguien pregunta y la mujer que va a entrar asiente y da un nombre y entonces le dicen que pase y ella pasa y allí no hay nada y si lo hubiera ella no lo vería porque le dicen por aquí y ella va. Sí hay. Muebles, como en todas las casas. Persianas cerradas en las aberturas que dan a los balcones. ¿Balcones? ¿Había balcones allá afuera? Ella no lo sabe porque no miró, sólo pensaba en esos momentos en que no, en que iba a decir que no, en que podía decir que no y entonces la voz en la rendija de la puerta le dijo que pasara. Y sigue a la voz que en realidad es una mujer, bueno, mejor que sea una mujer, una mujer puede comprender a otra mujer. A veces. Lo que hay más allá es otra puerta que se abre del todo y adentro ella ve a la Señora Muerte esperándola. Ya está. Ya ella sabe. La mujer le dice que se desvista. Ella no quiere, pero se desviste y la otra le da una especie de camisa y ella se la pone y la mujer le dice que se acueste ¿dónde? la mesa, en la mesa. La mesa es de madera y se parece a la que tenía la abuela Nita en su cocina, y claro, cómo no se le va a parecer si ésta también en una cocina, pero no es la de su abuela y ella piensa por qué su madre, la de ella, no entró en una cocina como su madre que era la abuela de ella y entonces ella no estaría ahí, no estaría. La mujer le hace preguntas, ella contesta y mira y ve la mesita de al lado llena de instrumentos con filo, quiero irme, y la mujer le da algo a tomar y ella toma, te vas dormir, le dice. Y de a poco sí, se va durmiendo y se le va borrando la figura de la Señora Muerte. Después todo sucede como en todos los después, vertiginosamente. El peor dolor. La sangre espesa y caliente. Pero la Señora Muerte ya no está o ella no la ve. El dolor es demasiado poderoso y no es sólo en el vientre. Es también en los ojos, las rodillas, en algo que se le agita en la garganta y el saber de lo que vendrá, del mundo en su contra, de buscar y buscar comprensión, compasión, algo que ya no está y no estará porque de la puerta de esa cocina para allá sólo hay un dictamen que esgrime la culpa: sos una asesina. La Señora Muerte sonríe y a mí no me gusta tampoco su sonrisa.



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