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La metafísica fantástica de Gottfried Leibniz

En su último libro, El no y las sombras, Tomás Abraham recoge sus reflexiones sobre autores que abarcan 2.500 años de filosofía y hablan sobre moral, conocimiento o poder. Aquí, Leibniz, que reunió todo el saber de su época.

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Para quien tenga la idea de que un filósofo se ocupa de todo porque todo lo sabe, quien se lo imagina como una enciclopedia viviente, está invitado al mundo de Leibniz.

Bienvenidos sean los que quieren saberlo todo y con exactitud. No conocemos detalles de su pericia en arte manuales, ya que en caso de tenerla nos encontraríamos con un Robinson Crusoe que conquista una isla desierta gracias al fruto de su habilidad. Pero si más allá del arte de los masones en la antigua acepción de albañilería, se tratara solamente de administrar un espacio virgen y dejar en un par de manos, además de una única cabeza, la gobernabilidad de un territorio, su dispositivo jurídico, el cálculo matemático indispensable para el desarrollo de inventos que mejoren la productividad tecnológica, la implementación de un sistema de defensa moderno, el adecuado adiestramiento de las tropas, la política de relaciones exteriores para contribuir al equilibrio entre las principales potencias, la elaboración del canon apropiado para trasmitir una enseñanza religiosa que haga honor a Dios, la educación de las almas para que la obediencia no se base en el temor y la esperanza sino en el bien por sí mismo, la conexión directa con esferas ocultas mediante procedimientos que los alquimistas conocen bien, la creación de una metafísica que presente un orden del mundo en el que cada cosa esté en el lugar que el gran Acreedor dispuso para su mayor disfrute, estas y otras cosas más que contemplará el insaciable turista de la filosofía, apenas conforman una parte de la preocupación y de la ocupación de Gottfried Wilhelm Leibniz.

Basta comparar la envergadura de sus propósitos con la ontología débil de nuestros días, con el quehacer fragmentario de una filosofía vacilante, la mirada corta de la filosofía restringida a dar consejos para una buena vida y a relamerse en público con retazos de un escepticismo ligero. Si pusiéramos en contacto a este monumento del saber clásico con un posmoderno mediático, se apagarían todas las luces, el cortocircuito sería inmediato. Demasiados volteos tiene este Leibniz, con su cálculo infinitesimal, su análisis matemático diferencial, sus ideas de derivadas, su crítica a la olla a presión, sus recomendaciones a Luis XIV para que invada Egipto, su proyecto de una lengua universal que tenga con el pensamiento la transparencia de los ideogramas chinos y los jeroglíficos egipcios respecto de sus idiomas, un exceso de potencia tiene este hombre que recreó en innumerables tomos el cosmos tal como Dios decidió fabricarlo.

Con Leibniz llegamos a la cumbre de la locura racional de Occidente, claro, antes de Hegel y su emperador. Pone la ciencia galileana y en tiempos de Leibniz, newtoniana, a los pies de Dios, muestra que el conocimiento es una misión divina del hombre que en nada contradice el mandato de las alturas sino que, por el contrario, lo enaltece, expresa hasta en sus mínimos detalles el funcionamiento del universo en el que “todo en todas partes es como aquí”, sintetizado en el fragmento 67 de su Monadología: “Cada porción de la materia puede ser concebida como un jardín lleno de plantas, y como un estanque lleno de peces. Pero cada rama de la planta, cada miembro del animal, cada gota de sus humores, es también un jardín o un estanque similar”.

Esto es literatura fantástica, rama de la metafísica, si invirtiéramos la conocida intuición de Borges, una propuesta de un surrealismo hipersofisticado legado por los artefactos glamorosos de Raymond Roussel. Es un jardín de las delicias. Finalmente: ¿qué es una mónada? Una porción de universo en el que se expresa la totalidad de lo que es de un modo distinto a todas las otras mónadas del infinito cósmico. Cada habitáculo cerrado llamado mónada contiene el Todo pero de un modo diferenciado, singular e irrepetible.

A esta concepción se la llama perspectivismo. El lugar que define a esta esfera que no tiene ventanas y que no se comunica con el exterior, se denomina un punto de vista. Gilles Deleuze, maestro mayor de obras en la lectura de Leibniz, dice que el universo está surcado por puntos de vista que han de ser habitados por las mónadas. Los lugares están diagramados, y a nosotros se nos ha encomendado ocuparlos. Una vez instalados allí, nuestro periscopio anímico o espiritual, verá el mundo de acuerdo a su posición. Para algunos los detalles más salientes por estar más cerca serán tales, para otros serán cuales. La lejanía se verá más opaca, confusa, el sonido preclaro se hará con la distancia sordina, clamor, rumor.

Las mónadas son absolutas, no hay otra cosa lo que hay en ellas. Pero son limitadas ya que no contienen todos los puntos de vista posibles ni siquiera los reales. Se definen por su posición. El único ser que tiene una visión de conjunto, aquel que es el espectador del movimiento universal de las esferas danzantes en el líquido amniótico de la creación, es Dios. Pero este Señor, no es la mónada gigante dentro de la cual se mueven las infinitas otras, el universo no es una cúpula. No más Aristóteles. Leibniz es un filósofo que pertenece –de acuerdo a Emile Bréhier– junto a Eckhart, Böhme y Bruno, a los filósofos del infinito apasionado.

Leibniz no es Spinoza –a quien conoció y luego ignoró por conveniencias políticas– su Dios no es una abstracción llamada naturaleza inmanente a los procesos que la manifiestan. El Dios de Leibniz no está “en” las cosas, sino, vaya a saber por qué, encima de ellas. Lejos, tan lejos, que nos resulta incomprensible adivinarlo. No porque la realidad, ya lo vimos, no pueda ser conocida, sino porque nadie puede saber la razón por la que Dios decidió que el mundo sea lo que es. Así lo quiso y nada más. Eligió este mundo entre una infinidad de mundos posibles. Decidió que éste es el mejor. Se le ocurrió por su divina providencia que en éste los elementos que lo forman componen la mejor unidad concebible. Que nadie venga con argumentos soberbios a desafiar la sapiencia divina y a interrogar, tal Job en penuria, la razón por la que existe el mal, el sufrimiento, o el por qué de un Adán pecador. Nosotros los hombres tenemos la miopía que le debemos al cuerpo, ese pequeño animal simiesco al que nos destinaron. Sólo El lo ve todo y todo lo calcula. No se pueden evaluar los elementos uno por uno. Sólo vale el resultado que da la operación del conjunto.
Aquello que nos indigna no es más que una disonancia funcional al acople perfecto de la sinfonía universal.

Leibniz me hace pensar en Hieronymus Bosh, en su jardín de las delicias, en sus infiernos, en sus poblaciones flotantes envueltas en clepsidras transparentes, en un mundo de burbujas.

No hay vacío, nos dice Leibniz. Todo está lleno. Entre una cosa y otra hay una distancia infinitamente pequeña. No la podemos percibir. El continuo es una aproximación. Cada vez más cerca, infinitamente más cerca. Estamos ante un nuevo Zenón.

Dios es perverso. Goza con nuestra fragilidad. Nosotros vemos las cosas por separado. Hay saltos, vacíos, rupturas, nuestro ser consciente tiene la consistencia de un embutido picado grueso. Dios dice que está bien, que no hay que descartar la grasa entre las carnes. Le parece útil que veamos las cosas por separado y que nos dispongamos a juntarlas. Favorece, dice Leibniz –que de voluntades divinas parece entender un poco– nuestro espíritu de conquista.
Si Dios eligió este mundo como el mejor de los mundos posibles, si nada puede cambiarse en él sin que se modifique el conjunto, si el efecto mariposa es la ley que determina las acciones y reacciones, nosotros sus criaturas, estamos destinados a cumplir con lo que Dios manda, y nada de lo que hagamos tiene valor. No hay premios ni castigos, y el mazo ya ha sido distribuido.

Terrible problema teológico el que ninguna Teodicea, ni la misma que escribió Leibniz, puede descifrar con facilidad. Las idas y venidas de nuestro filósofo para encontrarle una vuelta a este asunto de la Fortuna y de la voluntad divina, el del libre arbitrio y la fatalidad, que el protestantismo en su versión calvinista actualizó de un modo urticante, lo lleva a hablarnos de inclinación. Hay destino, pero inclinado.

Las fichas están jugadas, aunque Dios concede su gracia a los empeñosos que no renuncian a orar y obrar para el bien de su reino. La perpendicular que nos baja del mandato del cielo y signa nuestro porvenir, puede inclinarse y convertirse en una diagonal benevolente para recompensar nuestros esfuerzos.

Los ditirambos entre la nomenclatura matemática y la metafísica, entre la ontológica y la moral, constituyen una de las características de los grandes sistemas filosóficos del siglo XVII, antes de que el empirismo inglés haga su crítica a la metafísica y despierte a la filosofía de su letargo que Kant llamó “dogmático”.

Pero estos próceres lejos estaban de repetir un dogma. No eran escolásticos. Debían enfrentar el desafío baconiano de las pruebas de la “experimentación”. Ellos mismos eran grandes científicos. Cuando bajan a la tierra de los valores, el de la moral, eligen su modelo, y hasta su estética.
Descartes es la rectitud, la recta, la geometría plana, la mecánica. Su arquitectura es la Renacentista de Bruneleschi, sus jardines tienen figuras geométricas y la “mathesis universalis” que programa consiste en una serie simultánea de formas combinadas por diferencias mínimas y repeticiones menguantes. El universo de Leibniz es curvo. Es el barroco. Su figura es el pliegue. Un pliegue que al desplegarse encuentra nuevos pliegues. La mecánica deviene dinámica. El círculo se hace elipse y los atributos, hipérboles.

¿Por qué algo más bien que la nada?, pregunta Leibniz, y resume así con este enunciado la clave por la que se ingresa a la metafísica. Deleuze la llama ratio essendi. ¿Por qué esto en lugar de lo otro? La ratio existendi. ¿Por qué un nombre para cada cosa? Ratio cognoscendi. ¿Por qué si el nombre y la cosa son indiscernibles y diferentes de los otras unidades, sus diferencias se hacen infinitamente pequeñas en la regresión de la serie causal? La ratio fiendi.

Toda proposición verdadera es analítica. Los predicados están incluidos a priori en el sujeto. El mundo leibniziano es un remolino. Nos traga en el infinito. Las diferencias son envanescentes. Se llega a la continuidad por la disolución infinita de las diferencias. Es un universo de aproximaciones. El mar es un infinito perceptivo de gotas que chocan entre sí. Escuchamos el mar pero no el infinito de gotas. Nuestra representación es inconsciente. No tenemos conciencia del proceso oceánico. Percibimos su efecto. El clamor marino. Del mar total a la gota de agua. La molécula más cercana –ejemplo ilustrado por Deleuze– a nuestro cuerpo, al rozarse con el mismo, produce un incremento supletorio que marca la diferencia puntual en el indiferenciado magma. El infinito de pequeñas percepciones deviene un acto consciente. No hay relación de partes sino derivación. Quizás la teoría económica de la utilidad marginal haga eco a este modelo epistemológico.

Además de un filósofo metafísico y matemático, hay un Leibniz político. Filósofo cortesano, al servicio de protectores y príncipes, personal vitalicio de la casa de Hannover, brega por la unidad y la supremacía del Imperio romano-germánico. Entidad avejentada, anacrónica, ya inútil, con pretensiones caducas, se sostiene por un hilo en su lucha contra las nuevas potencias. Después de la paz de Westfalia que pone fin en el año 1648 a la guerra de treinta años, Europa será la de los Estados. Francia es el fantasma que inquieta al imperio y a Leibniz. El emperador es un mandatario de una entidad compuesta por cientos de unidades con autonomía creciente que poco caso hacen de una verticalidad simbólica. El cisma cristiano le plantea a Leibniz dilemas de difícil resolución. Busca conciliar posiciones en aras de una nueva unidad que agrupe la diversidad de credos al interior de una gran cristiandad.

Su mundo monádico en donde cada elemento tiene el lugar agenciado por un Dios que todo lo sabe, le sirve de espejo para idear un imperio ordenado de acuerdo a una voluntad al menos colectiva en la que los grandes se unan frente al Turco invasor.

No es democrático como Spinoza, ya que considera al buen ciudadano como la antesala del faccioso. El gobierno aristocrático le parece un ideal irrealizable. La tábula aplicable a la selección del personal quedó allá lejos y hace tiempo perdida como un arca diluviana. Mejor le parecen los gobiernos absolutos que no tienen la crueldad de los tiranos romanos y que con consejeros sabios que sepan de todo y sean devotos servidores, gobernarán del mejor modo posible.
Leibniz es conocido como el filósofo de la armonía universal.

*Filósofo.www.tomasabraham.com.ar



Tomás Abraham