COLUMNISTAS TASAS CHINAS

La mortandad del colono (¿somos donde vivimos?)

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En Por qué fracasan las naciones, Daron Acemoglu y James Robinson sostienen que el insumo fundamental del desarrollo son las instituciones. Si las instituciones son “inclusivas”, si protegen los derechos de propiedad, distribuyen democráticamente las oportunidades (y el poder) y estimulan la innovación, las naciones florecen. Si las instituciones son “extractivas”, concentradoras de recursos, oportunidades y poder, las naciones fracasan. Sin instituciones liberales no hay innovación y sin innovación no hay desarrollo –de ahí, su pronóstico de un eventual estancamiento chino. Este determinismo institucional plantea un problema práctico: ¿estamos condenados a nuestras instituciones?

Antes de la fama mediática, Acemoglu y Robinson, junto con Simon Johnson, alcanzaron la fama académica documentando la relación entre la mortalidad del colono europeo y el crecimiento económico. La historia es más o menos así: en los siglos XVIII y XIX, los colonos se asentaron e introdujeron instituciones inclusivas en áreas donde morían menos (Estados Unidos), y se limitaron a crear instituciones extractivas en donde morían más (Africa). Así, a partir de la correlación del crecimiento económico actual con la tasa de mortalidad de los antiguos colonos, se infiere la siguiente secuencia de causalidad: mortalidad-asentamiento-primeras instituciones-instituciones actuales-desarrollo.

Más allá de las críticas conceptuales (y de algunos deslices estadísticos), que relativizaron su relevancia, estas ideas apuntan a la misma pregunta del primer párrafo: si un puñado de colonos determinaron el carácter de las instituciones que, a su vez, determinan nuestro desarrollo, ¿será que perdimos el tren hace dos siglos? ¿Qué tan persistentes son estas instituciones? En un mundo de creciente integración y mezcla, ¿cómo es que las diferencias institucionales no se diluyen en un continuo diverso y globalizado?

“Es improbable ver a un albanés manejando en Berlín sin cinturón de seguridad, pero es probable ver a un alemán sin cinturón en Tirana”, comentaba Edi Rama, primer ministro albanés, hace unos días, en una conferencia en Harvard. “A los checos, los polacos, los bálticos les fue fácil la transición al capitalismo porque bastó con que se reencontraran con su memoria, con sus instituciones presoviéticas; a nosotros nos cuesta el doble porque antes del comunismo no había nada”.

El tema resurge en una cena con argentinos en Estados Unidos. Uno de ellos me dice: “Somos donde vivimos. En Buenos Aires, tiro la basura a la vereda y el auto a los peatones; en Estados Unidos, saco las bolsas lunes y jueves a la mañana y freno en la senda peatonal”. Diferencias triviales, pero que posiblemente se extiendan a la naturalización de la evasión y la corrupción, o a la relación con el estudio, el trabajo y el poder. Sólo así la influencia de los colonos podría extenderse doscientos años.

La convicción de que “somos donde vivimos” es el perfecto opuesto a la importación de instituciones (importando personas o imponiendo un protectorado a cargo de funcionarios de países serios, como sugerían dos distinguidos economistas, Ricardo Caballero y Rudi Dornbusch, para Argentina a principios de 2002). Si el ADN institucional es local, el chileno se haría argentino en el transcurso de la charla con el taxista en el camino de Ezeiza a Plaza de Mayo. Y al mes estaría resignificando la heterodoxia económica y mudándose a Puerto Madero.

Por suerte, las instituciones son más influenciables que lo que los institucionalistas suponen. Por ejemplo, en las crisis los países suelen caer en el ranking institucional, para recuperarse en los rebotes. Como si el ranking reflejara el malhumor y el desencanto de la gente (cosa que probablemente haga, habida cuenta de que las mediciones se basan sobre todo en encuestas).

Pero más importante aún es qué nos dice el fatalismo de las instituciones de nosotros mismos. ¿Somos buenos salvajes –o señores de las moscas– contenidos y moldeados a imagen de la institución que nos toca en suerte? ¿O somos sujetos capaces de liberarnos de la matriz institucional para entenderla y modificarla?

*Economista.



Eduardo Levy Yeyati