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La muerte de una generación

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Hace tres semanas, luego de denunciar la presencia de bandas narco en su barrio, murió Norma Bustos acribillada por un sicario en Santa Fe. Las madres solían ser sujetos casi intocables en el circuito delictivo. Pero ya no.

Tiempo antes de morir, Norma ensayó su propio epitafio al decir: “Yo sé que con la droga se paga todo. No tengo miedo de que me peguen un tiro porque desde el sábado ése, yo ya estoy muerta. Por eso les digo: que vengan y me maten. Van a matar un cuerpo porque yo estoy muerta hace rato”.

Fueron y la mataron. Ahora Norma es una cifra, no una persona.

El investigador Alberto Föhrig ha expresado que en la campaña electoral hacia 2015 hay candidatos que difícilmente podrían dar cuenta de los fondos con los cuales intentan seducir al electorado. Al mismo tiempo, recordó que la cuestión de los fondos vinculados al tráfico de efedrina en la campaña presidencial de 2007 aún está pendiente, léase: sin penas, pero con glorias (de algunos, claro está). De modo que el “piedra libre para todos los compas” aún no fue escuchado y, escondidos los ardides, pueden seguir operando estas estrategias de ingreso del dinero negro al mercado de la política. Sí, claro, la política es un mercado.

Como sociedad, necesitamos comprender la situación delicada que atraviesa nuestro país en relación con el tema narcotráfico, una de las tragedias que vive América Latina y ante la cual, hasta hace poco, Argentina parecía jactarse de una valiosa inmunidad.

Así como se contamina el aire que respiramos día a día o se calienta el mundo casi sin darnos cuenta, se puede gestar la muerte en nuestra cotidianeidad. Hasta ahora, como sociedad, no hemos tomado una medida seria y contundente frente al tema narcotráfico.

Hay decisiones que las sociedades escogen en silencio, y una sociedad está anestesiada cuando el conocer sobre sus males no le implica un accionar específico para mudar aquella situación. En efecto, podemos leer en los diarios que, luego del asesinato de su hijo, Norma denunció dónde se encontraban ciertos sujetos delictivos, fue liquidada a quemarropa, y no hacer nada, ni como individuos ni como Estado. Podemos… lo hacemos y nos sale muy bien.

Desde diversos espacios se enuncia, desde hace años ya, que Santa Fe vive una situación terriblemente compleja que se está extendiendo sin pausa. Ante ese escenario vivido en carne propia, Norma Bustos llegó a expresarle en persona y a viva voz al poder político y judicial: “Están matando a una generación”. Todo un oráculo de nuestro tiempo en boca de una madre.

Es gradualmente como se rompe un tejido social. Entiéndase tejido social por adolescentes de 13 años con un arma de fuego en la mano y su cerebro destruido por la pasta base. Que viven sus días procurando, con locura y delito mediante, más pasta base para entrar en un laberinto del que sólo parece salirse en posición horizontal. Aquel laberinto susurra “muerte” en todas sus formas: psíquicas, físicas, educativas, morales. Tenemos adolescentes de 13 años que tienen prácticamente condenada su vida. Son nuestro problema y debemos mirarlos.

El hilo conductor del narcotráfico no parece estar alejado del de la política. No son pocas las voces que se alzan pronunciando que entre los narcos y el poder político existirían lazos realmente fuertes, a la vez que enuncian que la policía sabría dónde se vende droga en cada barrio (y las fuerzas del orden no tienen total autonomía de la conducción política territorial). Nada novedoso.

Ante esta situación, nuestra dirigencia debería hacer algo que puesto en el papel no parece ser complejo, pero que precisa un elemento clave que escasea a borbotones: voluntad política. Deberían extremarse con una delicadeza de filigrana los análisis sobre el origen de los fondos utilizados en las campañas electorales.

Si no hay nada que ocultar, no hay nada que temer, ¿no cierto? Tenemos que hacerlo… si no queremos matar a la próxima generación.

 

*Filósofo y  doctor en Ciencias Sociales.



Nicolás José Isola